La crisis de Ceuta fractura el consenso centrista en la UE y tensiona el Pacto Migratorio

El voto del 17 de septiembre contra Sánchez por su gestión de la frontera sur abre una brecha entre socialistas y populares que condiciona los presupuestos y los cargos de la UE. Ceuta se convierte en el caso de prueba del Pacto Migratorio.

La crisis de Ceuta ha roto en la Eurocámara la mayoría centrista que sostiene a Ursula von der Leyen desde 2019. La resolución votada el 17 de septiembre contra Pedro Sánchez por su gestión de la frontera sur ha dejado al descubierto una fractura que trasciende con mucho el texto aprobado.

No ha sido la primera votación divergente de la legislatura entre socialdemócratas y populares. Pero esta vez, en la lectura que maneja el Partido Popular Europeo (PPE), ya no se trata de un accidente. Iratxe García, jefa del grupo socialista en la Eurocámara, calificó el episodio como una línea roja capaz de romper la mayoría proeuropea que apoya a la Comisión.

La votación llegó en el peor momento posible. Arranca estos meses la negociación de los presupuestos septenales —el marco financiero que fija cuánto gasta Bruselas hasta 2034— y se aproxima la renovación a medio mandato de los grandes cargos institucionales. Ambas cosas exigen consensos amplios.

Publicidad

Esa estabilidad, hoy, no existe. Los partidos representados en el Consejo Europeo por sus líderes nacionales no tienen garantizada una mayoría en el Parlamento que respalde los presupuestos que ellos mismos diseñen.

Los socialistas atraviesan su momento más bajo en Europa. Salvo la ajustada victoria de los socialdemócratas suecos, Pedro Sánchez es el único líder de peso que le queda a la familia socialdemócrata continental.

Lo que se rompió el 17 de septiembre no fue una votación: fue la ficción de que el centro europeo podía seguir gobernando solo.

Enfrente, los populares sienten una presión creciente. La victoria de Alternativa para Alemania (AfD) en Sajonia ha descabalgado a la CDU y demuestra que el centro de gravedad electoral se desplaza. El paralelismo con la política europea es inevitable: los extremos se refuerzan mientras el centro se deshilacha.

El voto del 17 de septiembre y la línea roja de los socialistas

La resolución sobre Ceuta no era, sobre el papel, un texto cualquiera. El grupo socialista la leyó como un ataque directo a un jefe de Gobierno en funciones, y ahí saltó la alerta. La disciplina de voto dejó de ser un asunto interno para convertirse en un pulso entre familias políticas europeas.

Cabe recordar que Ceuta se ha convertido en un símbolo. La frontera exterior de la UE en el norte de África concentra, en pocos kilómetros, todo lo que el Pacto Migratorio europeo promete ordenar: control de flujos, cooperación con países terceros, retorno y reparto de responsabilidades entre Estados miembros.

La Comisión Europea, por su parte, ha reafirmado su cooperación con Marruecos y sostiene que los datos apuntan a menos entradas irregulares. Ese mensaje, lejos de calmar el debate, lo ha avivado: convierte a Rabat en pieza clave de una política migratoria que muchos Estados miembros quieren endurecer.

Publicidad

Por qué el PPE ha decidido mirar a su derecha

política migratoria europea

Los democristianos, sobre todo los alemanes, están convencidos de que el bloqueo nacido de pactarlo todo con los socialdemócratas ha frenado políticas sensibles para sus electores. Con dos años y medio de legislatura por delante, el PPE ha decidido priorizar resultados concretos por encima de la composición de cada mayoría.

Un dirigente popular de primer nivel lo resume así: la mejor respuesta ya no es un cordón sanitario, sino volver a la política pragmática. La gente espera que cumplamos’, argumenta, ‘y no le puedo decir a los electores que no lo hacemos por culpa de los socialdemócratas.

No todos los flancos son igual de cómodos. Los euroescépticos de derecha radical saben que el PPE los necesita y han empezado a presionar tanto como los socialistas. Por eso Von der Leyen ha fijado su propio filtro de gobierno ‘frecuentable’: compromiso con el Estado de derecho, con la democracia proeuropea y con el apoyo a Ucrania.

Ese cordón sirve para marcar distancias con formaciones prorrusas como AfD, pero deja dentro a grupos como los Conservadores y Reformistas Europeos, la familia de Giorgia Meloni, cada vez más cercana al PPE. La izquierda lo llama difuminar la frontera; los populares, realismo.

El calendario aprieta. Este otoño, el Grupo Popular presentará una nueva legislación sobre el automóvil, el asunto que más inquieta en Alemania y que la izquierda ya anuncia que rechazará. Merz ha insistido en que no copia las recetas de la derecha radical, sino que ‘cumple con sus promesas’ en inmigración y transición energética.

El Eje del Poder Europeo

El pulso no se libra solo entre Bruselas y Madrid. El eje franco-alemán llega a esta crisis con sus propias grietas. París encara unas elecciones en las que Marine Le Pen, de Patriotas por Europa, aparece como favorita, en todas las encuestas; Berlín, con una CDU debilitada tras Sajonia. Ninguno de los dos puede permitirse el lujo de defender el centro a cualquier precio.

Los frugales del norte y los nórdicos observan la disputa con distancia. Magdalena Andersson, líder de los socialdemócratas suecos, ya ha dicho que ‘jamás colaboraremos con un partido como los Demócratas de Suecia’. Ese mismo grupo se sienta con Meloni en el Consejo Europeo, lo que revela hasta qué punto la pureza ideológica cede ante la aritmética.

Para España, el coste es doble. Primero como objeto del debate: la resolución del 17 de septiembre convierte a Ceuta en el caso de prueba del Pacto Migratorio y sitúa a Moncloa en el punto de mira del PPE. Segundo como sujeto: si el centro se rompe, España pierde la mayoría estabilizadora que ha sostenido sus tesis en fondos, energía y regla fiscal.

La lectura a medio plazo es incómoda para Madrid. Durante una década, Moncloa ha jugado a la geometría variable: alianza con Francia y Alemania para el eje central, con Italia y Grecia para el sur. Si el PPE consolida mayorías alternativas con la derecha radical, esa geometría deja de funcionar y obliga a España a elegir bloques.

No es un escenario abstracto. La UE ya vivió una inversión de mayorías parecida cuando, tras la crisis del euro de 2010-2012, el eje frugal impuso la austeridad contra el sur. Entonces el centro aguantó; ahora la presión electoral lo debilita por ambos flancos.

El próximo hito es tangible: la negociación del marco financiero plurianual y la renovación de cargos institucionales antes de que acabe 2026. Ahí se sabrá si la fractura del 17 de septiembre fue un episodio pasajero o la primera piedra de una nueva mayoría europea.