Agustín Moreto: el clérigo que conquistó el teatro del Siglo de Oro

La posteridad ha reducido su nombre a una comedia, «El desdén, con el desdén», pero su repertorio fue mucho más amplio. Este clérigo madrileño del XVII estrenó, refundió y colaboró con los grandes nombres de la escena barroca.

El Madrid de los corrales de comedias vivía pendiente de repertorios fugaces, de manuscritos que pasaban de mano en mano y de nombres que subían y bajaban como si fueran acciones de una bolsa barroca. En ese circuito de estrenos urgentes, la pluma de Agustín Moreto empezó a cotizarse pronto: un clérigo capaz de mover las piezas del enredo con una seguridad que no abundaba y de perfilar personajes que el público reconocía al instante.

Moreto trabajó en una generación que escribía a la sombra de Calderón de la Barca. Eso no le restó público: los corrales devoraban títulos nuevos, las compañías necesitaban repertorio para cada temporada y las imprentas surtían a un mercado lector que ya no se limitaba a ver teatro, sino que también leía comedias sueltas en pliegos baratos.

Capítulo I: La discreta sombra de Moreto

Agustín Moreto y Cabaña figura en los manuales de literatura como uno de los dramaturgos del ciclo calderoniano. La tradición erudita sitúa su bautismo en Madrid el 9 de abril de 1618, y esa fecha es de las pocas que la biografía no discute. Alrededor de ella se agolpan dudas: la fortuna familiar, los vínculos italianos que algunos le atribuyen y el propio apellido materno han dado lugar a lecturas encontradas.

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Sí consta que cursó estudios en la Universidad de Alcalá de Henares. Los repertorios biográficos coinciden al señalarlo como estudiante de Leyes, un trayecto común entre los hombres de letras que luego se inclinaron por la poesía dramática. Con veintitantos años tomó el estado eclesiástico; a partir de ahí, sotana y comedia convivieron en su figura con una naturalidad que hoy sorprende pero que en el XVII tenía explicación: el teatro era oficio de corte y de ciudad, no un pasatiempo al margen de la Iglesia.

La formación universitaria de Alcalá le dio a Moreto un andamiaje retórico. Las disputas escolares, los ejercicios de argumentación y el trato con textos latinos alimentaban un teatro que se sostenía en la palabra. No hay que imaginar a un clérigo apartado del mundo; Alcalá estaba conectada con la corte, y los estudiantes iban y venían con noticias de palacio.

El Madrid que conoció Moreto era una capital de teatros y de imprentas, pero también una villa de poder, conventos y pleitos. La condición clerical daba acceso a prebendas y obligaba a una compostura que la pluma del dramaturgo supo compaginar con la libertad de los tablados.

Capítulo II: La fábrica de comedias

El teatro del Siglo de Oro fue una industria de compromiso y rapidez. Los autores escribían por encargo, refundían piezas ajenas, compartían pluma en comedias de varios y entregaban sus textos a los autores de comedias, nombre que designaba entonces a los empresarios actores que compraban los manuscritos. Moreto entró en ese circuito con las reglas bien aprendidas. Las portadas de comedias sueltas lo sitúan en la circulación popular, y no faltan títulos firmados a medias con otros ingenios.

En su repertorio conviven la comedia palaciega, el enredo cortesano y la sátira de costumbres. Además de El desdén, con el desdén, la crítica le reconoce El lindo don Diego, Trampa adelante y De fuera vendrá quien de casa nos echará. No son versiones menores de Calderón ni variantes tardías de Lope: son piezas que sostienen bien la comparación en el plano de la carpintería escénica, del verso y del mecanismo cómico.

La refundición era moneda corriente. Los autores reescribían argumentos, aprovechaban escenas y cruzaban personajes; no se consideraba hurto, sino oficio. En el caso de Moreto, la crítica ha señalado con frecuencia esa capacidad para tomar materia ajena y darle un aire propio.

