Yihad Islámica Palestina Gaza condiciona el alto el fuego

La milicia ha optado por un silencio táctico tras el anuncio de desarme de todas las facciones en Gaza. Su debilidad operativa, más que su ideología, define ahora la tregua y los posibles futuros de la Franja.

La Yihad Islámica Palestina en Gaza condiciona la tregua con su silencio táctico: ni firma el desarme ni lo sabotea.

Lo he seguido de cerca durante las últimas semanas: el acuerdo anunciado por Donald Trump el 31 de julio compromete el desarme de Hamás y del resto de milicias palestinas. La YIP, segunda fuerza armada de la Franja, respondió con un comunicado escueto en Telegram y con una reserva calculada. Según Lawfare, el movimiento no ha publicado ningún rechazo frontal a la pista de desarme, pese a que su doctrina fundacional convierte la lucha armada en el único camino hacia un Estado palestino.

Fuentes del propio ecosistema islamista confirman que el secretario general de la YIP, Ziyad al-Nakhala, se reunió con Zaher al-Jabareen, dirigente de Hamás para Cisjordania, en El Cairo el 1 de agosto. Fue al día siguiente del anuncio de Washington. No hubo comunicado propio: la cita la difundió Hamás y la YIP guardó silencio. Ese mutismo no es ideología, es lectura de fuerza.

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Cuando este autor preguntó a un dirigente de la YIP por la pista del desarme, la respuesta fue una reserva de principios: ‘Nuestras posiciones históricas afirman que las armas de la resistencia no están sobre la mesa para entregarlas o retirarlas. Cualquier arreglo político debe garantizar primero el cese de la agresión y la retirada de la ocupación.’ La cita la recoge Lawfare y retrata a una organización atrapada entre su credo y su debilidad.

La debilidad es real. Según una investigación conjunta de The Guardian, +972 y Local Call publicada en agosto de 2025, cerca de 8.900 combatientes de Hamás y la YIP están muertos o reportados como muertos. La cifra no incluye el reclutamiento durante la guerra, pero sugiere que la Franja armada ha perdido alrededor de una quinta parte de su fuerza original. La YIP ha pasado de una media de 40 operaciones armadas semanales en noviembre de 2023 a unas 10 en septiembre de 2025: una caída del 75% en dos años.

No es ideología lo que frena a la YIP: es falta de efectivos, de cohetes y de cobertura política.

Esa erosión no es solo militar. Con 2,1 millones de palestinos hacinados en un tercio de la superficie original de Gaza, la tregua no ha detenido los bombardeos israelíes. Según la encuesta de People’s Company for Polls and Survey Research del 25 de octubre de 2025, solo el 21% de los palestinos culpa a Hamás de su sufrimiento, frente al 54% que responsabiliza a Israel. El apoyo a los ataques del 7 de octubre cayó del 71% en marzo de 2024 al 53% en octubre de 2025; en Gaza se queda en el 44%.

El desarme de Hamás no cerraría el conflicto: abriría una guerra por el hueco en la clandestinidad.

Le adelanto que la YIP no puede permitirse aparecer como spoiler. Prefiere presentarse como parte de una solución política y explorar una coalición electoral que desafíe a Mahmud Abás. Lawfare cita reuniones bilaterales de agosto con Hamás, la Iniciativa Nacional Palestina, el Frente Popular para la Liberación de Palestina y la facción disidente de Fatah liderada por Mohamed Dahlan. El objetivo declarado es preservar la unidad palestina y reformar el sistema político.

Anwar Abu Taha, miembro del buró político de la YIP, resumía en 2018 la diferencia con Hamás: ‘Hamás es un movimiento político metido en el campo militar. La YIP es un movimiento militar metido en el campo político.’ Esa definición sigue explicando por qué la YIP tiene menos flexibilidad para reconvertirse en partido legal: sin cambio de identidad, su futuro se decide en la clandestinidad.

Un silencio que no es aceptación, sino presión operativa

La YIP presentó en diciembre de 2023 una promesa de no rendición y, un mes después, amenazó con tomar ‘el alma de quien intente desarmarnos’. En el segundo aniversario del inicio de la guerra, insistió en que las armas de la resistencia no serían guardadas mientras continuara la ocupación. Esa línea no cambió cuando la tregua nominal entró en vigor el 10 de octubre de 2025.

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Lo nuevo es el tono. La única reacción pública al desarme fue un comunicado breve en Telegram, el 31 de julio, en el que la YIP calificaba de imprecisas las informaciones y expresaba numerosas reservas sobre lo propuesto. No hubo condena. Tampoco hubo amenaza directa. Ese cambio de registro es una cesión táctica que, en mi opinión, los analistas de inteligencia leen como un aviso: la YIP se guarda la opción de volver a la violencia cuando el desarme de Hamás deje un vacío.

