Dependencia farmacéutica de Europa: China y EE.UU. convierten la biotecnología en campo de batalla

Europa importa el 90% de los antibióticos de China y no produce paracetamol, como alertó Borrell. La pugna biotecnológica entre Pekín y Washington deja a la UE expuesta y sin una estrategia de autonomía urgente. La salud se convierte en rehén de la geopolítica.

La dependencia farmacéutica de la Unión Europea ha dejado de ser un riesgo teórico para convertirse en una vulnerabilidad estratégica de primer orden. Como recordó el alto representante Josep Borrell en plena pandemia de la covid-19, el 90% de los antibióticos que consume el continente se fabrican en China, y Europa no produce ni un gramo de paracetamol. Aquella advertencia, hoy, se materializa en un nuevo escenario de disputa global: la biotecnología se ha transformado en un campo de batalla entre Pekín y Washington, con la UE como espectador desarmado.

La dependencia europea en datos: antibióticos, paracetamol y el espejo de la covid

Seis años después de aquellas palabras, los datos confirman el diagnóstico. China no solo sigue siendo la fábrica mundial de principios activos, sino que ha escalado posiciones en la cadena de valor: ya no se limita a los genéricos, sino que desarrolla fármacos innovadores y firma acuerdos de licencia multimillonarios con multinacionales occidentales. En el primer trimestre de 2026, las empresas biotecnológicas chinas cerraron transacciones transfronterizas por valor de 60.000 millones de dólares, copando el 69% del valor total de las operaciones globales del sector, según datos del banco de inversión Jefferies.

Además, más del 70% de las sustancias activas utilizadas en los medicamentos genéricos de Estados Unidos y Europa proceden de China y de la India, cuyos laboratorios dependen de materias primas chinas. Y un dato todavía más revelador: en la actualidad, las biotecnológicas chinas protagonizan más del 30% de la cartera mundial de fármacos en desarrollo, cuando en 2014 apenas representaban el 4%. El crecimiento ha sido exponencial y la dependencia de Occidente se ha intensificado sin que la UE haya adoptado medidas de calado.

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La pandemia dejó al descubierto la fragilidad de las cadenas de suministro, pero Bruselas apenas ha avanzado en la construcción de una capacidad productiva propia. El proyecto de una Autoridad Europea de Preparación y Respuesta ante Emergencias Sanitarias (HERA) se puso en marcha con el objetivo de coordinar reservas estratégicas, pero su alcance sigue siendo limitado. Mientras tanto, la producción de principios activos esenciales se concentra en un puñado de fábricas chinas, y un eventual bloqueo comercial o una crisis geopolítica podrían dejar a los hospitales europeos sin suministros básicos.

La guerra biotecnológica entre EEUU y China: una puja por el futuro

Estados Unidos observa esta escalada con creciente inquietud. En 2024, China superó por primera vez a la potencia norteamericana en número de ensayos clínicos registrados, y un año después, las compañías estadounidenses firmaron acuerdos de licencia con empresas chinas por valor de más de 45.000 millones de dólares. La respuesta legislativa no se hizo esperar: el Congreso adoptó la denominada Ley de Bioseguridad, que prohíbe a las agencias federales financiar o contratar a firmas que utilicen servicios de biotecnología china consideradas de riesgo.

La norma afecta directamente a gigantes como BGI Group —especializado en secuenciación genética— y a WuXi AppTec y WuXi Biologics, socias estratégicas de grandes farmacéuticas estadounidenses en la producción de medicamentos innovadores. Washington ha reforzado además la protección de los datos genéticos y ha aprobado incentivos para recuperar parte de la producción farmacéutica considerada esencial. La biotecnología, en definitiva, ya no es solo un sector económico: es una infraestructura de seguridad nacional.

Europa repite con los fármacos el mismo error que cometió con la energía: depender de un único proveedor exterior sin alternativas reales.

El Eje del Poder Europeo

En este tablero de alta tensión, la Unión Europea se encuentra en una posición incómoda. No ha desarrollado aún una estrategia de autonomía en materia farmacéutica comparable a la Ley Europea de Chips o a los planes de descarbonización que persiguen reducir la dependencia de los combustibles fósiles rusos. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha mencionado en varias ocasiones que la autonomía estratégica debe extenderse al ámbito sanitario, pero los avances concretos son escasos. El presupuesto comunitario para investigación biomédica se diluye entre múltiples programas, y la capacidad de fabricación de principios activos sigue estando en manos de terceros países.

Para España, la dependencia es especialmente acuciante. El sector de los medicamentos genéricos, que abastece a la Seguridad Social con productos de bajo coste, depende casi enteramente de las importaciones de principios activos. La deslocalización de la producción de paracetamol al continente asiático durante las décadas pasadas fue una decisión económica que hoy se revela como un riesgo estratégico. El sistema nacional de salud, que se considera uno de los más robustos de Europa, podría verse gravemente comprometido ante un colapso de las cadenas de suministro globales, ya sea por una nueva pandemia, un conflicto marítimo en el estrecho de Taiwán o un endurecimiento de las restricciones comerciales.

La lectura a medio plazo es clara: en el mundo que diseñan Pekín y Washington, el que domina la biotecnología domina la salud, la agricultura y hasta la defensa. La UE, atrapada entre dos fuegos, se arriesga a quedar relegada a un papel de mero consumidor si no actúa con urgencia. La experiencia de la crisis de los microchips debería servir de aviso: la dependencia extrema de un solo proveedor siempre termina pasando factura. El debate sobre la autonomía estratégica, que parecía reservado a la industria de semiconductores, está a punto de extenderse a los laboratorios que fabrican los medicamentos que salvan vidas.

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