9Valencia: ciencia, turia y paella
Pocas ciudades condensan tan bien una escapada de dos días como Valencia, y el secreto está en cómo se ordena el espacio. El Jardín del Turia, el antiguo cauce del río desviado tras la riada de 1957, se ha convertido en un parque urbano de nueve kilómetros que une a pie o en bici el casco histórico con la Ciudad de las Artes y las Ciencias, el complejo futurista de Santiago Calatrava. Allí esperan el Oceanogràfic, el mayor acuario de Europa; el Hemisfèric, con su cine IMAX; y el Museo de las Ciencias, hecho para tocar y experimentar: con la entrada combinada, desde unos 31,90 euros, se cubre lo esencial y queda tarde para el centro. Septiembre además juega a favor: el calor afloja, el mar sigue templado y las aglomeraciones de agosto desaparecen, de modo que el paseo por el cauce, entre puentes históricos y zonas de juego, se disfruta a otro ritmo.
El otro gran imán es la paella, y aquí Valencia no compite: es la cuna del plato, nacido en las barracas de la Albufera, el humedal a diez kilómetros del centro cuyos arrozales alimentan la receta original, con pollo, conejo, garrofó y judías. Quien viaje en septiembre llega en plena temporada del arroz, con la cosecha del bomba recién empezada y con el Día Mundial de la Paella, el 20 de septiembre, y el concurso internacional de Sueca, que cada año reúne a cocineros de una docena de países. Los cánones mandan comerla a mediodía y recién hecha, así que la reserva previa es casi obligatoria: templos como Casa Carmela, en la Malvarrosa, la cuecen a leña de naranjo desde 1922, y en El Palmar, entre campos de arroz, se sirve la versión más purista, sin concesiones al marisco.

