El anuncio del acuerdo nuclear a treinta años entre Washington y Riad, confirmado ayer sin las salvaguardas del ‘gold standard’, ha disparado el crudo por encima de los 100 dólares por barril. Los hutíes, brazo armado de Irán en Yemen, bloquean el mar Rojo y atacan petroleros saudíes. Pero la lectura confidencial es otra: la inteligencia saudí e israelí leen el pacto como un nuevo capítulo en la partida de ajedrez regional, y el CNI, desde la Casa de Castelló, monitoriza en silencio las consecuencias para el sur de Europa.
El fin del ‘gold standard’ y el rearme silencioso de la vía nuclear de Irán
Le pongo en contexto: el acuerdo con los Emiratos Árabes Unidos en 2009 incluyó un compromiso firme de no enriquecer uranio en suelo propio y la adhesión al Protocolo Adicional del OIEA. Riad ha conseguido de la Administración Trump justo lo que Teherán reclamó durante años y que Occidente le negó. La ausencia de ese blindaje, según fuentes de la Casa de Castelló consultadas por esta redacción, abre una puerta que la inteligencia europea teme que sea imposible cerrar: en una década Arabia Saudí podría disponer de material fisible suficiente para un programa militar.
El acuerdo es también un mensaje directo al Mossad y al Shin Bet. La estipulación de última hora que Trump publicó en Truth Social —que el pacto queda ‘totalmente sujeto’ a que Riad se sume a los Acuerdos de Abraham— refleja la presión del primer ministro Netanyahu sobre la Casa Blanca. En Tel Aviv saben que la monarquía saudí no abandonará su exigencia de un Estado palestino a cambio, pero el mero hecho de que se haya negociado durante meses sin informar a Jerusalén ha encendido las alarmas de la inteligencia israelí. No es casual que las filtraciones sobre el enriquecimiento hayan coincidido con la activación de los hutíes.
La activación de los hutíes: inteligencia iraní en el Bab-el-Mandeb
El bloqueo naval que los hutíes declararon sobre Arabia Saudí, con ataques a dos petroleros en el mar Rojo, no es improvisado. La inteligencia iraní llevaba meses manteniendo a este proxy como un as en la manga, según analistas de la ISW y el Soufan Center. Los hutíes justifican la acción como represalia por los bombardeos sobre el aeropuerto internacional de Saná, pero la cronología es demasiado precisa. Justo cuando la Casa Blanca anunciaba el acuerdo nuclear, las células hutíes, con apoyo de la Fuerza Quds del IRGC, lanzaban una operación de acoso naval.
El terreno les favorece: desde las montañas del noroeste de Yemen disparan misiles antibuque y drones kamikaze contra los buques que atraviesan Bab-el-Mandeb, el cuello de botella que conecta el mar Rojo con el océano Índico. Ese estrecho es ya un escenario SIGINT de primer orden: la NSA y el GCHQ han reforzado la interceptación de comunicaciones de los mandos hutíes con sus enlaces iraníes, mientras la DGSE francesa sigue de cerca la evolución del tráfico marítimo en su centro de inteligencia de Yamena. Todo apunta a una operación de bandera falsa encubierta: los hutíes actúan como brazo ejecutor, pero la dirección es persa.
El acuerdo nuclear con Riad se ha firmado en mitad de una guerra que comenzó, en gran parte, para negar a Teherán la capacidad que ahora se ofrece a su rival.
Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
Como escribí en El quinto elemento, el próximo 11S empezará con un clic, pero lo que estamos viendo en el mar Rojo es otra clase de catástrofe lenta. La capacidad de los hutíes para estrangular el tráfico del canal de Suez eleva la amenaza a infraestructuras críticas europeas. Más de 8.000 infraestructuras críticas en España dependen de la estabilidad energética y logística de esa ruta, y el CNI lo sabe. Su división de inteligencia económica ya ha elevado el nivel de alerta sobre las refinerías de Repsol y los nodos de suministro en el Estrecho de Gibraltar.
El vector de amenaza es doble. Por un lado, la propaganda de un programa nuclear saudí sin control externo incita a otros actores —Turquía, Egipto, incluso la propia Rusia y China como oferentes— a vender tecnología sensible a sus respectivos aliados. El precedente de la red de A.Q. Khan en los años 90 sobrevuela cada análisis. Por otro, la activación de los hutíes revela que el IRGC posee tradecraft de mar y tierra que puede replicarse en otras zonas, incluido el Mediterráneo oriental. La lectura que hago es clara: mientras la inteligencia estadounidense centra su esfuerzo en el pulso con Irán, el flanco marítimo europeo se resiente.
Las agencias implicadas se alinean en tres bandos. La CIA y la DNI respaldan el pacto con Riad como un movimiento para contener a Irán, aunque Langley no oculta sus dudas sobre la capacidad del reino para mantener a raya la corrupción en sus instituciones técnicas. El Mossad, por su parte, ha intensificado los contactos con el CNI en las últimas semanas; fuentes de La Moncloa me confirman que se han intercambiado análisis sobre el riesgo de que Riad desvíe materiales sensibles a terceros. La tercera pantalla, la que observa callada, es el MSS chino y el SVR ruso: ambos servicios han tomado buena nota de cómo Washington legitima el enriquecimiento sin el paraguas del OIEA.
Estimo que el nivel de clasificación de los documentos intercambiados entre Washington y Riad alcanza, al menos, la categoría de Secreto. Las salvaguardas alternativas que la Casa Blanca dice haber negociado son opacas y ningún aliado europeo ha tenido acceso a ellas. Ese vacío de información, en última instancia, convierte al CNI en un espectador que debe decidir si se fía del paraguas americano o si activa sus propios protocolos de contrainteligencia económica. La próxima reunión del Comité de Secretos Oficiales en septiembre será el primer termómetro.
El hito concreto que tengo en la mira es la cumbre del G20 en Nueva Delhi, donde se espera que Arabia Saudí detalle su hoja de ruta nuclear. Si para entonces los hutíes mantienen el bloqueo, los cien dólares del crudo serán solo el principio. Como ya advertí hace años, los primeros que atacamos nuestra intimidad somos nosotros mismos; aquí el mecanismo es idéntico: la impaciencia de Trump por un triunfo en política exterior puede alumbrar un Oriente Medio armado hasta los dientes. Y la inteligencia española, con sus 380 millones de presupuesto anual, apenas una décima parte de lo que mueve la DGSI francesa, tendrá que redoblar esfuerzos para no quedarse ciega en un mar revuelto.

