El Pentágono oficializa la nominación de Kevin Admiral para el mando en Europa

El secretario de Defensa, Pete Hegseth, promueve al teniente general Kevin Admiral para liderar el US Army en Europa y el Mando Terrestre aliado, tras la sorpresiva salida del general Donahue. La decisión refleja la purga de líderes militares de alto rango y podría mantener el pu

El Pentágono ha propuesto este jueves al teniente general Kevin D. Admiral como nuevo jefe del Mando del Ejército de Estados Unidos en Europa y África y del Mando Aliado Terrestre de la OTAN, en un movimiento que profundiza la reestructuración de la cúpula militar impulsada por el secretario de Defensa, Pete Hegseth.

Una nominación en plena reestructuración del Pentágono

La decisión, comunicada oficialmente por el Departamento de Defensa, llega apenas un mes después de la inesperada salida del anterior comandante, el general Christopher Donahue, quien abandonó de el cargo tras solo 18 meses al frente del teatro de operaciones europeo y africano. Donahue, que había asumido el mando en diciembre de 2024, se convierte así en una víctima más de la purga de altos mandos que Hegseth viene ejecutando desde su llegada al Pentágono.

De hecho, la marcha de Donahue se inscribe en una cascada de relevos sin precedentes: desde abril, cuando Hegseth forzó la jubilación anticipada del jefe de Estado Mayor del Ejército, el general Randy George, el secretario de Defensa ha cesado a más de una docena de líderes militares de primera línea, incluidos el antiguo jefe del Estado Mayor Conjunto, general C.Q. Brown, y la jefa de Operaciones Navales, almirante Lisa Franchetti. En todos los casos, la justificación ha sido la misma: un cambio generacional en el liderazgo militar alineado con la doctrina de la administración Trump.

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Mientras se completa el proceso de confirmación en el Senado, el mayor general Christopher Norrie —sin el peso institucional de un comandante permanente— ejerce de forma interina. La celeridad de la nominación de Admiral sugiere que la Casa Blanca quiere cerrar cuanto antes la interinidad en dos puestos clave para la disuasión en el flanco oriental de la OTAN.

El doble mando en Europa y la OTAN: la presión del flanco este

Si el Senado da luz verde, Kevin Admiral heredará una estructura que coordina a 104 países en el área de responsabilidad de USAREUR-AF y, simultáneamente, la jefatura del Mando Aliado Terrestre (Allied Land Command). Esta doble función, que en los últimos años había correspondido a oficiales de cuatro estrellas, quedará esta vez en manos de un teniente general de tres estrellas. La decisión rompe una tradición que buscaba equiparar el peso político del mando europeo con el de otros teatros como el Indo-Pacífico.

La transición se produce en un momento de máxima tensión en el este de Europa, con la guerra de Ucrania sin visos de solución y maniobras rusas cada vez más intrusivas en el Báltico y el Cáucaso. Desde el retorno de Trump a la Casa Blanca, Bruselas ha observado con preocupación cómo la administración norteamericana rebaja el rango de sus mandos europeos mientras exige al resto de aliados elevar el gasto en defensa al 5 % del PIB.

Un teniente general al frente de las fuerzas terrestres en Europa es una señal de que Washington ya no ve el Viejo Continente como un comando de primer nivel.

Equilibrio de Poder

La lectura estratégica es clara: el Pentágono de Hegseth apuesta por un perfil de mando más técnico y menos político, coherente con su filosofía de adelgazar el aparato burocrático y subordinar la institución militar a la visión transaccional de Trump. Al mantener el puesto con tres estrellas, se manda un mensaje inequívoco a los socios europeos: la presencia estadounidense en el continente se optimiza en términos de coste-eficacia, no de estatus simbólico.

Para España, el impacto tiene varios planos. En primer lugar, el Mando Aliado Terrestre depende del Cuartel General Supremo de las Potencias Aliadas en Europa (SHAPE), con el que las Fuerzas Armadas españolas comparten misiones de defensa colectiva en el flanco sur —desde Letonia hasta la operación Atalanta— y ejercicios multinacionales. Una conducción menos política en el Mando Terrestre podría traducirse en mayor énfasis en la preparación operativa y menor en las complejas negociaciones interaliadas que suelen lastrar la toma de decisiones en la OTAN. Sin embargo, si el mando pierde peso político, el Comité Militar de la Alianza podría inclinarse aún más hacia los Estados Mayores de los grandes contribuyentes (Washington, Londres, París), dejando a los mandos subordinados con menos capacidad de influencia.

En segundo lugar, el relevo afecta de forma directa a las relaciones de España con la administración Trump. Moncloa ha tratado de esquivar la presión del 5 % en defensa ofreciendo un incremento gradual y mayor participación en misiones de la OTAN. La llegada de Admiral, un oficial con amplia experiencia en la gestión de fuerzas pero sin el bagaje diplomático de un Donahue, podría facilitar la interlocución técnica pero dificultar la cobertura política que un general de cuatro estrellas solía proporcionar a los gobiernos aliados más reticentes.

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El precedente de la crisis de los misiles en Cuba (1962) o, más recientemente, la salida de los generales Mattis y McMaster durante la primera administración Trump, demuestra que los cambios en la cúpula militar no solo son movimientos orgánicos: responden a una voluntad de la Casa Blanca de controlar el relato estratégico. Ahora, con un mando terrestre de tres estrellas, el Pentágono envía una señal de que la narrativa europea la escribirá directamente Hegseth, sin tantos intermediarios uniformados.

Para Moncloa, la próxima ventana crítica será la reunión ministerial de la OTAN, donde se espera que el nuevo comandante —ya con Admiral confirmado— presente su visión ante los aliados. Hasta entonces, la interinidad de Norrie mantiene a Europa en un compás de espera que pocas capitales se pueden permitir.