El patrón histórico trabaja en contra de una tregua estable. En la década de 1990, la competencia entre Hamás y Fatah fue un motor de los atentados suicidas palestinos. La competencia intraislamista entre Hamás y la YIP pesó igual o más, porque Hamás necesitaba demostrar credenciales de resistencia tras décadas de pasividad de los Hermanos Musulmanes. Ahora, si Hamás se desarma o se transforma en un movimiento político desarmado, la YIP tendrá motivos para romper el consenso y volver a dictar los tiempos del conflicto.

De veto a supervivencia: la erosión de una maquinaria armada

alto el fuego

La YIP ha ejercido durante décadas un papel desproporcionado como actor de veto en la ecuación israelopalestina. En la guerra de 2023-2025, sus brigadas al-Quds combatieron junto a Hamás en Nahal Oz, donde 66 soldados israelíes murieron, y participaron en asaltos a kibutzim y moshavim como Be’eri y Nir Oz, con 151 residentes asesinados. Al día siguiente del ataque, Al-Nakhala confirmó la captura de más de 30 rehenes israelíes.

Hoy la capacidad es otra. La caída de la actividad operativa no se debe solo a la falta de combatientes: se ha quedado sin cohetes, sin túneles, con menos libertad de movimiento, y sin margen popular. La YIP intenta conservar lo que le queda para sobrevivir a medio plazo. A esa estrategia responde la ambigüedad: no rechazar la tregua, no entregar las armas, no asumir el coste de romperla.

El escenario más probable no me parece una moderación sincera. Los cuadros de la YIP no han variado su credo. Han variado su balance de fuerzas. El desarme de Hamás, aunque sea parcial y con condiciones sin cerrar, abriría un hueco de liderazgo en la clandestinidad armada. La YIP sabe que la violencia es su principal fuente de capital político entre quienes viven bajo ocupación. No necesita volver a su antigua fuerza para imponer una crisis: le basta con hacer fracasar la implementación del desarme.

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Le recuerdo que la YIP no tiene embajada, no firma acuerdos y no filtra el grueso de sus comunicaciones en canales oficiales. Su dirección emplea plataformas cifradas y emisarios personales, lo que convierte cada silencio en una señal que hay que interpretar con fuentes propias. El vector de amenaza es una guerra irregular: un actor armado no estatal que se repliega, conserva capacidades y espera el momento de desplegarlas.

Las agencias implicadas se reparten en tres planos. La atacante o potencial desestabilizadora es la YIP, con sus Brigadas al-Quds. Las defensoras o contenedoras son el Shin Bet y el Mossad, encargados de vigilar la implementación del desarme, y Hamás como interlocutor que intenta no quedar como responsable del fracaso. Los terceros observadores son la CIA, el DGSE y el CNI, que monitorizan la radicalización y el flujo de tecnología, dinero y cuadros hacia la Franja. En España, la atención del CNI se centra en las redes de financiación y en los vínculos con actores del Magreb, aunque el tablero principal siga en Oriente Próximo.

Le pongo en contexto: la información sensible sobre las conversaciones bilaterales entre la YIP, Hamás y las facciones palestinas alcanza un nivel Confidencial. No es material atómico, pero revela intenciones, contactos y líneas rojas de actores clandestinos. A juzgar por la naturaleza de las fuentes citadas —cuadros de la YIP, documentos electorales internos y encuestas de campo—, el material no está clasificado en origen, pero su tratamiento como inteligencia lo transforma en dato sensible para los servicios implicados.

El precedente histórico, los atentados suicidas de los años noventa, demuestra que la competencia entre organizaciones islamistas no se apaga con acuerdos: se desplaza. La YIP tiene ahora una oportunidad de romper viejas dependencias y ensayar una vía electoral; también puede optar por sabotear el desarme para no desaparecer. Mi lectura es que no veremos un giro ideológico de la YIP, sino un actor de veto que se adapta por debilidad. El riesgo es que esa adaptación desemboque en una nueva campaña de atentados o en la ruptura de la tregua cuando el coste de respetarla sea mayor que el de violarla.

De cara al futuro, el hito a vigilar es la propia implementación del desarme. Si las milicias constatan que Israel no cumple la primera fase —la retirada completa, la entrada de ayuda humanitaria y el fin de los ataques—, el silencio de la YIP se convertirá en el detonante de una nueva escalada. Los informes de las próximas semanas sobre el despliegue en la Franja y las reuniones entre mediadores serán más útiles que cualquier comunicado oficial.

Ese es el punto débil del análisis: la atribución. La YIP no comunica bajas ni intenciones reales, y las encuestas palestinas, aunque útiles, se mueven en un entorno de emergencia humanitaria. Nadie puede asegurar hoy qué facción romperá el consenso. La única certeza, en mi opinión, es que el desarme de Hamás no eliminará la amenaza: la trasladará a una organización más pequeña, más clandestina, más pobre y más difícil de vigilar. La de de la YIP es una tregua de conveniencia, no de convicción.