La crisis migratoria en Ceuta ha irrumpido como un proyectil en la precampaña de las elecciones presidenciales francesas de 2027, ofreciendo a la extrema derecha de Marine Le Pen el combustible perfecto para sus tesis antiinmigración. Las imágenes de centenares de personas saltando la valla y la polémica regularización de inmigrantes impulsada por el Gobierno de Pedro Sánchez han unido en las críticas a todo el arco conservador, desde Le Pen hasta el ex primer ministro Édouard Philippe, pasando por la derecha tradicional.
La campaña francesa encuentra su nuevo combustible
En un país donde la migración lidera las encuestas de preocupación ciudadana, los sucesos de Ceuta han activado de inmediato los resortes del debate electoral. Marine Le Pen, candidata por cuarta vez al Elíseo, ha aprovechado el foco: «Ante las entradas masivas y coordinadas de migrantes en España, alentadas por el Gobierno español, Francia debe sin más tardar reforzar los controles de sus fronteras», escribió en X, para luego amenazar con «parar esta locura en 2027 reservando la libre circulación de Schengen a los nacionales de la UE». El resto de figuras del Reagrupamiento Nacional (RN), como Jordan Bardella y Aleksandar Nikolic, han ido aún más lejos, calificando la regularización española de «amenaza para todo el continente».
La sincronía de las reacciones no es casual. El partido de Le Pen, que en las europeas de 2024 ya rozó la mayoría, ve en Ceuta la materialización de su discurso sobre la «sumersión migratoria». Cada nueva crisis fronteriza le permite desviar la atención de sus lagunas en materia económica y presentarse como el único partido que advirtió del peligro. «La historia ha dado la razón al partido, injustamente estigmatizado, y ya muchos piensan como él», repiten sus portavoces.
¿Efecto llamada o excusa electoral? El debate sobre el plan de Sánchez
Pero el ataque no se limita al RN. La eurodiputada de Reconquista, Sarah Knafo, afirmó que «las centenares de miles de regularizaciones de Sánchez han enviado al mundo entero el mensaje de que Europa es barra libre». El presidente de Los Republicanos (LR), Bruno Retailleau, exministro del Interior, fue más lejos en Le Journal du Dimanche: «El presidente del Gobierno español tiene una responsabilidad grande. Ya indiqué que la regularización masiva de casi un millón de personas era totalmente irresponsable. Un país no puede hacer sufrir sus decisiones laxistas a todos los demás».
Incluso el centroderecha representado por Édouard Philippe, alcalde de Le Havre y ex primer ministro con Macron, entró en la refriega. «No es aceptable que un país pueda decidir solo unas regularizaciones masivas que crean un efecto llamada para todo el continente», declaró. El editorial de Le Figaro no se contuvo al calificar a Sánchez de «el mal alumno europeo de la política migratoria», y en canales como CNews, se afirmó que «Pedro Sánchez jugó a aprendiz de brujo y lo está pagando».
Para los candidatos franceses, la pieza clave es el alcance interior del malestar. Buena parte de la opinión pública francesa ha descubierto ahora que Ceuta y Melilla son territorio de la UE. Sin embargo, analistas consultados por France Info advierten de que una hipotética disputa de soberanía con Marruecos no contaría con un apoyo automático de París, que tiende a ver los enclaves como una reminiscencia incómoda.
Ceuta ha puesto de manifiesto que la política migratoria se ha convertido en el verdadero campo de batalla del proyecto europeo, y que las decisiones unilaterales de un Estado pueden incendiar las elecciones de otro.

El Eje del Poder Europeo
La polémica que envuelve a España trasciende las fronteras y devuelve al primer plano el pulso por la gobernanza migratoria europea. El reparto de responsabilidades entre países de primera línea como España, Italia o Grecia y los socios del norte nunca ha sido justo, y el plan de regularización unilateral de Sánchez, lejos de resolver el tapón, ha servido en bandeja un argumento a quienes llevan años reclamando controles internos. La posibilidad de que el futuro ocupante del Elíseo sea Marine Le Pen, con un discurso que vincula Schengen a la nacionalidad, añade una capa de incertidumbre al frágil equilibrio europeo.
La lectura estratégica es clara: si la ultraderecha gana en Francia, el motor franco-alemán se resquebraja y se abre una crisis institucional de consecuencias imprevisibles. Bruselas, que ya estudia una reforma del Pacto Migratorio, podría verse arrinconada entre las demandas de los países del sur, desbordados, y las exigencias de cierre de fronteras de Visegrado y del eje París-Berlín. El «efecto llamada» que denuncian los políticos franceses, aunque difícil de calibrar empíricamente, es un eco de las acusaciones que ya se vertieron en 2015, cuando la crisis de refugiados sirios elevó a Le Pen a la segunda vuelta.
Lo que está en juego no es solo el futuro del Gobierno de Sánchez, que asiste atónito a cómo su iniciativa humanitaria es vapuleada por todos los aspirantes al Elíseo, sino la propia cohesión del espacio Schengen. La próxima primavera electoral francesa se decidirá en buena medida sobre si los votantes compran el relato del caos migratorio español. Y mientras, Bruselas calla, porque teme que su intervención añada más leña al fuego.

