Italia reduce a 8.000 millones su solicitud al SAFE: el rearme europeo se consolida

El Gobierno de Meloni cierra meses de dudas y solicita 8.000 millones en préstamos blandos, lejos de los 14.900 previstos. La Liga mantiene su rechazo al gasto en defensa y las elecciones del próximo año condicionan la negociación.

Italia ha solicitado 8.000 millones de euros al programa SAFE de la UE. El Gobierno de Meloni cierra así meses de dudas y deja atrás la cifra de 14.900 millones prevista inicialmente.

Por qué Meloni ha tardado meses en decidirse

El programa SAFE (Security Action for Europe) es el fondo de préstamos blandos de 150.000 millones de euros con el que Bruselas quiere acelerar la preparación militar de los Estados miembros tras la invasión rusa de Ucrania y las exigencias de Trump de aumentar el gasto en defensa. Italia podía aspirar a 14.900 millones, pero el Gobierno de Giorgia Meloni ha dudado durante meses por la oposición interna de la Liga, socia de coalición, y por el enfriamiento de la opinión pública ante un desembolso de ese calibre.

La Liga, partido de Matteo Salvini, defendía priorizar el gasto público sobre el militar, una posición compartida por la oposición, el Movimiento 5 Estrellas, y un sector amplio del electorado italiano de cara a las elecciones nacionales del próximo año. No es un debate menor: el rechazo de un país fundador al SAFE habría debilitado la credibilidad del instrumento justo cuando la Comisión Europea intenta convertirlo en el embrión de una política de defensa común.

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La confirmación de la solicitud llegó este miércoles por una fuente conocedora de las conversaciones con Bruselas. El plan original contemplaba financiar programas como los blindados Lynx y los carros Panther, que la italiana Leonardo está desarrollando para el Ejército italiano junto a la alemana Rheinmetall dentro de un contrato de 23.000 millones de euros. La operación prevé la entrega de 1.050 vehículos Lynx y 272 carros Panther.

En julio, el ministro de Defensa, Guido Crosetto, anunció un recorte del 18% en los costes del programa, lo que anticipaba posibles retrasos y reducciones de pedidos. La declaración de Meloni en la cumbre de la OTAN celebrada el mes pasado en Turquía marcó el tono: ‘Hoy, lo que vemos en Ucrania es que un tanque que cuesta millones puede ser destruido por un dron de 20.000 euros, y que una persona entrenada para pilotar drones a distancia puede ser más letal que un francotirador. Por tanto, hay que reflexionar sobre cómo invertimos’. Esa duda estratégica, sin embargo, no impidió la solicitud final.

Italia no renuncia al fondo común europeo: lo utiliza en menor medida, pero lo legitima como palanca de financiación del rearme.

Del plan original de 14.900 millones al recorte de 8.000

programa SAFE

El salto de 14.900 a 8.000 millones de euros refleja un aterrizaje pragmático. Italia no rompe con Bruselas, pero reduce su exposición al endeudamiento común en plena precampaña electoral y con una coalición en tensión. El fondo SAFE permite financiar adquisiciones de defensa a tipos muy inferiores a los del mercado, con plazos largos de devolución, lo que lo convierte en una ventana de liquidez para programas que, de otro modo, competirían con sanidad, pensiones o transición energética.

El año pasado, Italia elevó el gasto en defensa del 1,54% del PIB a una cifra cercana al 2%, aunque en gran medida mediante la reclasificación de partidas ya existentes como gasto de defensa. En la cumbre de la OTAN, Meloni situó la cifra en el 2,8% en 2026, con la particularidad de que el incremento se explica sobre todo por gasto en seguridad interior y no tanto por nuevos programas militares. De ahí que la apuesta por blindados y carros de combate genere fricción entre quienes priorizan el control migratorio y quienes insisten en reconstruir capacidades de guerra convencional.

Equilibrio de Poder

La decisión italiana llega en un momento en que el rearme europeo SAFE se juega su credibilidad como palanca financiera de la defensa común. Washington presiona para que los aliados europeos gasten más, mientras Moscú observa cómo la UE intenta superar su fragmentación interna. La Casa Blanca entiende la defensa como un activo transaccional: si Europa no paga, el paraguas estadounidense se enfría. Bruselas, por su parte, necesita que el SAFE no sea percibido como un club de países del flanco este, sino como una herramienta útil también para los grandes socios del sur.

Para España, el movimiento italiano es un espejo. Moncloa comparte con Roma la misma dificultad para justificar un aumento rápido del gasto militar ante un electorado que prioriza la vivienda, la sanidad o las pensiones. La solicitud italiana de 8.000 millones, lejos de los 14.900 posibles, sugiere que la Comisión Europea tendrá que ajustar expectativas sobre la demanda real del programa. En el flanco sur, donde la frontera con Marruecos y la inestabilidad del Sahel imponen sus propias prioridades, el debate no es solo cuánto se gasta, sino en qué se gasta: vigilancia marítima, movilidad, inteligencia o disuasión convencional.

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El precedente del fondo de recuperación NextGenerationEU sirve de referencia: Europa fue capaz de mutualizar deuda para salvar las economías, y ahora intenta repetir la fórmula, con más cautela, para la defensa. La resistencia de países como Países Bajos a las transferencias directas obligó a articular el SAFE como préstamos, no como subsidios. El recorte italiano confirma que la restricción importa. La lectura a cinco años es clara: si los grandes países del sur optan por cantidades modestas, el SAFE corre el riesgo de quedar como un catálogo de intenciones sin la escala suficiente para transformar la base industrial europea. La próxima negociación del presupuesto plurianual de la UE y los consejos europeos de otoño marcarán el ritmo. Hasta entonces, la pregunta no es si el SAFE sobrevive, sino cuántos Estados lo usarán sin pedir descuentos.