El Departamento de Justicia amplía la acusación contra 17 hackers iraníes del Instituto Mabna. La nueva imputación sustituye a la de 2018 y suma ocho acusados adicionales que revelan una red más amplia de cibermercenarios al servicio del régimen de Teherán.
La fiscalía del Distrito Sur de Nueva York no ha tardado en marcar la tesis: ‘La acusación de hoy, que incluye a ocho acusados adicionales, revela la red más amplia presuntamente detrás de una campaña patrocinada por el Estado para robar investigación y propiedad intelectual de universidades, empresas e instituciones gubernamentales estadounidenses’, ha señalado Jamie McDonald, fiscal federal. La cita, traducida del comunicado oficial, subraya una advertencia que el tiempo transcurrido desde 2018 no ha borrado.
El contexto no es menor. A diferencia de 2018, Washington mantiene hoy una guerra abierta contra Irán; según la fuente original, un plazo de negociación de 60 días acaba de expirar sin avances. Le pongo en contexto: las operaciones cibernéticas se han convertido en un instrumento central del poder nacional, y esta acusación llega en plena escalada. No es casualidad.
Una segunda oleada que amplía la imputación de 2018
El Instituto Mabna no era una empresa tecnológica corriente. Según el Departamento de Justicia, Gholamreza Rafatnejad y Ehsan Mohammadi lo fundaron en torno a 2013 con un objetivo explícito: ayudar a universidades y organizaciones científicas iraníes a robar conocimiento de proyectos extranjeros. Para ello, pagaba a piratas informáticos a sueldo que figuraban en la propia acusación. Era un modelo de externalización del espionaje, no un grupo APT clásico con estructura militar.
El alcance del compromiso es abrumador. La acusación sostiene que la red pirateó más de 100.000 cuentas de correo de profesores de todo el mundo y que logró acceder a 8.000 cuentas en 144 universidades estadounidenses y en otras 178 universidades de otros países. El botín incluyó revistas académicas, tesis doctorales y libros electrónicos de todas las áreas de investigación, con un volumen total de al menos 31,5 terabytes de material académico sustraído.
A veces la red vendía los datos robados; otras veces los entregaba a centros de investigación iraníes. El Departamento de Justicia calcula que las universidades estadounidenses gastaron más de 3.400 millones de dólares para adquirir y acceder a esa misma información. Esa cifra explica mejor que cualquier informe por qué la Casa Blanca no relega el caso a una simple anécdota de cibercrimen.
La red no atacaba sistemas blindados; atacaba la confianza de miles de académicos que entregaron sus credenciales sin saberlo.
El oficio de la red: credenciales, terabytes y revendedores
La acusación detalla además que los acusados comprometieron cuentas de correo de al menos cinco agencias federales y estatales de Estados Unidos, 42 empresas del país y 11 compañías extranjeras. Entre ellas aparece HBO, un dato que muestra el salto del espionaje académico al robo de propiedad intelectual corporativa. No me extraña; el material académico era la puerta de entrada, pero el valor estaba también en los buzones corporativos.
En total, la imputación acumula 14 cargos distintos, algunos superpuestos, con penas que van de dos a 20 años por cada delito. De forma paralela, el programa Rewards for Justice ofrece hasta 10 millones de dólares por información que conduzca a la localización de cuatro de los acusados. Es la zanahoria clásica de la contrainteligencia estadounidense para desmontar redes desde dentro.
El vector de ataque no era un zero-day sofisticado; era phishing dirigido y reutilización de credenciales. La mayoría de las cuentas comprometidas tiene su origen en engaños de ingeniería social, según se desprende de la acusación. Hubo un salto peligroso: de la cuenta de un profesor a la de un investigador con acceso a proyectos financiados.

Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
En el Dossier de hoy, el vector es un espionaje persistente basado en credenciales, no un sabotaje destructivo. La categoría que mejor encaja es la de campaña de ciberespionaje estatal con apoyo de cibermercenarios. No hay evidencia de malware destructivo ni de interrupción de servicios; el objetivo era robar conocimiento.
Quién ataca: el Instituto Mabna, una red contratada por instituciones iraníes, con la cobertura del régimen. Quién defiende: el FBI y la fiscalía federal, pero en el campo real han defendido las propias universidades y empresas sin medios de contrainteligencia. Quién mira: los servicios aliados de Five Eyes y, en la sombra, el CNI y el CCN-CERT, que observan los mismos patrones en Europa.
A juzgar por la naturaleza del material, estimo una mezcla de información no clasificada pero sensible y de material académico con valor económico. No se habla de secretos nucleares, pero 31,5 TB de investigación avanzada sitúan el golpe en la frontera entre Confidencial y Sin Clasificar pero Sensible.
El precedente que mejor enmarca el caso no es otro que la Operación Olympic Games, la campaña cibernética de 2010 contra el programa nuclear iraní. Aquello fue ofensivo y destructivo; Mabna es la respuesta asimétrica: espionaje académico para sostener el desarrollo científico de Irán. Lo veo como una réplica silenciosa, no como una venganza. Si usted ha seguido la pista iraní, recordará que Teherán lleva años comprando conocimiento donde no puede generarlo.
El siguiente hito será la respuesta del régimen de Teherán y la eventual colaboración de Interpol si alguno de los acusados viaja. Para España, el foco está en las universidades politécnicas y centros del CSIC: no hay indicios en esta acusación de que el CNI haya abierto una causa, pero la repetición del patrón en Europa obliga a revisar la postura. A mi juicio, el silencio actual de Madrid no significa que no esté mirando.

