Santiago Ramón y Cajal, el científico que dibujó el cerebro

En la Barcelona de finales del XIX, un médico solitario perfeccionó el método de Golgi y demostró que el sistema nervioso está formado por células independientes. Sus dibujos, que combinaban ciencia y arte, cambiaron la neurología para siempre.

Capítulo I: Un laboratorio con olor a plata

El olor a nitrato de plata lo impregnaba todo. La mesa de madera, el cristal de los frascos, la piel de las manos. En aquella sala estrecha del Paseo de Gracia, apenas un cuarto trastero reconvertido, un médico de treinta y cinco años encorvaba la espalda sobre un microscópio de latón y ajustaba la luz de una lamparilla de aceite. Era el otoño de 1888, y Santiago Ramón y Cajal llevaba meses tiñendo fragmentos de cerebro de pollo con un procedimiento que hasta entonces ningún español había aplicado seriamente.

En el aire flotaba también olor a gelatina y a cloruro de oro, restos de las soluciones que él mismo preparaba con paciencia de alquimista. Cajal no era un investigador mimado: pagaba de su bolsillo los reactivos, el microtomo que le había costado varias mensualidades de su sueldo de catedrático y hasta las piezas anatómicas que le suministraba un matadero cercano. España no tenía laboratorios institucionales como los de Heidelberg o Berlín; el suyo era un rincón doméstico donde la ciencia se hacía a pulso.

Aquella tarde, después de varios intentos fallidos en los que el tejido se ennegrecía sin revelar nada, la fortuna le regaló una lámina distinta. Entre el ruido de los coches de caballos que subían por la calle Caspe, el investigador enfocó el objetivo y contuvo la respiración. Lo que veía era un bosque de ramificaciones, pero cada árbol —cada neurona— parecía tener contornos perfectamente definidos, sin fusionarse con los demás. Era la primera vez que un humano contemplaba la individualidad de la célula nerviosa.

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Capítulo II: El método que otros despreciaban

Para entender la sorpresa hay que viajar a 1873, cuando el italiano Camillo Golgi publicó una técnica de tinción a base de cromato de plata que teñía de negro algunas neuronas al azar. El método era caprichoso: unas veces funcionaba y otras no, y la mayoría de los histólogos lo habían descartado. Veían manchas borrosas, amalgamas sin sentido. El propio Golgi defendía la «teoría reticular», la idea de que el sistema nervioso era una red continua de filamentos, una malla sin solución de continuidad.

Cajal chocó con aquella obcecación en 1887, cuando el psiquiatra Luis Simarro le mostró una preparación de cerebro de conejo teñida con el método de Golgi. El aragonés, que llevaba años dibujando células con técnicas convencionales, intuyó que aquel tinte podía ser la llave para resolver el enigma. Pero no bastaba con replicar: había que mejorar. Y lo hizo. Introdujo una segunda impregnación en el proceso —la doble impregnación argéntica—, usó piezas de animales jóvenes con poca mielina y ajustó el tiempo de fijación. El resultado fue que la plata dejó de dibujar marañas y empezó a perfilar siluetas nítidas, como un grabador obsesivo que separa cada línea de su vecina.

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Capítulo III: La célula que nadie había visto

El 1 de mayo de 1888, el mismo día que cumplía treinta y seis años, Cajal envió a la revista La Medicina Práctica un artículo de apenas seis páginas titulado «Estructura de los centros nerviosos de las aves». Allí expuso que las prolongaciones de una neurona terminaban libremente junto al cuerpo de otra, sin fundirse. Las llamó «arborizaciones terminales». Hoy las conocemos como botones sinápticos, aunque la palabra «sinapsis» no llegaría hasta 1897, acuñada por el fisiólogo británico Charles Sherrington. Cajal no necesitó ese término: sus dibujos contaban la historia por sí solos.

Los bocetos de Cajal, realizados con una cámara lúcida acoplada al microscopio, tenían la precisión de un grabado científico y la fuerza expresiva de un dibujo a plumilla. En ellos se veía cómo las dendritas de una célula de Purkinje se expandían como un árbol japonés, cómo los axiones descendían rectos o se bifurcaban, y cómo las terminaciones parecían buscar —sin tocar— a las neuronas vecinas. La ciencia se volvía visible, casi táctil.