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El desdén con el desdén

Capítulo III: El desdén, con el desdén

El desdén, con el desdén condensa el método Moreto. La obra plantea un combate amoroso en un ambiente palaciego: la princesa Diana se resiste al matrimonio y al amor, mientras el conde Carlos finge indiferencia para despertar lo que la galantería no logra. La paradoja del título es también la regla de la pieza: el desprecio se cura con desprecio, el desafío se paga con desafío, y la ficción de frialdad se convierte en la estrategia más eficaz.

La obra no se conforma con el esquema. Moreto dosifica los encuentros, retrasa los momentos de emoción, afina las réplicas y deja que el fingimiento transforme a los dos personajes. Es una comedia que mide los tempos con relojería, y quizá por esa razón ha resistido las mudanzas del gusto, las reescrituras y los cambios de escenario.

No hay una fecha de estreno que resuelva todas las dudas. La pieza se imprimió en sueltas y en volúmenes colectivos, y desde muy pronto pasó al repertorio de las compañías. Ese camino de la imprenta al tablado es más elocuente que cualquier estreno cortesano: la comedia vivió en los corrales, se recitó en palacios y terminó sentada en las bibliotecas.

Diana y Carlos no se enfrentan a espada, pero sí a réplica. El avance de la comedia se mide en silencios calculados, apartes y medias verdades. El espectador sabe más que los personajes, y ese desajuste alimenta la tensión cómica. Moreto no busca el chiste fácil; busca la sonrisa que nace de la inteligencia.

El desdén con el desdén

Capítulo IV: El lindo don Diego y el figurón

Si El desdén, con el desdén es el reloj de precisión, El lindo don Diego es la caricatura. La comedia de figurón castiga al protagonista con su propia imagen: don Diego encarna al lindo ridículo, atento al espejo, enamorado de su ropa y de su ingenio, insufrible para quienes lo rodean. Moreto toma el tipo cómico y lo pone a girar hasta que la sátira acaba por volverse contra él.

No es una invención suya; el figurón tiene linaje en la comedia calderoniana y en la literatura satírica anterior. Pero Moreto le da una nitidez que convierte la pieza en referencia del género. La pareja formada por El desdén, con el desdén y El lindo don Diego demuestra dos registros complementarios: la delicadeza palaciega y la risa más franca.

El figurón no es un malvado. Es un hombre que no se ve a sí mismo, y esa ceguera resulta tanto más divertida cuanto más elevada es la opinión que tiene de su persona. La comedia no lo redime ni lo destruye; lo exhibe y deja que la realidad lo ponga en su sitio.

El desdén con el desdén

Capítulo V: Toledo, el silencio final

En sus últimos años, Moreto aparece ligado a Toledo. Allí lo sitúan las fuentes, entregado a las obligaciones eclesiásticas, lejos del ruido de los corrales madrileños. Murió en Toledo el 28 de octubre de 1669. Tenía cincuenta y un años. Dejaba un teatro impreso en sueltas y en partes, y un nombre que las portadas seguían reclamando como reclamo comercial.

Las ediciones póstumas consolidaron su nombre. Las comedias se siguieron imprimiendo en los siglos siguientes, y El desdén, con el desdén encontró acomodo en antologías, escuelas y escenarios.

Cuatro siglos después, la ecuación se ha invertido. De su vida quedan pocas certezas y muchos silencios; de su obra quedan compañías que la reponen, ediciones que la anotan y lectores que entran en sus enredos sin necesidad de saber quién fue el clérigo que los urdió. A lo mejor esa es la victoria más discreta del teatro: sobrevivir a la biografía.

La suya no fue una existencia de persecuciones ni de grandes viajes. Fue, en lo que las fuentes dejan ver, una vida de estudio, oficio y escena. Y, pese a ello, el nombre de Agustín Moreto no ha quedado como una nota al pie de Calderón: aparece cada vez que se estudia el Siglo de Oro por lo que mejor sabía hacer, que era tramar comedias para que otros las vivieran sobre un tablado.

De Moreto sobreviven más versos que certezas. Su biografía cabe en cuatro páginas de enciclopedia; su comedia, en cambio, no ha dejado de representarse.