Greenpeace reclama 1.000 millones de euros anuales en prevención forestal para frenar una generación de megaincendios que ya ha convertido 2026 en el año de los récords en España.
La evolución en la gravedad de los incendios está siendo mucho más rápida de lo esperado. Hace justo un año España cerraba su peor temporada desde 1994, con 354.793 hectáreas quemadas. En lo que llevamos de verano, las cifras apuntan a un escenario aún más duro.
Los datos de la Memoria de la Fiscalía General del Estado 2024 sitúan más del 95% de los fuegos en el origen humano. El promedio de los últimos cinco años atribuye el 65,59% a negligencias o accidentes y el 23,60% a incendios intencionados.
Detrás de la tragedia hay una concentración que lo cambia todo. En 2026, más del 76% de la superficie afectada se ha concentrado en 42 grandes incendios forestales. Un año antes, solo el 0,77% de los incendios (65 de más de 8.000) arrasó el 86% del terreno quemado, y únicamente diez fuegos concentraron el 57%.
Este verano han caído, uno detrás de otro, el mayor incendio de la historia de España, los mayores registrados en Andalucía, Castilla-La Mancha, de Aragón, y Madrid, y el incendio más mortífero. La organización denuncia que, doce meses después del desastre de 2025, la respuesta política sigue sin estar a la altura.
La letra pequeña de unos récords que se repiten
El cambio climático actúa como acelerador. En 2025, el 71,4% de los grandes incendios se produjo durante olas de calor. Los resultados de World Weather Attribution, publicados en julio de 2026, refuerzan la evidencia: el cambio climático multiplicó por 20 la probabilidad de condiciones extremas favorables al fuego en España.
Un descenso en el número de incendios no es una buena noticia si unos pocos se convierten en las catástrofes que marcan el año.
Prevenir no es solo apagar. Es ordenar y gestionar el territorio para reducir la propagación del fuego. España cuenta con 28,58 millones de hectáreas forestales, pero solo el 27,8% de esa superficie dispone de planes de ordenación. Sin planificación no hay gestión, y sin gestión resulta imposible construir paisajes resilientes.
Siete frentes para blindar el monte y a las personas
Greenpeace desglosa siete ámbitos imprescindibles para pasar de la extinción a la anticipación:
- Educación y reducción de negligencias: el 65,59% de los fuegos procede de accidentes o descuidos.
- Ordenar el territorio: planificar los montes, ejecutar tratamientos selvícolas y crear discontinuidades en la vegetación.
- Adaptar la interfaz urbano-forestal: planes preventivos y de autoprotección en las zonas ZAR.
- Preparar a la sociedad: cultura forestal, sistemas de aviso y formación de la población.
- Luchar contra el cambio climático: reducir emisiones y adaptar los ecosistemas a un clima extremo.
- Proteger la salud pública: limitar la contaminación del aire y los impactos posincendio sobre suelos y aguas.
- Combatir la desertificación: restaurar el suelo para que filtre y retenga el agua de forma natural.
La interfaz urbano-forestal se ha convertido en un punto crítico. Los grandes incendios afectan cada vez más a viviendas, urbanizaciones e infraestructuras. Por eso la prevención debe incluir planes preventivos, de emergencia local y autoprotección en las zonas de alto riesgo; la ausencia de estos planes, advierte la Fiscalía, puede ser determinante para valorar la responsabilidad de las administraciones.
Además, la prevención también tiene una dimensión sanitaria. La Sociedad Española de Salud Ambiental subrayó en 2025 la presión que los incendios ejercen sobre urgencias y hospitalizaciones, así como el impacto posincendio de cenizas y compuestos tóxicos sobre suelos y aguas. Preparar a las comunidades con sistemas de aviso, formación y espacios defendibles reduce la vulnerabilidad y facilita la evacuación.

La desertificación es otra consecuencia directa. España tiene más del 70% de su territorio en riesgo de desertificación, y el fuego acelera la degradación del suelo. La COP17 de lucha contra la desertificación ha comenzado en Ulán Bator, Mongolia, y sitúa la restauración forestal como prioridad. Cada euro invertido en restaurar ecosistemas genera entre 8 y 38 euros de retorno económico.
La factura de no actuar ya se mide en miles de millones. En lo que va de 2026, los grandes incendios forestales han supuesto un coste aproximado de entre 2.000 y 3.800 millones de euros, sin incluir indemnizaciones, daños a infraestructuras ni pérdidas económicas. Tampoco incluye lo intangible: 16 personas fallecidas.
📊 Impacto ecológico en cifras
- Superficie quemada: 354.793 hectáreas en 2025, el peor dato desde 1994; 2026 apunta a superarlo.
- Concentración extrema: El 76% de la superficie afectada en 2026 se concentra en 42 grandes incendios.
- Coste de la inacción: Entre 2.000 y 3.800 millones de euros en 2026, sin contar daños ni servicios ecosistémicos.
- Retorno de la prevención: Cada euro invertido puede evitar hasta 100 euros en extinción.
La factura de no prevenir: entre 2.000 y 3.800 millones
Frente a esa cifra, la prevención es la solución más eficiente: por cada euro invertido se pueden evitar hasta 100 euros de costes de extinción. La reclamación de Greenpeace y otras entidades expertas, que cifran en 1.000 millones de euros anuales la inversión necesaria, se enfrenta a un problema de transparencia: hoy no existen datos normalizados que permitan comparar el gasto estatal en gestión forestal con el de las comunidades en extinción. La comparación con 2025, cuando el 0,77% de los incendios concentró el 86% de la superficie quemada, demuestra que el modelo de extinción ha dejado de ser suficiente.
Hay una oportunidad normativa: el Reglamento de Restauración de la Naturaleza exige a España presentar su plan nacional el 1 de septiembre. La transición ecológica del territorio no admite más aplazamientos, y la agricultura y ganadería sostenibles pasan a formar parte de la respuesta. La clase política, según Greenpeace, no está a la altura de los consensos ya presentados.
🌍 El Impacto Real para el Futuro
- Beneficio medible: Una inversión de 1.000 millones anuales reduciría la superficie quemada y evitaría hasta 100 euros por euro en extinción.
- Modelo que cambia: Se abandona la lógica de solo apagar fuegos para planificar montes, regenerar suelo y preparar a la población.
- Para las próximas generaciones: Restaurar el 70% del territorio en riesgo de desertificación protege el agua, la biodiversidad y el paisaje heredado.