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Capítulo IV: El pincel del científico

No es casual que Cajal fuera también un dibujante excepcional. De niño, en Petilla de Aragón, pasaba horas copiando grabados de libros y pintando acuarelas. Su pasión por el dibujo se mantuvo siempre; ya de adulto, cuando preparaba una lámina para sus publicaciones, no se limitaba a trazar un esquema. Reproducía la imagen microscópica con la observación meticulosa de un naturalista y la sensibilidad de un artista. «Mis dibujos no son fruto de la improvisación —escribió en sus memorias—, sino el resumen de centenares de preparaciones distintas». La frase es real, aunque no se conserva una sola palabra literal; lo que sí se conservan son los dibujos, casi tres mil, que hoy custodia el Instituto Cajal de Madrid.

En aquel laboratorio del Paseo de Gracia, Cajal trabajaba hasta la madrugada. Sus alumnos de la Facultad de Medicina de Barcelona le llevaban café y panecillos porque, decían, «don Santiago se olvida de comer». El propio investigador describió aquellos años como una fiebre creativa: «Cuando uno está convencido de haber hallado una verdad, no puede desprenderse de ella; la persigue día y noche». Aquella verdad era que el cerebro no era una sopa continua, sino un mosaico de unidades independientes que se comunicaban sin tocarse.

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Capítulo V: La controversia europea

La «doctrina de la neurona», como se bautizó después, no convenció a todos. El propio Golgi se mantuvo reticente hasta el final de su vida, y compartió con Cajal el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1906 sin reconciliar sus posturas. En la ceremonia de Estocolmo, Golgi criticó abiertamente la teoría celular del sistema nervioso, mientras que Cajal, desde el mismo estrado, defendió con sus láminas la independencia neuronal. El público pudo ver cómo dos genios se citaban en la historia con visiones opuestas.

Cajal había ganado la batalla mucho antes. En 1889, un año después de aquellas primeras láminas, viajó a Berlín para presentar sus hallazgos ante la Sociedad Anatómica Alemana. Se presentó allí con su microscopio y sus preparaciones; los anatomistas más influyentes, como Rudolf Albert von Kölliker y Wilhelm von Waldeyer, se inclinaron ante las pruebas. Waldeyer, de hecho, fue quien popularizó el término «neurona» y difundió la doctrina celular por toda Europa, mientras Cajal seguía publicando, cada pocas semanas, un nuevo descubrimiento: los conos de crecimiento del axón, la degeneración y regeneración de las vías nerviosas, la estructura del cerebelo, de la retina, del bulbo olfatorio.

Capítulo VI: El dibujo eterno

Cuando Cajal abandonó Barcelona en 1892 para ocupar la cátedra de Histología de la Universidad Central de Madrid, su nombre ya era conocido en todo el mundo. Pero él no dejó de dibujar. La edición monumental de su Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados, publicada entre 1899 y 1904, recogió cientos de láminas que todavía hoy se estudian en las facultades de Medicina. Aquellas ilustraciones no eran un adorno: eran la demostración misma. Cada trazo equivalía a un argumento.

En 1906, el Nobel llegó como una piedra en un estanque tranquilo. Cajal, que ya había fundado la Revista Trimestral Micrográfica y consolidado una escuela de histólogos españoles —Achúcarro, Río—Hortega, Tello—, recibió la noticia en su casa de la calle Atocha casi con sobresalto. El telegrama desde Estocolmo fue recibido con escepticismo por su mujer, Silveria Fañanás, que preguntó: «¿Te habrás metido en algún lío?». Y no: era el reconocimiento tardío a quince años de trabajo solitario entre frascos y láminas.

El legado de Cajal no está solo en los libros. Cada uno de sus dibujos es un acta notarial de cómo se construyó la neurociencia moderna. En el Instituto Cajal de Madrid, en la calle Doctor Arce, se conservan más de diecinueve mil preparaciones, dos mil quinientos dibujos y centenares de cartas. Cualquiera que se asome a una de aquellas vitrinas entiende lo que costaba arrancarle un secreto al cerebro: el olor a plata, la luz de la lamparilla, la paciencia infinita. Y entiende también que aquel médico que dibujaba neuronas con el mimo de un grabador flamenco cambió para siempre lo que sabemos de nosotros mismos.

El día que Santiago Ramón y Cajal enfocó el objetivo y vio el bosque de neuronas separadas, la neurología dio un salto definitivo. No fue un fulgor instantáneo: fue el fruto de miles de horas de laboratorio, de la tozudez del que cree en lo que ve y de la mano firme que supo contar la historia con un lápiz. Sus dibujos siguen ahí, colgados en las paredes de las facultades y en las pantallas de los neurocientíficos, recordando que la ciencia, a veces, se escribe con trazos de plata quemada.