EEUU agota dos tercios de sus misiles Patriot en la guerra con Irán, alerta el CSIS

El think tank CSIS estima que la campaña contra Irán ha consumido el 65% de los interceptores, dejando el arsenal por debajo de las 1.000 unidades. Reconstruir las reservas llevará hasta cinco años, lo que abre una ventana de vulnerabilidad crítica para la OTAN y para la defensa

Estados Unidos ha consumido aproximadamente dos tercios de su inventario de misiles interceptores Patriot durante el conflicto con Irán, según un análisis del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS). El think tank advierte de que un nuevo conflicto de alta intensidad antes de reconstituir las reservas obligaría a Washington a asumir riesgos operativos extremos en la defensa antimisiles.

El desgaste silencioso de las reservas estratégicas

Las cifras que maneja el CSIS, basadas en información pública sobre gastos, producción y estimaciones de inventario, son demoledoras. De los interceptores Patriot disponibles antes de la Operación Furia Épica, la campaña de represalia contra instalaciones iraníes, el Ejército estadounidense habría empleado alrededor del 65%, dejando el arsenal por debajo del millar de misiles. En paralelo, los interceptores del sistema de defensa de área a gran altitud terminal (THAAD) han mermado un 38%, con un remanente de entre 234 y 278 unidades.

La sangría no es menor. Patriot y THAAD son la columna vertebral de la defensa antimisiles de las fuerzas armadas estadounidenses y de los aliados que dependen de su paraguas protector. Han defendido bases, tropas y poblaciones frente a los misiles balísticos que Irán lanzó en las primeras fases de la contienda. Que algunos proyectiles perforaran las defensas y causaran bajas ya encendió las alarmas, pero el cálculo estratégico es aún más inquietante: la munición crítica para repeler otro ataque masivo se está agotando.

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Una ventana de vulnerabilidad de tres a cinco años

Reconstruir esas reservas no es cuestión de semanas. Según el experto del CSIS Mark Cancian, fabricar un solo interceptor Patriot lleva entre tres y cinco años. “Lo que estamos recibiendo ahora son misiles que se financiaron en 2023”, ha recordado. El Pentágono, que no ha desmentido las estimaciones del CSIS, acaba de firmar con Lockheed Martin un contrato de 58.600 millones de dólares para la producción de misiles PAC-3 MSE hasta el año fiscal 2032. Una inversión sin precedentes que, sin embargo, no acorta los plazos industriales.

El informe del CSIS es claro: el verdadero peligro estratégico no es sostener la actual campaña contra Irán, sino tener que afrontar otra contingencia de alta intensidad antes de que los inventarios se hayan recuperado. De producirse, la escasez forzaría a consumir interceptores solo contra las amenazas de máximo valor, dejando pasar otros misiles que hoy serían interceptados. En doctrina militar, eso se llama aceptar un riesgo operativo inasumible.

El verdadero peligro estratégico no es la guerra en curso, sino tener que afrontar otra sin reservas de Patriot.

La Casa Blanca y el Pentágono se enfrentan a una paradoja clásica del poder militar: cada misil que se dispara es un eslabón que no se recupera en años. Mientras tanto, el teatro de operaciones sigue caliente y los adversarios observan.

Equilibrio de Poder

El drenaje de los arsenales Patriot trasciende el conflicto iraní y golpea de lleno la arquitectura de disuasión occidental. La escasez no solo debilita la capacidad de combate de Estados Unidos, sino la de todos los aliados que dependen de su escudo antimisiles, España incluida. La base de Rota, con sus destructores AEGIS, y las crecientes necesidades de defensa integrada en el flanco sur hacen que la disponibilidad de sistemas como el Patriot sea un asunto de seguridad nacional propia.

Para Washington, la jugada es de manual geopolítico: no puede permitirse un vacío mientras Moscú observa cómo se desgasta la capacidad antimisiles estadounidense en Oriente Medio. Rusia, que ya ha tensado el pulso en Ucrania y en el Báltico, calibrará la ventana de oportunidad. Para la OTAN, la lectura es incómoda: si el socio principal se queda sin interceptores durante un lustro, el paraguas de defensa colectiva se vuelve más teórico que operativo.

España, que mantiene una batería Patriot desplegada en Turquía desde 2015 dentro de la operación de disuasión de la OTAN, podría verse arrastrada a un replanteamiento de sus prioridades de inversión en defensa. Con Moncloa aún digiriendo las presiones de Trump para elevar el gasto militar al 5% del PIB, la evidencia de que los arsenales compartidos se vacían rápido añade urgencia a un debate que hasta ahora ha sido más retórico que presupuestario.

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La comparativa histórica nos remite a la crisis de los misiles en Europa de los años ochenta, cuando la acumulación de sistemas tierra-aire y de crucero definió décadas de estrategia. Hoy la amenaza balística es más dispersa y los tiempos de producción, paradójicamente, más largos. El CSIS advierte de que no hay alternativas viables a Patriot y THAAD para la defensa contra misiles balísticos en el corto plazo; el recién lanzado programa FCAS, en el que España participa, es una apuesta a largo plazo que no cubrirá el hueco inmediato.

En los próximos meses, la presión del Pentágono para acelerar líneas de producción y flexibilizar la doctrina de empleo de interceptores chocará con los límites industriales y presupuestarios. La OTAN, en su cumbre de otoño, no podrá obviar esta realidad. Mientras tanto, la ventana de vulnerabilidad de tres a cinco años que pinta el CSIS coloca a España, como aliado de primera línea, ante una disyuntiva estratégica: o asumimos el coste de reconstruir la defensa europea o nos exponemos a que, llegado el momento, simplemente no haya misiles que disparar.