Seis meses de guerra entre Irán y Estados Unidos y ninguna resolución a la vista. La radiografía publicada este lunes por The Soufan Center describe un conflicto que ya no se decide en el campo de batalla ni en la mesa de mediación, sino en la distancia que separa a la comunidad de inteligencia de las decisiones políticas en Washington y Teherán.
Le adelanto que el dato no es menor. Los mediadores de Pakistán, Qatar y Omán han intensificado los esfuerzos para reflotar el memorando de entendimiento de junio; sin embargo, los golpes del fin de semana volvieron a demostrar que la vía diplomática convive con la amenaza de un retorno al combate mayor. La mediación intenta rescatar un alto el fuego debilitado.
Seis meses de golpes cruzados: de Larak a la base jordana de Muwaffaq Salti
El fin de semana, las fuerzas estadounidenses golpearon lanzaderas de misiles iraníes en la isla de Larak, evaluadas por Washington como preparadas para disparar cohetes con minas navales hacia el estrecho de Ormuz. La respuesta del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) llegó poco después contra la base aérea jordana de Muwaffaq Salti, que alberga una presencia militar estadounidense significativa.
Los mediadores consideran que Trump desea cerrar un conflicto que ha vaciado el arsenal de municiones estadounidense, golpeado la economía global y erosionado su apoyo interno de cara a las elecciones de noviembre. En Teherán, la pérdida de control sobre el tráfico en Ormuz y las duras condiciones económicas han ampliado el respaldo interno a una salida negociada. Aun así, ninguno de los dos liderazgos acepta firmar en términos desfavorables. Incluso si se vuelve al MOU, el objetivo estadounidense de desmantelar el programa nuclear queda diferido; Teherán no ha cambiado sus posiciones nucleares.
Trump insiste en la Operación Economic Outcast, anunciada la semana pasada, para estrangular económicamente a Irán y ablandar sus posiciones. Las fuerzas iraníes, sin embargo, siguen atacando buques que transitan el Estrecho y amenazan con una escalada militar para recuperar el control. La vuelta a un conflicto mayor sigue siendo una posibilidad real.
Seis meses después, ni Washington ni Teherán han doblegado al otro; la guerra se ha convertido en una apuesta sin salida.
La disonancia entre la comunidad de inteligencia y el equipo de Trump
La fractura entre la comunidad de inteligencia y el equipo de Trump es el dato más relevante del informe. El presidente estadounidense creyó que el ataque de decapitación contra el líder supremo iraní colapsaría el régimen. Trump sobreestimó el efecto de la decapitación y de la presión económica. Sus asesores siguen defendiendo que las sanciones y el bloqueo naval acabarán por doblegar a Teherán.
La comunidad de inteligencia y la Casa Blanca no están leyendo el mismo mapa; esa fractura es más peligrosa que los propios misiles.
No ha funcionado. Irán sigue cohesionado, sin protestas populares y aplicando la la mosaic defense, una estrategia de defensa en mosaico que delega en las unidades locales la autoridad para golpear según su criterio. La economía sufre, pero el régimen ha sabido trasladar el dolor a una población vigilada por un aparato de seguridad enorme.
Las expectativas del IRGC de disparar el petróleo por encima de los 200 dólares tampoco se cumplieron. El crudo superó los 120 dólares en abril y después retrocedió. Los daños a la infraestructura energética del Golfo han sido amplios, pero no han obligado a Washington a capitular. El poder de interdicción iraní no ha roto la campaña estadounidense.
El llamado Eje de la Resistencia tampoco ha funcionado como multiplicador de fuerza. Hamás y Hezbolá quedaron debilitados por las ofensivas israelíes posteriores al 7 de octubre; las milicias afines han golpeado objetivos en Arabia Saudí y Kuwait, pero con impacto limitado. Los hutíes entraron en la guerra cinco meses tarde y sus ataques en el mar Rojo no han alterado los precios globales de la energía. Israel y Líbano trabajan ahora en un plan para desarmar a Hezbolá, el principal aliado regional de Irán.
Demasiado tarde.
La arquitectura regional ha cambiado. Los Estados del Golfo no romperán con Washington, pero sí diversificarán sus alianzas, como demuestra el Acuerdo de La Meca entre Arabia Saudí, Pakistán y Turquía. También acelerarán los gasoductos que evitan el Estrecho de Ormuz. El paraguas de seguridad estadounidense en el Golfo ha quedado en entredicho. Washington estudia reconstruir las bases dañadas y adoptar una presencia over-the-horizon, menos expuesta que la heredada de 1991. La factura de misiles y defensas antiaéreas, muy superior al coste de producción iraní, alimenta el debate sobre la viabilidad de las bases avanzadas.
A finales de agosto, el director de la CIA, John Ratcliffe, viajó a Moscú tras los informes de que Rusia podría aprovechar las debilidades estadounidenses para atacar a países de la OTAN en el norte de Europa. No me sorprende: Moscú y Pekín leen esta guerra como un fracaso de la disuasión estadounidense.

Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
En el Dossier Moncloa de esta semana, el vector de amenaza es híbrido. No estamos ante una operación encubierta clásica, sino ante una guerra abierta en la que la evaluación de inteligencia ha sido arrinconada por la decisión política. La combinación de ataques cinéticos, bloqueo naval y presión económica convierte el estrecho de Ormuz en la principal esclusa de seguridad mundial.
Las agencias implicadas son claras. Ataca Washington con su aparato militar y de inteligencia; se defiende Teherán con el IRGC y su estrategia de negación. Miran de reojo Moscú, Pekín y los servicios del Golfo. El CNI y el CCN-CERT no están directamente implicados, pero siguen la evolución del conflicto por su impacto en el Mediterráneo, en las rutas energéticas y en la estabilidad del Magreb.
A juzgar por la naturaleza del material, estimo un nivel de clasificación Top Secret en las evaluaciones sobre la decapitación y sobre los movimientos rusos. La lección histórica se parece a la de 2007, cuando la comunidad de inteligencia estadounidense concluyó que Irán había detenido su programa nuclear en 2003 y la Casa Blanca prefirió no escucharla. Hoy, el informe de The Soufan Center documenta un patrón similar: el análisis de los profesionales queda subordinado a la narrativa del líder.
Lo veo así: Washington malinterpretó la resiliencia iraní, y Teherán sobrevaloró su capacidad de infligir dolor sin pagar un precio estratégico. El riesgo es que, con las elecciones de noviembre y la economía iraní al límite, ninguna de las partes quiera ceder antes de demostrar fuerza. Si usted ha seguido estos seis meses, sabrá que el mayor peligro no es una derrota militar, sino una escalada accidental en el Estrecho.
Dejo una reflexión abierta. El próximo informe del ODNI, la evolución del bloqueo naval y el comportamiento de Rusia en el Báltico marcarán el siguiente movimiento. Permítame recordarle la regla del oficio: en inteligencia, las guerras se pierden primero en el análisis y después en el campo de batalla.

