El olor a pólvora aún flotaba en el gabinete. Era la noche del 13 de febrero de 1837 y en la calle de Santa Clara, cerca del Palacio Real, los vecinos habían oído el estallido seco. Dentro, sobre la mesa del escritorio, una cuartilla temblaba con una sola línea: «Adiós, padre mío; dentro de un instante no existiré». Mariano José de Larra acababa de volarse la sien con una pistola. Tenía 27 años y bajo el seudónimo de Fígaro había escrito los artículos más feroces y lúcidos de la España isabelina. La bala apagó al cronista más peligroso de Madrid.
La noticia corrió por los cafés y las redacciones como un reguero de pólvora negra. Al día siguiente, el cadáver fue depositado en el cementerio de la Puerta de Toledo, y el joven José Zorrilla improvisó unos versos en su honor. En ese instante nació la leyenda romántica de Larra, la del genio que muere por un amor imposible. Pero la verdadera tragedia —la que él mismo había ido desgranando sin piedad en cada uno de sus artículos— era la de un país que se resistía a despertar.
Había llegado a aquel despacho después de un largo camino. Nacido el 24 de marzo de 1809 en Madrid, hijo de un médico militar afrancesado, pasó la infancia en el exilio francés. Regresó a España en 1818, con la cabeza llena del racionalismo que respiraba al otro lado de los Pirineos. Estudió con los jesuitas de San Antonio Abad, cursó leyes en Valladolid y luego en Madrid, pero pronto abandonó las aulas: a él lo que le reclamaba era la tinta.
Capítulo I: La forja de un disidente
Con apenas diecinueve años se casó con Josefa Wetoret, tuvo tres hijos y se separó en un plazo que la sociedad madrileña consideró escandaloso. Pero el verdadero nacimiento de Larra como escritor se produjo en 1828, cuando fundó El Duende Satírico del Día. Solo duró cinco números, suficientes para que las autoridades le abrieran un expediente. La sátira política, incluso envuelta en papel de estraza, era dinamita en manos de un veinteañero deslenguado.
El siguiente intento se llamó El Pobrecito Hablador (1832-1833), firmado bajo el pseudónimo Juan Pérez de Munguía. Allí empezó a destilar el costumbrismo ácido que luego haría famoso a Fígaro. La censura isabelina le obligaba a esquivar los temas explícitos, pero él los esquivaba con elegancia: retrataba las calles, los cafés, las tertulias, las manías absurdas del español medio. Y en ese retrato, sin necesidad de nombrar ministros, quedaba expuesta la parálisis del país.
Capítulo II: Fígaro entra en escena

En 1833, al incorporarse a La Revista Española, adoptó el nombre de batalla que le sobreviviría: Fígaro. El barbiere de Beaumarchais le prestó la rapidez de ingenio, la mordacidad y el oficio de afeitar a la sociedad sin hacer sangre. Desde entonces, dos o tres veces por semana, los lectores madrileños abrían el periódico con la misma expectación con que se despliega un parte de batalla. Sabían que Fígaro iba a clavarle el bisturí a alguien.
Lo hizo con cada una de las costumbres patrias. La lista es larga: la pereza administrativa («Vuelva usted mañana», 1833), la fanfarria nacionalista hueca («El castellano viejo», 1832), la superstición religiosa convertida en acomodo hipócrita («La Nochebuena de 1836»), la imposibilidad de progresar en un país donde todo se aplaza. En Vuelva usted mañana, un extranjero llega a Madrid con la voluntad de arreglar asuntos sencillos. Pasan meses, le echan de ventanilla en ventanilla, y siempre la misma cantilena: «Vuelva usted mañana —le dicen—, porque hoy no se despacha». Nadie lo escribió mejor: Larra entendió que el principal enemigo del progreso español no era un partido, sino un modo de ser.
Capítulo III: «Escribir en Madrid es llorar»
Pero Fígaro no solo reía. En sus últimos años, la risa se le fue agriando. La guerra carlista partía el país; el régimen isabelino, que en su origen había despertado esperanzas liberales, se atascaba en promesas incumplidas. Larra, que había viajado a París y a Londres, conocía bien el latido de una Europa que se industrializaba y se leía con avidez. Volvía a Madrid y se encontraba con una corte enana y una opinión pública adormilada. Fue entonces cuando escribió, en su artículo Horas de invierno (1836), la frase que todavía quema: «Escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta».
La pluma se le estaba convirtiendo en un peso muerto. Colaboró en El Español, en El Observatorio Pintoresco, pero cada artículo era un forcejeo interior. Ya no se creía capaz de agitar conciencias; se veía a sí mismo como un espectador impotente. «Aquí yace media España; murió de la otra media», había escrito en El día de difuntos de 1836, y la frase, que parecía solo un chiste fúnebre, se iba a cumplir de un modo atroz en su propia piel.
Capítulo IV: El amor imposible

En ese desgaste moral intervino una mujer. Dolores Armijo, casada con un militar, había cruzado su vida años atrás y se había convertido en una obsesión. Las cartas que Larra le escribió —hoy custodiadas en archivos y colecciones— desbordan romanticismo y desesperación. En febrero de 1837, Dolores visitó su casa de la calle Santa Clara. Según el testimonio indirecto de los criados, Larra le suplicó que huyera con él a Francia, que abandonara a su esposo, que empezaran de nuevo. Ella se negó y salió de la casa. Horas después, sonó el disparo.
Los historiadores han discutido durante décadas si fue ese rechazo amoroso el detonante exclusivo o solo la gota que colmó un vaso repleto de desengaño político, fatiga creativa y una hipersensibilidad romántica llevada al límite. Lo cierto es que Larra había llevado siempre el abismo en la pluma, y aquella noche simplemente lo bajó al cuerpo.
Capítulo V: El legado de una bala
Su muerte cambió el mapa literario. El entierro, con Zorrilla improvisando versos entre la nieve, marcó el bautismo del Romanticismo español de duelo. Pero lo que de verdad quedó de Larra no fue la bala, sino el espejo que había fabricado. Los artículos de Fígaro se recopilaron en volúmenes que atravesaron el siglo XIX y moldearon a los articulistas de la Restauración y del 98. Azorín, Baroja, Unamuno lo leyeron como a un hermano mayor. Hoy, cuando a un extranjero le dicen «vuelva usted mañana» en una ventanilla, el fantasma de Larra se vuelve a sonreír.

La casa de la calle Santa Clara ya no existe; en su lugar se levanta un bloque anodino. Pero en la Biblioteca Nacional de España se conservan los manuscritos con su letra nerviosa, y en el Archivo de Villa de Madrid descansan los expedientes de un periodista que fue expedientado, espiado y, finalmente, leído con devoción. La placa que recuerda su paso por aquella calle resume, con letras de bronce, lo que ningún epitafio pudo igualar: «Aquí vivió Mariano José de Larra».
No hace falta más. Los muertos de verdad son los que dejan de ser leídos. Y a Fígaro, casi dos siglos después, todavía se le lee con la mandíbula apretada. Cada artículo suyo es un tiro que no salió por la sien, sino por la mano. Y esa munición, la de la tinta, no ha prescrito.

