Bombardeos en Irak: EEUU y Arabia Saudí atacan a milicias proiraníes en siete provincias

Bagdad condena la operación conjunta como una violación de su soberanía, mientras el Pentágono alega represalia por ataques con drones. Al menos 20 milicianos muertos y 32 heridos, según las PMF.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Estados Unidos y Arabia Saudí han bombardeado posiciones de las milicias proiraníes PMF en siete provincias de Irak.
  • ¿Quién está detrás? La operación conjunta ha sido ordenada por Washington y Riad en represalia por un ataque con drones contra infraestructuras petroleras saudíes.
  • ¿Qué impacto tiene? Bagdad condena los ataques como una violación de su soberanía. Teherán advierte de una respuesta coordinada con sus aliados regionales.

La madrugada del 31 de julio, aviones de combate estadounidenses y saudíes lanzaron una serie de ataques aéreos contra las Fuerzas de Movilización Popular (PMF, por sus siglas en inglés), la coalición de milicias proiraníes integrada formalmente en la estructura de seguridad del Estado iraquí. Los bombardeos alcanzaron objetivos en siete provincias, según han confirmado fuentes oficiales iraquíes, y dejan al menos 20 milicianos muertos y 32 heridos.

Washington y Riad justifican la operación como respuesta a un ataque con drones contra instalaciones petroleras saudíes, atribuido a grupos vinculados a Irán. La Resistencia Islámica en Irak, sin embargo, ha negado cualquier implicación. La ofensiva se produce apenas unos días después de que Teherán lanzara misiles contra bases militares estadounidenses en Jordania, rompiendo una breve pausa en los enfrentamientos directos entre ambos países.

El ataque no es un hecho aislado. Las PMF, que surgieron en 2014 para combatir al Estado Islámico, se han convertido en un actor clave dentro del complejo entramado de seguridad iraquí. Oficialmente dependen del primer ministro, pero en la práctica responden a los intereses de la Guardia Revolucionaria iraní. Esta ambigüedad jurídica hace que cada bombardeo sobre estas milicias sea interpretado por Bagdad como un ataque a instituciones del propio Estado.

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Reacciones en cadena: de la condena diplomática a la amenaza militar

El gobierno iraquí ha calificado los bombardeos de «violación flagrante de la soberanía nacional» y ha convocado al encargado de negocios estadounidense en Bagdad. Lo llamativo es el contraste entre la versión del presidente Donald Trump, que asegura haber coordinado la operación con las autoridades iraquíes, y la indignación pública que estas muestran. «Eso contradice frontalmente la posición oficial iraquí, que describe el ataque como una violación de su soberanía», subrayó Ali Rida Sbeity, corresponsal de RT sobre el terreno.

Desde Teherán, el ex comandante de la Guardia Revolucionaria Hossein Kanani Moghaddam ha advertido de que los bombardeos no quedarán sin respuesta. «Un ataque contra Irak se considera un ataque contra Irán, debido al vínculo estratégico entre ambos países», declaró a RT. La amenaza no es retórica: el régimen iraní ha demostrado capacidad para activar a sus proxies en toda la región, desde Líbano hasta Yemen.

Por su parte, Riad ha elevado el tono. Ahmed Al-Shahri, presidente del Foro de la Experiencia Saudí, calificó los ataques contra la infraestructura estratégica del reino de «línea roja» que justifica una respuesta militar contundente. La implicación directa de Arabia Saudí en estos bombardeos añade una capa de riesgo adicional, ya que enfrenta directamente a dos potencias regionales enfrentadas en múltiples tableros: Yemen, Siria y ahora Irak.

La dinámica recuerda peligrosamente a los ciclos de escalada de 2019-2020, cuando los ataques contra infraestructuras petroleras saudíes estuvieron a punto de desencadenar un conflicto abierto entre Washington y Teherán.

La ambigüedad legal de las PMF convierte cada bombardeo estadounidense en un ataque a la soberanía iraquí, incluso cuando el objetivo son milicias que actúan como brazos armados de Irán.

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Equilibrio de Poder

Estados Unidos y Arabia Saudí han optado por una demostración de fuerza sin solicitar autorización previa a un gobierno teóricamente aliado. Es una decisión que debilita aún más la posición del primer ministro iraquí, Mohamed Shia al Sudani, atrapado entre la presión de Washington y la influencia de las milicias que sostienen su propia coalición de gobierno. Para la administración Trump, sin embargo, el cálculo es distinto: demostrar que la pausa en los ataques directos contra Irán no equivale a una retirada, y que la disuasión sobre los proxies de Teherán sigue siendo una prioridad estratégica.

Para España, los bombardeos suponen un nuevo quebradero de cabeza en un flanco sur ya de por sí convulso. La presencia de tropas españolas en Irak —dentro de la misión de la OTAN y de la coalición internacional contra el Estado Islámico— coloca a Madrid en una situación delicada. Cualquier represalia de las milicias podría poner en riesgo al contingente español, desplegado en Besmayah y en otras bases. Moncloa mantiene contactos discretos con Bagdad para recalibrar los protocolos de seguridad y, al mismo tiempo, evitar que la escalada arrastre a España a un conflicto que no desea.

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La lectura a cinco años es preocupante. Irak se consolida como el campo de batalla indirecto entre Washington y Teherán, con Riad como nuevo actor táctico. La integración formal de las PMF en el Estado iraquí hace que cualquier ataque futuro pueda interpretarse no ya como una operación antiterrorista, sino como una agresión directa a un país soberano. La próxima cumbre del Consejo de Seguridad de la ONU, prevista para septiembre, podría ser el escenario donde se dirima si la comunidad internacional avala esta nueva doctrina de intervención.