José Ortega y Gasset, el filósofo del «yo soy yo y mi circunstancia»

En 1914 publicó Meditaciones del Quijote, donde formuló el «yo soy yo y mi circunstancia». La Revista de Occidente y La rebelión de las masas hicieron del catedrático una figura central del pensamiento europeo.

En el verano de 1914, con Europa deslizándose hacia la primera gran guerra, un catedrático de Metafísica de treinta y un años publicó en Madrid un libro breve con aire cervantino. Meditaciones del Quijote no era un tratado académico al uso ni una obra de erudición muerta. Era la carta de presentación de una manera distinta de pensar, a pie de calle, pegada a la vida. Aquel libro encerraba una frase que el autor, José Ortega y Gasset, había pulido como se pule un arma: «Yo soy yo y mi circunstancia».

Capítulo I: La forja de un filósofo en la España de la Restauración

Ortega había nacido en Madrid el 9 de mayo de 1883. Creció en una casa donde el periodismo era asunto de familia: su padre, José Ortega Munilla, dirigía El Imparcial, el periódico fundado por su abuelo materno, Eduardo Gasset y Artime. La redacción y la imprenta formaron parte de su infancia. Aquel muchacho que se criaba entre rotativas y originales aprendió pronto que las ideas no servían de mucho si no encontraban la manera de llegar al lector. No fue un detalle menor. Su filosofía, años después, mantendría ese instinto periodístico de salir al encuentro del otro.

La formación de Ortega pasó por el colegio de los jesuitas de Miraflores del Palo, en Málaga, y por la Universidad de Deusto. Se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad de Madrid y se doctoró en 1904 con una tesis dedicada a desmontar la leyenda de los terrores del año mil. Le interesaba, ya entonces, la manera en que el miedo y la superstición se disfrazaban de ciencia. Entre 1905 y 1907 vivió en Alemania, con estancias en Leipzig, Berlín y Marburgo. Allí estudió el neokantismo de Hermann Cohen y Paul Natorp y comprendió que la modernidad intelectual pasaba por Europa. Regresó con una misión: sacar a la filosofía española de su parálisis y devolverla a los problemas vivos de su tiempo. En 1910 obtuvo la cátedra de Metafísica de la Universidad Central de Madrid.

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Capítulo II: La razón vital y el perspectivismo

El verano de 1914 vio aparecer Meditaciones del Quijote, editado por la Residencia de Estudiantes. El libro comenzaba con una declaración que despegaba al individuo de cualquier metafísica abstracta. Frente al yo clausurado de buena parte de la tradición idealista, Ortega proponía un yo arraigado en lo que llama circunstancia. No era un capricho terminológico: la circunstancia abarcaba el paisaje, la historia, la lengua, la generación, las instituciones, todo aquello con lo que cada uno tiene que contar para existir.

«Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.»

De ahí nacen dos de sus nociones más fecundas. La razón vital, primero: no hay una razón abstracta flotando por encima de la vida; hay una razón que se hace en la vida concreta de cada cual. Y el perspectivismo, después: cada vida es un punto de vista insustituible sobre el mundo. La realidad no se agota en una sola mirada. Sumar perspectivas no era para Ortega una forma de renunciar a la verdad; era la manera de ensanchar el conocimiento. Estas ideas se desplegaron luego en obras como El tema de nuestro tiempo (1923) y en ensayos que buscaban la calle antes que el claustro.

Ortega no escribía para especialistas. Editaba para un lector medio culto, para el estudiante, para el médico y para el industrial. Huía de la jerga como de la pólvora mojada; si una idea no podía decirse con sencillez, sospechaba de ella. Por eso sus libros circularon entre lectores muy distintos. La filosofía, en sus manos, dejó de ser una asignatura polvorienta y se convirtió en una manera de orientarse en la vida.

