Rusia ha ensayado en el Ártico el corte de los cables submarinos que conectan Estados Unidos y Europa.
Un ensayo ruso en el Ártico que la OTAN siguió de cerca
El ejercicio, del que informó Reuters citando a dos funcionarios occidentales anónimos, habría tenido lugar la pasada primavera y habría movilizado a submarinos de la Dirección Principal de Investigación de Aguas Profundas, conocida como GUGI, una unidad militar rusa especializada en operaciones de fondo marino. La información fue adelantada por The Daily Caller y no ha sido confirmada de forma independiente.
Fuerzas de Noruega, Reino Unido y Estados Unidos localizaron y siguieron a los buques rusos cerca del archipiélago de Svalbard, según la misma fuente. Noruega ya había advertido en abril que el GUGI está desarrollando capacidad para cartografiar y sabotear infraestructura occidental a gran profundidad, en palabras del ministro de Defensa Tore Sandvik.
El Ministerio de Defensa ruso no respondió a las solicitudes de comentarios. El análisis de la OTAN sitúa la magnitud del riesgo: 1,3 millones de kilómetros de cables submarinos soportan 10 billones de dólares diarios.
Los expertos consultados por el medio no se andan con rodeos. Geoff Huston, científico jefe del Centro de Información de Redes de Asia-Pacífico, explica que el Sistema de Nombres de Dominio (DNS), la agenda de contactos de internet, se apagaría lentamente si los cables dejan de refrescar los datos.
Sin DNS no hay aplicaciones, no hay móvil, no hay semáforos, electricidad ni control de vuelo. ‘Desde las redes móviles hasta los semáforos. De las redes eléctricas al tratamiento del agua’, sintetiza Huston. El fallo de los sistemas de control de vuelo alteraría por completo la aviación.
Un corte masivo de los cables submarinos no apagaría solo internet: apagaría el sistema financiero, el transporte y la capacidad de respuesta de las sociedades modernas.
Qué pasaría si cayeran los cables submarinos
La pérdida de los cables no sería un problema local: Paul Barford, director del Laboratorio Avanzado de Internet de Wisconsin, recuerda que el impacto sería idéntico para todos y que no existe forma de redirigir todo el el tráfico interrumpido por otra infraestructura.
Más del 99% del tráfico internacional de datos viaja por cables submarinos, según la Unión Internacional de Telecomunicaciones. Ese porcentaje incluye transacciones financieras, computación en la nube, comunicaciones gubernamentales, banca, sanidad y educación.
El riesgo no se limita al fondo marino. En noviembre de 2021, Rusia ya demostró su capacidad antisatélite al destruir uno de sus propios satélites con un misil y generar más de 1.500 fragmentos rastreables, según el Departamento de Estado. Incluso Starlink, con sus satélites, depende de estaciones terrestres y no es inmune a un apagón de la red.

Para España, la dependencia es directa. Las entidades bancarias, el turismo, las plataformas en la nube y los servicios de reservas de aerolíneas necesitan los cables transatlánticos. Un corte prolongado encarecería o interrumpiría operaciones cotidianas y aislaría a la economía española de los flujos financieros dominados por Estados Unidos.
La Lógica de Washington
Para Washington, la protección de los cables submarinos no es una cuestión de comodidad: es la troncal física de la economía digital y de la proyección militar. El Pentágono asume desde la Guerra Fría que dominar el lecho marino del Atlántico Norte es una extensión de la defensa nacional; por eso la Armada de Estados Unidos participa en ejercicios de vigilancia junto a Noruega y el Reino Unido.
La posición de la Casa Blanca no se ha limitado a la disuasión. La administración estadounidense ha reforzado la cooperación con la OTAN para monitorizar el tráfico de buques en las rutas de cable y ha presionado a los aliados europeos para que traten la infraestructura submarina como un activo estratégico. Ninguna alternativa puede sustituir a la fibra óptica comercial.
El precedente de 2022, cuando explotaron los gasoductos Nord Stream bajo el mar Báltico, pesa en la lectura estratégica de la Casa Blanca. Aquel sabotaje —atribuido por la fiscalía alemana a un exmilitar ucraniano y nunca a Rusia— demostró que la infraestructura submarina es vulnerable.
Rusia, mientras tanto, sigue desarrollando su capacidad de operar en los fondos marinos. El eventual corte físico de la red no distinguiría entre países amigos o adversarios, pero Washington calcula que la disuasión —y la capacidad de responder— es lo que mantiene el tablero estable.
Ficha del Caso
- El caso: El presunto ejercicio ruso para inutilizar cables submarinos en el Ártico, detectado por Noruega, Reino Unido y Estados Unidos, reabre el debate sobre la fragilidad de la infraestructura física de internet.
- Datos clave: Más del 99% del tráfico internacional viaja por cables submarinos; 1,3 millones de kilómetros soportan 10 billones de dólares en transacciones diarias, según la OTAN. En noviembre de 2021, Rusia destruyó un satélite propio y generó 1.500 fragmentos rastreables.
- Para España: La economía española depende de los cables transatlánticos para banca, turismo y nube. Un corte prolongado aislaría a sus empresas de los flujos financieros y de los servicios digitales dominados por Estados Unidos.

