EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? La misión de la ONU en el sur del Líbano (FINUL) afronta sus últimos meses de mandato, que expira el 31 de diciembre de 2026, sin un plan de relevo definido.
- ¿Quién está detrás? La parálisis del Consejo de Seguridad de la ONU y la ocupación militar israelí del sur del Líbano bloquean cualquier transición ordenada, mientras España mantiene desplegados 650 militares en la zona.
- ¿Qué impacto tiene? La retirada sin sucesor genera un vacío de seguridad en la frontera norte de Israel. Para España, supone el fin de su misión de paz más longeva y un repliegue logístico complejo bajo ocupación extranjera.
La Fuerza Interina de las Naciones Unidas en el Líbano (FINUL) encara el epílogo de su dilatada historia sin visos de una sucesión pactada. A menos de cinco meses de la caducidad de su mandato, el Consejo de Seguridad sigue atascado en tres propuestas que, en el mejor de los casos, reducirían drásticamente la presencia internacional, mientras la ocupación israelí se consolida al sur del río Litani. Para el contingente español, con más de seiscientos efectivos sobre el terreno, la prioridad deja de ser la interposición y pasa a ser la preparación de un repliegue seguro en un entorno hostil.
Lo que observamos es un desenlace agridulce. La misión de paz más longeva de la historia contemporánea de España se apaga no por el éxito de su cometido, sino por el agotamiento del marco jurídico que la sustentaba. La Resolución 1701, concebida en 2006 para poner fin a la guerra entre Israel y Hezbolá, es hoy papel mojado en el terreno. Las partes beligerantes han pactado al margen de la ONU y el paraguas de los cascos azules estorba más que protege.
Un mandato en el limbo y tres opciones sobre la mesa
El secretario general de la ONU, António Guterres, presentó el pasado 2 de junio tres escenarios al Consejo de Seguridad. Todos pasan por una reducción significativa de los efectivos: una presencia ligera de 900 cascos azules, otra media de 1.500 o una más robusta que no superaría los 3.000 militares. Cifras que palidecen frente a los actuales 10.000 efectivos desplegados. La portavoz de FINUL, Kandice Ardiel, confirmó a Defense News que la misión «continuará hasta el 31 de diciembre» y que la hoja de ruta actual se limita a «crear las condiciones para una transición ordenada a lo que venga después», sea lo que sea.
El problema de fondo es que no hay un «después» claro. El acuerdo marco firmado entre Líbano e Israel en Washington, auspiciado por Estados Unidos e Irán, prevé la creación de «zonas piloto» bajo control del Ejército libanés y libres de armas de Hezbolá. Sin embargo, Israel solo se ha retirado de una de las dos zonas acordadas y la verificación de ese desarme sigue siendo una incógnita técnica y política. FINUL ni siquiera ha sido invitada a la mesa de negociación.
El plan B europeo y la desconfianza israelí
La inacción de Nueva York ha activado la diplomacia europea. Francia e Italia, las dos potencias con mayor peso histórico en el Líbano, propusieron en la cumbre bilateral de Antibes, a finales de junio, la creación de una coalición multinacional post-FINUL. Alemania se sumó a la iniciativa y el Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE) ha esbozado una misión civil-militar de tres años, no para sustituir a la ONU, sino para fortalecer a las Fuerzas Armadas Libanesas. El objetivo oficial es que Beirut asuma el control de sus fronteras.
Sin embargo, cualquier fuerza europea tropezaría con el mismo muro que ha inmovilizado a los cascos azules: las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF). La mitad de las posiciones de FINUL se sitúan en territorio actualmente ocupado por Israel, que no ha cesado las operaciones militares en las aldeas fronterizas pese al alto el fuego vigente. La libertad de movimientos de los observadores internacionales es una ficción legal. Como señala Paul Salem, investigador del Center for Strategic and International Studies, «desde una perspectiva de realpolitik, FINUL no ha sido particularmente efectiva».
FINUL no muere por falta de voluntad política, sino porque dejó de ser útil para las partes en conflicto. La ocupación israelí convierte la interposición en un ejercicio de equilibrismo sin red.
El Parlamento libanés, a través de 86 diputados, ha elevado una petición formal al secretario general de la ONU para la renovación del mandato. Un gesto desesperado que revela el temor de Beirut a quedarse solo ante la maquinaria militar israelí. La reunión prevista para hoy, 4 de agosto, en Roma entre representantes israelíes y libaneses podría ser la última oportunidad para definir un mecanismo de verificación creíble que desatasque la situación. Pero el reloj corre en contra de los diplomáticos.
Equilibrio de Poder
La agonía de FINUL es un síntoma de un reordenamiento más profundo en Oriente Próximo. El eje Washington-Moscú-Bruselas observa la frontera israelo-libanesa con prismas radicalmente distintos. La administración Trump prioriza el acuerdo bilateral con Irán y la normalización de Israel en la región, y ve en la ONU un obstáculo burocrático. El Kremlin, centrado en Ucrania, mantiene un perfil bajo en el Mediterráneo oriental pero no desaprovechará la oportunidad de señalar la incapacidad occidental para gestionar crisis periféricas. Bruselas, por su parte, se debate entre el deseo de proyectar influencia y el miedo a heredar un conflicto irresoluble.
Para España, las implicaciones son directas y tangibles. El contingente español, encuadrado en el sector Este de la misión, es el quinto más numeroso con 650 militares. Su repliegue no es un ejercicio rutinario: implica la retirada de material sensible y personal en una zona donde Israel controla las carreteras y el espacio aéreo. Fuentes de Defensa consultadas por Moncloa.com admiten que la planificación logística está en marcha, pero la incertidumbre política complica cualquier calendario. La misión en Líbano ha costado a España más de 1.500 millones de euros y la vida de 15 militares desde 1978. Cerrarla sin un legado operativo claro dejará un sabor amargo en el Estado Mayor de la Defensa.
La lectura estratégica que hacemos desde esta redacción es que el vacío de seguridad que deja FINUL es un regalo envenenado para la arquitectura de defensa europea. Si la UE no es capaz de articular una misión creíble en un país tan frágil como el Líbano, la autonomía estratégica que predica Bruselas quedará en papel mojado. La alternativa, como sugiere Paul Salem, pasa por apoyar a las Fuerzas Armadas Libanesas con entrenamiento, recursos y equipo, y no con botas sobre el terreno. Pero los plazos no cuadran: Beirut no estará listo en cinco meses, ni en cinco años.
El precedente histórico que resuena es la retirada de la UNEF del Sinaí en 1979, que dejó el camino expedito para la devolución negociada de la península a Egipto bajo un paraguas bilateral. Pero aquello ocurrió en un contexto de paz entre Israel y Egipto, no con los tanques de las IDF patrullando las aldeas de la futura zona desmilitarizada. El riesgo de que el sur del Líbano se convierta en una «tierra de nadie» permanente, con Hezbolá reconstruyendo sus capacidades y las IDF lanzando incursiones periódicas, no es una hipótesis de laboratorio sino el escenario más probable.
En Moncloa, la prioridad es garantizar la seguridad de las tropas en la fase de repliegue, pero el coste político de abandonar una misión de paz sin haber logrado la paz puede pasar factura en el tablero europeo. La cita de Roma de hoy y la cumbre informal de ministros de Defensa de la UE en Praga, en septiembre, serán los termómetros de hasta dónde está dispuesta a llegar Europa para no dejar huérfano al sur del Líbano. Mientras tanto, FINUL empieza a desmontar sus bases tras casi cincuenta años de operaciones. Se va como vino: bajo la sombra de una guerra no resuelta.

