EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Los incendios en el sur de Líbano se multiplican desde la tregua del 17 de junio y los bomberos locales acusan a Israel de provocarlos con drones, fósforo blanco y bengalas.
- ¿Quién está detrás? La Defensa Civil de Nabatieh apunta a las fuerzas israelíes. No hay verificación independiente de la acusación.
- ¿Qué impacto tiene? El fuego destruye olivares, bosques y tierras de cultivo en zonas próximas a la línea del frente, y agrava la situación de los desplazados.
Los incendios en el sur de Líbano se han convertido en un nuevo capítulo de la tregua del 17 de junio. Bomberos libaneses han acusado a Israel de provocar fuegos deliberados en bosques y tierras agrícolas mediante drones y distintos tipos de munición, según una información difundida por The Guardian. La denuncia, formulada por los equipos de defensa civil sobre el terreno, carece por ahora de verificación independiente.
La escalada del fuego coincide con una calma militar incompleta. El alto el fuego del 17 de junio detuvo en gran medida los combates entre Israel y Hezbolá, pero no cerró la herida sobre el territorio. Hussein Fakih, jefe de la defensa civil de la región de Nabatieh, estima que los incendios han afectado entre el 30% y el 40% del terreno en algunas zonas próximas a la línea del frente.
El propio Fakih asegura que las fuerzas israelíes comenzaron a prender fuegos de inmediato. Alega que drones han lanzado materiales incendiarios y que proyectiles de fósforo blanco y bengalas de iluminación han impactado en zonas boscosas. El fósforo blanco es un agente incendiario que arde al contacto con el aire y puede provocar quemaduras graves; las bengalas, pensadas para iluminar el campo de batalla, pueden iniciar focos si caen sobre vegetación seca.
El fuego como arma: drones, fósforo blanco y bengalas sobre el bosque
El relato de los bomberos no es abstracto. El martes, según Fakih, las fuerzas israelíes lanzaron bengalas sobre una zona boscosa a las afueras de Khiam y desataron varios incendios. Poco después, un dron atacó cerca de los equipos que intentaban sofocar las llamas, lo que obligó a replegarse. El episodio dibuja una pauta: fuego iniciado, respuesta de extinción y hostigamiento aéreo para impedirla.
La guerra ambiental cobra forma en la Línea Azul, la demarcación fijada por Naciones Unidas entre Líbano e Israel. Grandes extensiones de bosque, olivares y tierras de labor han ardido desde mediados de junio. No se trata solo de daño ecológico: en en una economía rural como la del sur del Líbano, el fuego destruye cosechas, medios de vida y memoria productiva. La acusación de los bomberos añade una capa de conflicto a un territorio ya castigado por la guerra.
Las denuncias coinciden con una investigación visual publicada por Financial Times y Lighthouse Reports que documenta una destrucción mucho más amplia en las zonas del sur del Líbano controladas por Israel. Imágenes de satélite indican que gran parte del daño a viviendas, escuelas, tierras de cultivo, bosques e infraestructuras esenciales se produjo después de que las tropas israelíes consolidaran el control de aldeas evacuadas a mediados de abril.
El fuego no es un daño colateral más: se ha convertido en un instrumento de presión sobre el territorio y sobre la población que intenta regresar.
Un patrón de destrucción que va más allá de los incendios
La progresión militar israelí ha ido en paralelo. Tras el repliegue inicial, las fuerzas israelíes profundizaron en el sur del Líbano y establecieron lo que sus mandos describen como una zona de seguridad. En junio, Israel controlaba alrededor de 2.000 kilómetros cuadrados de territorio libanés, lo que equivale aproximadamente a una quinta parte del país. La cifra incluye aldeas evacuadas y terrenos agrícolas, y alimenta la percepción de una ocupación prolongada pese al alto el fuego.

El primer ministro libanés, Nawaf Salam, ha exigido en varias ocasiones una retirada israelí completa y se ha comprometido a restablecer los servicios esenciales para que los desplazados puedan regresar. La reconstrucción choca con la realidad del terreno: sin seguridad, sin acceso a la tierra y sin agua, el retorno se convierte en una promesa cada vez más difícil de cumplir.
Equilibrio de Poder
La acusación de los bomberos libaneses introduce un factor incómodo en el ya frágil equilibrio posterior a la tregua del 17 de junio. Washington no se ha pronunciado de forma específica sobre estos incendios, pero su alianza estructural con Israel y su historial de respaldo militar pesan sobre cualquier lectura internacional. Bruselas observa el deterioro con la misión de Naciones Unidas en el Líbano (UNIFIL) como principal sensor de la Línea Azul. España, que mantiene un contingente en esa operación, sigue de cerca cualquier elemento que pueda arrastrar al sur del Líbano de nuevo a la confrontación abierta.
El uso del fuego como arma tampoco es un episodio aislado en esta frontera. Durante la guerra de 2006, el fósforo blanco ya fue objeto de denuncias por su impacto sobre civiles y cultivos. La repetición de esa pauta refuerza la idea de que el sur del Líbano funciona como un laboratorio de guerra asimétrica donde el daño ambiental se convierte en un multiplicador de presión. La diferencia ahora es la existencia de un alto el fuego formal que, al menos sobre el papel, debería impedir este tipo de operaciones.
El riesgo a corto plazo no es solo humanitario. Cada incendio intencionado, cada ataque a un equipo de extinción, erosiona la tregua y complica la retirada israelí que exige Beirut. Si el patrón se consolida, se normaliza una forma de castigo colectivo que destruye la base agrícola de la que depende la población local. La próxima ventana crítica será cualquier informe de la FINUL o de organizaciones internacionales que documente la autoría de los fuegos. De ello dependerá que la acusación de los bomberos quede en testimonio de guerra o se convierta en un capítulo formal de violación del alto el fuego.

