Francisco Franco Bahamonde nació en Ferrol el 4 de diciembre de 1892, hijo de Nicolás Franco y Salgado-Araújo, oficial de Intendencia de la Armada, y de María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade. Ingresó en la Academia de Infantería de Toledo en 1907, se graduó en 1910 y dos años después ya estaba en Marruecos. Ascendió a general de brigada en 1926, con treinta y tres años. En 1928 se hizo cargo de la recién creada Academia General Militar de Zaragoza, una escuela que la Segunda República cerró en 1931.
El calor seco de la pista de Gando se pegaba al fuselaje cuando el Dragon Rapide empezó a rodar al amanecer del 18 de julio de 1936. Franco viajaba de civil en aquel De Havilland DH.89 pilotado por el británico Cecil Bebb. En Tetuán le esperaba el Ejército de África, la fuerza más veterana del Protectorado español en Marruecos, y una sublevación que aún no tenía dueño.
Cuatro días antes, el 13 de julio de 1936, el asesinato en Madrid del diputado monárquico José Calvo Sotelo removió los últimos frenos de la conspiración militar. El 17 de julio la rebelión estalla en Melilla; al día siguiente se propaga por el Protectorado y por numerosas provincias peninsulares.
Capítulo I: El salto a Tetuán
El 19 de julio de 1936, el Dragon Rapide aterriza en Tetuán. Franco no era todavía la figura indiscutible de la sublevación, pero se puso al frente del Ejército de África, con sus fuerzas regulares indígenas y la Legión. En los primeros meses de guerra, el paso del estrecho de Gibraltar con soldados marroquíes y legionarios, bajo protección aérea alemana e italiana, convirtió a aquel ejército en la punta de lanza de los sublevados.
El 1 de octubre de 1936, la Junta de Defensa Nacional lo nombró Jefe del Gobierno del Estado y Generalísimo de los ejércitos. La operación fue formal y rápida: un decreto publicado en el Boletín Oficial de la Junta de Defensa Nacional. Ahí empieza la historia del Franco gobernante, no solo del militar.
La guerra duró tres años. Franco combinó el avance desde el sur con las ofensivas del norte y se cuidó de mantener la retaguardia con una política de depuración constante. La ayuda alemana e italiana, en aviones y material, resultó decisiva frente a la ayuda soviética a la República.
Capítulo II: El último parte y la represión

El 1 de abril de 1939, el parte final de la guerra se leyó en todas las emisoras de radio. Franco lo firmó en Burgos con una prosa severa.
«En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado.»
La paz no fue un abrazo entre españoles. Los consejos de guerra, las depuraciones y la Ley de Responsabilidades Políticas se aplicaron a los vencidos hasta muy entrada la década de 1940. Paul Preston, en El holocausto español, calcula en torno a 130.000 las víctimas mortales de la represión franquista entre la guerra y la posguerra.
La dictadua franquista administró además un país roto. El carbón, el pan y el aceite se racionaron con cartillas, y el mercado negro creció en las colas y en las estaciones de tren. Cerca de medio millón de republicanos atravesaron la frontera francesa en los primeros meses de 1939; buena parte no volvió.
El exilio dividió a la oposición y descabezó a sindicatos y partidos. La represión no se detuvo con el fin de las hostilidades: en 1940 y 1941 continuaron las ejecuciones por delitos de rebelión militar, a menudo contra quienes solo habían defendido la legalidad republicana.
El régimen edificó un aparato de control que iba desde las comisarías de investigación política hasta los tribunales militares permanentes. El falangista y el obispo convivían en la estructura ideológica del nuevo Estado. La censura previa, la propaganda y la educación nacional-católica cerraron el círculo. Juan Pablo Fusi ha descrito aquel sistema como un régimen autoritario de poder personal durante los años de posguerra.
Capítulo III: La neutralidad y la División Azul

La Segunda Guerra Mundial puso al régimen ante el espejo de sus aliados. El 23 de octubre de 1940, Franco se reunió con Hitler en la estación francesa de Hendaya. España no entró en guerra, pero el régimen colaboró con la Alemania nazi de varias maneras. En 1941 se creó la División Azul, una unidad de voluntarios que combatió en el frente oriental con el uniforme de la Wehrmacht y fue retirada en 1943.
La diplomacia franquista jugó con la neutralidad y con los abastecimientos de petróleo. Al terminar la contienda mundial, el régimen quedó aislado: en 1946, la ONU recomendó la retirada de embajadores de Madrid. El aislamiento duró hasta que la Guerra Fría convirtió a Franco en un socio útil para Washington.
Capítulo IV: Los acuerdos de 1953 y la apertura económica

En 1953, el régimen firmó con Estados Unidos los Pactos de Madrid, que permitieron la instalación de bases militares estadounidenses en suelo español. El mismo año se firmó el Concordato con la Santa Sede. Ambos acuerdos dieron estabilidad internacional a la dictadura, que a cambio aceptó subordinar buena parte de su defensa al paraguas norteamericano.
En 1959, el Plan Nacional de Estabilización Económica impulsado por los tecnócratas frenó la inflación y liberalizó el comercio exterior. España entró en la década de 1960 con turismo, remesas de los emigrantes e inversión extranjera. El crecimiento cambió el rostro de las ciudades y multiplicó los cinturones industriales de Madrid y Barcelona. En 1966, la Ley de Prensa e Imprenta impulsada por Manuel Fraga suavizó la censura previa sin renunciar al control político.
La apertura económica trajo consigo la entrada de España en organismos internacionales y la llegada de tecnología extranjera. El paisaje industrial cambió: de la autarquía de posguerra a la exportación de automóviles y electrodomésticos.
Capítulo V: El sucesor y la crisis final
El régimen empezó a atascarse en los años finales. El 20 de diciembre de 1973, el almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno y hombre de confianza de Franco, murió en un atentado de ETA en plena calle Claudio Coello de Madrid. La ruptura abrió una pugna entre aperturistas e inmovilistas que duró hasta la muerte del dictador.
En 1969, Franco había designado a Juan Carlos de Borbón y Borbón como sucesor a título de rey. El 20 de noviembre de 1975, a los ochenta y dos años, Franco murió en el hospital de La Paz de Madrid. Dos días después, Juan Carlos I juró ante las Cortes. El postfranquismo comenzaba con las mismas leyes del régimen, pero con una monarquía que pronto giraría hacia la transición.
Capítulo VI: La memoria del franquismo
Los historiadores siguen discutiendo cuánto había de personalismo, cuánto de alianza con el ejército y la Iglesia, y cuánto de represión pura en el régimen de Franco. El Valle de los Caídos, levantado entre 1940 y 1958, se construyó con trabajo forzado de miles de presos republicanos. Ese dato convierte al monumento en un archivo en sí mismo: cada piedra condensa una parte de la represión.
En octubre de 2019, los restos de Franco fueron exhumados del Valle de los Caídos y trasladados al cementerio de Mingorrubio, en El Pardo. La operación, cargada de litigios, reabrió en la opinión pública el debate sobre qué hacer con los símbolos y los restos del dictador. Cuarenta y cuatro años después de su muerte, el franquismo sigue siendo una herida sin cerrar en la memoria española.
Los archivos militares, los expedientes de los consejos de guerra y las fosas todavía abiertas añaden nombres y matices a aquella historia. El vuelo del Dragon Rapide del 18 de julio de 1936 resume, en unas horas de aire, el origen de un régimen que gobernó España durante treinta y nueve años.

