El alquiler ha dejado de ser solo un problema de fin de mes: ahora también decide si este verano hay maletas o no las hay. Un análisis reciente de Randstad, elaborado a partir de casi 5.700 encuestas, confirma que el 79,2% de los trabajadores de 25 a 44 años modificará sus planes vacacionales por el aumento del coste de vida, con la vivienda como uno de los frenos más determinantes.
No es una sensación aislada ni una anécdota de bar. Es una tendencia que se repite en hogares de toda España, donde la nómina entra por una puerta y sale casi entera por la del casero. La cuenta ya no cuadra, y lo primero que se recorta es lo que parecía intocable: el descanso de verano.
El peso del alquiler en la generación que más viaja… menos
Randstad lo explica sin rodeos: este grupo de edad está más expuesto a la subida de los alquileres y las hipotecas, dos gastos fijos que dejan muy poco margen para organizar un viaje. Cuando el alquiler se lleva más de la mitad del sueldo, cualquier plan que no sea esencial pasa a un segundo plano, por mucho que julio y agosto insistan en llegar cada año.
El dato duele especialmente porque contradice el tópico de que son los jóvenes quienes más viajan. La realidad es que son quienes menos margen tienen para hacerlo sin sacrificar otra cosa. El informe detalla que el 40,6% de este grupo viajará menos días y el 38,6% buscará alternativas más baratas, un ajuste silencioso que se repite en miles de hogares.
Cuando el sueldo entero se va en el recibo
El alquiler ha alcanzado en 2026 niveles que hace pocos años parecían impensables. En ciudades como Madrid o Barcelona, el coste medio de una mensualidad supera ya el cien por cien de un salario bruto individual, lo que obliga a compartir piso incluso a profesionales de más de treinta y cinco años con contrato indefinido. La consultora de recursos humanos Randstad confirma con sus propios datos internos que esta presión financiera está reconfigurando por completo los hábitos de consumo de los trabajadores españoles.
No hace falta ser economista para entender la mecánica: si el alquiler absorbe más de la mitad de lo que se gana, el resto de gastos se pelean por las migajas. Las vacaciones, al ser un gasto aplazable, suelen ser las primeras en caer en esa pelea, aunque el cuerpo y la cabeza las estén pidiendo a gritos.
No es solo cuestión de dinero, es cuestión de prioridades forzadas
Lo más revelador del estudio de Randstad es que el ajuste no distingue edades ni géneros de forma tan marcada como cabría esperar. El 76,2% de los mayores de 45 años también modificará sus vacaciones, y entre los jóvenes de 18 a 24 años la cifra llega al 73,5%. La diferencia está en el matiz: quienes ya pagan alquiler de vivienda habitual son los que más recortan.
Las trabajadoras, además, son quienes más ajustan sus planes: un 80,1% frente al 74,6% de los hombres. El patrón se repite en casi todos los perfiles, lo que confirma que no hablamos de un problema puntual, sino de una presión estructural que atraviesa generaciones, sueldos y tipos de contrato.
Cómo se traduce el recorte en la maleta
Cuando el presupuesto no da para más, los cambios se notan en cada detalle del viaje. No desaparece el verano, pero se transforma por completo. La semana o los diez días clásicos se convierten en una escapada corta, y el destino soñado se cambia por uno que pese menos en la cuenta corriente.
Estos son los ajustes más comunes que reflejan las encuestas:
- Menos días de viaje: el 40,1% de los encuestados reducirá la duración de sus vacaciones.
- Alojamiento más económico: el 37,2% cambiará el hotel elegido por una opción más barata.
- Destinos más cercanos: se prioriza reducir el gasto en desplazamiento y transporte.
- Menos planes sin ajustar: solo el 22,7% mantendrá sus vacaciones intactas, sin ningún recorte.
Un problema que ya no se puede mirar hacia otro lado
El propio informe de Randstad reconoce algo importante: la encuesta mide el impacto del coste de vida en general, sin aislar qué parte exacta del recorte se debe solo al alquiler. Pero el patrón es tan constante en todas las franjas de edad que resulta difícil no ver la vivienda como el principal sospechoso de esta transformación del verano español.
La brecha entre generaciones se estrecha
Durante años se asumió que el problema del alquiler era casi exclusivo de los más jóvenes recién emancipados. Los datos de 2026 desmontan ese relato: la presión se ha extendido a trabajadores de mediana edad con hipotecas o alquileres firmados hace tiempo, cuyas rentas suben en cada renovación de contrato.
Lo que viene después del verano
El recorte vacacional no es un hecho aislado: convive con dificultades para pagar la comida, el coche o el dentista, según reflejan otras encuestas recientes de consumo. El verano se ha convertido en el termómetro de una economía doméstica que aprieta por todos los frentes a la vez.
La tendencia y el consejo que puede ayudar a planificar mejor
La buena noticia, si se puede llamar así, es que el mercado se está adaptando a esta nueva realidad. Cada vez más agencias y plataformas ofrecen escapadas cortas de tres o cuatro días como alternativa asumible, y el turismo de proximidad gana terreno frente a los grandes desplazamientos. Reservar con antelación y comparar precios sigue siendo la recomendación más repetida por los expertos en consumo, y sigue funcionando.
A medio plazo, la clave estará en si las políticas de vivienda logran aliviar ese porcentaje de sueldo que hoy se queda en el alquiler. Mientras tanto, la generación que más trabaja es también la que más se reinventa: menos días, destinos más cercanos y una manera distinta de entender el descanso que, pese a todo, sigue resistiendo cada verano.