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Capítulo III: La Revista de Occidente, un puente europeo

En julio de 1923 fundó la Revista de Occidente. La publicación fue, durante más de una década, la gran casa de citas del pensamiento europeo en lengua española. Tradujo, publicó y difundió a autores que de otro modo habrían llegado tarde. La revista rompió el aislamiento que Ortega consideraba uno de los males de la España invertebrada. La misma editorial que nació a su sombra puso en circulación obras de la mejor ensayística del momento.

Aquella etapa fue extraordinariamente fértil. En 1925 apareció La deshumanización del arte, una interpretación fría y brillante del arte nuevo. En 1930 se publicó La rebelión de las masas, su libro más difundido en Europa. Allí Ortega describió al hombre-masa, ese tipo humano que se instala en las ventajas de la civilización sin asumir las exigencias que la sostienen. No era un libro conservador al uso. Era una advertencia contra el vaciamiento de la vida pública, escrita con el pulso tenso del periodo de entreguerras.

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Capítulo IV: El intelectual en la plaza pública

Ortega no se quedó en la torre de marfil. En 1931, junto a Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, impulsó la Agrupación al Servicio de la República. El filósofo que había diagnosticado la invertebración de España creyó que la República podía ser el instrumento de modernización que el país llevaba décadas esperando. Fue elegido diputado en las Cortes Constituyentes. No tardó en desencantarse. La política de partidos, el sectarismo y la crispación no encajaban con su manera de entender la acción intelectual.

Su caso no fue el de un político frustrado. Fue el de un intelectual que se acercó al poder sin comprender que la república real, la de los pasillos y los comités, se parecía poco a la república ideal de sus ensayos. Muchos biógrafos han subrayado la coherencia de su ruptura. Otros, la incomodidad. En cualquier caso, aquel alejamiento le devolvió a su cátedra y a sus libros. Cuando en julio de 1936 estalló la guerra civil, Ortega no estaba al mando de ningún partido ni ocupaba un ministerio. Era, sencillamente, un filósofo liberal que había creído en una reforma y se había quedado sin sitio.

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Capítulo V: El exilio y el regreso

El verano de 1936 lo empujó al exilio. Vivió en París, en los Países Bajos, en Argentina y en Portugal. Fueron años difíciles y también fecundos. Desde fuera de España siguió pensando y escribiendo, aunque el eco de sus libros ya no llegara con la misma claridad a los lectores peninsulares. En 1945 comenzó a regresar de forma paulatina. El exilio había terminado en lo administrativo, pero no en lo intelectual; muchos de sus discípulos se habían marchado y no volverían.

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Durante los años fuera escribió acerca de la idea de las generaciones, de la historia como sistema y del carácter de la cultura europea. No perdió el pulso, aunque Madrid dejó de oír su voz en vivo. El Ortega de esos años es el de un hombre que ha visto quebrarse su circunstancia y que, pese a todo, sigue intentando salvarla a través de la palabra. En 1948, junto a Julián Marías, puso en marcha el Instituto de Humanidades en Madrid. Allí ofreció cursos a los que acudía un público que necesitaba volver a escuchar una filosofía libre. Enseñó, discutió y trabajó hasta el final. José Ortega y Gasset falleció en Madrid el 18 de octubre de 1955. Tenía setenta y dos años.

Capítulo VI: Una herencia con los pies en la calle

La paradoja de su figura es que convirtió la filosofía en un ejercicio de alta divulgación sin renunciar a la exigencia. No era ni el pesimismo del desastre ni el iluminisma optimista de algunos regeneradores; era una apuesta por la europeización del pensamiento español. La Revista de Occidente volvió a publicarse en 1963, y buena parte de su vocabulario, de la razón vital al hombre-masa, se instaló en la conversación culta en español.

Todavía hoy, quien lee a Ortega no encuentra un sistema cerrado. Encuentra una actitud: la del pensamiento que se atreve a bajar a la calle, se mancha de realidad y sigue preguntando. Esa actitud, más que cualquier escuela, es su herencia.