El gasto militar occidental bate récords y la industria de defensa lo traduce: 700.000 millones de dólares en 2025. Un 11,3% más que el año anterior. Sin embargo, en la OTAN el debate ha girado: ya no se habla tanto de cuánto invierte cada país como de cuánto es capaz de producir la industria.
El último ranking de Defense News Top 100, publicado este miércoles, confirma la tendencia: las compañías del sector sumaron 700.000 millones de dólares en ingresos anuales de defensa, frente a los 629.000 millones del ejercicio anterior. El alza del 11,3% no solo refleja los presupuestos disparados en Washington y Bruselas; certifica también que la producción industrial no avanza al mismo ritmo que la demanda.
En Estados Unidos, la Ley de Reconciliación de 2025 inyecta 156.000 millones de dólares en adquisición de material, una cifra que se añade al presupuesto ordinario del Pentágono, en torno a los 900.000 millones anuales. Mark Cancian, asesor senior del programa de análisis de defensa del CSIS, advierte de un detalle que los mercados suelen pasar por alto: ‘Ahora harán falta años para que ese dinero aprobado fluya de verdad a las empresas y a sus estados financieros’. Aun así, añade, ‘será un gran impulso para muchas compañías’.
En Europa la trayectoria es distinta. Los gobiernos, marcados por la invasión a gran escala de Ucrania en febrero de 2022, empezaron hace tiempo a disparar sus presupuestos de defensa. Además de absorber el incremento de fondos, las empresas del continente han reorientado sus estrategias hacia una preferencia cada vez más explícita por material de fabricación europea. Queda por ver, con la lluvia de dinero en ambos lados del Atlántico, si las firmas europeas han recortado de forma significativa la cuota de los gigantes estadounidenses.
Mirar la clasificación ayuda a entender el reparto. Los cuatro primeros puestos siguen en manos de compañías de Estados Unidos: Lockheed Martin lidera con 72.100 millones de dólares de ingresos anuales en defensa; le siguen RTX (46.000), General Dynamics (39.400) y Northrop Grumman (37.000). La británica BAE Systems, con una enorme división estadounidense, escala una posición hasta el quinto lugar con 36.000 millones. El dato chino llama la atención: la Corporación de la Industria de Aviación de China ocupa el séptimo puesto con 32.300 millones.
Entre las firmas europeas, el ascenso de Rheinmetall condensa el momento: el grupo alemán facturó 11.200 millones de dólares en 2025, frente a 8.300 millones el año anterior, y salta del puesto 18 al 15. Se ha diversificado hacia todos los dominios —tierra, aire, mar, espacio ciberespacio y sistemas no tripulados— y ha abrazado un segmento que antes se consideraba menor: explosivos y munición. Ahí está una de las claves del rearme, porque los proyectiles de artillería y los interceptores antiaéreos han experimentado una demanda sin precedentes en todos los países de la OTAN.
El dinero público ya fluye como nunca; el cuello de botella está en la fábrica, no en el presupuesto.
¿Dónde se atasca la defensa antiaérea?
El mayor déficit está en la defensa antiaérea. Las empresas han ampliado sus cadenas de suministro para fabricar proyectiles de artillería, urgentes para Ucrania en un frente dominado por drones y robots que vacían la infantería. Pero faltan misiles interceptores y drones de defensa antiaérea: la munición para proteger las ciudades ucranianas de los ataques rusos. El sistema Patriot —radares, lanzadores e interceptores— sigue en manos estadounidenses, y por eso funcionarios europeos y ucranianos buscan alternativas.
Ahí asoma el tablero industrial israelí: Elbit Systems (puesto 21), Israel Aerospace Industries (27) y Rafael (30) ofrecen sistemas antimisiles probados en combate. Junto a ellos, el consorcio europeo MBDA (26) y la alemana Diehl, que pega un salto espectacular del puesto 82 al 58, completan un menú que Bruselas y Kiev ya estudian como vía para no depender de Washington.
Astilleros saturados y soluciones inesperadas
El otro gran atasco es naval. Empresas como General Dynamics, Huntington Ingalls (13, con 12.300 millones) y la surcoreana Hanwha (16, con 10.400) cabalgan una ola de modernización de flotas. En Washington, responsables del Pentágono y legisladores han reservado 29.000 millones de dólares solo para construcción naval en la Ley de Reconciliación de 2025. ‘La administración Biden, y ahora la administración Trump, han estado vertiendo dinero en construcción naval —muy por encima de lo que la industria puede absorber—’, resume Cancian. Las carteras de pedidos se extienden hasta la década de 2030.

Los atascos en componentes y los problemas económicos del sector civil han forzado soluciones creativas en Europa. Algunas plantas de automoción y de fabricación de vagones ferroviarios se han reconvertido en líneas de producción de drones y de equipos antidron. Es la traducción industrial de un temor político: que Rusia intente en otro flanco un ataque similar al de Ucrania.
En el Reino Unido, el Ministerio de Defensa publicó en agosto cifras que dan forma al argumento del ‘motor económico’: entre 2024 y 2025, los empleos en fabricación de armas y municiones británicas crecieron un 51%, parte de un aumento de 26.000 puestos ligados a defensa. La inversión demuestra que la defensa es un motor de crecimiento y un avance hacia una base industrial resiliente’, subrayó el departamento británico el 20 de agosto. Ese discurso conecta con una idea que gana enteros en Bruselas: el rearme no es solo seguridad, también es economía.
Equilibrio de Poder
Analizamos este momento como una transición de doctrina industrial. No es que Washington, Bruselas o Londres carezcan de recursos: es que la base industrial occidental, tras décadas de externalización y just-in-time, no puede absorber una demanda de material de guerra a esta escala. La Administración Trump lo ha entendido con la iniciativa Golden Dome, un programa de sensores e interceptores distribuidos entre la Tierra y el espacio que aspira a blindar a Estados Unidos contra ataques aéreos. El problema es que, como reconoce Cancian, ‘todavía no sabemos realmente qué es’. La falta de definición puede convertir el proyecto en una venta cada vez más difícil, pese a que se barajan inversiones de cientos de miles de millones.
Para España la lectura es doble. Por un lado, la presión para elevar el gasto militar dentro de la OTAN choca con la capacidad real de las empresas europeas de entregar sistemas a tiempo. Por otro, el giro hacia la compra europea abre una ventana para grupos como Navantia o Indra, siempre que Madrid concrete programas con horizonte claro. La base de Rota, con sus destructores AEGIS, y Morón mantienen a España como nodo logístico clave para Estados Unidos, pero la dependencia tecnológica sigue intacta en interceptores y sistemas de mando.
A cinco o diez años vista, la pregunta no es si habrá dinero para defensa, sino si habrá tejido industrial para gastarlo. La crisis de Ucrania ha convertido a la producción de munición y a la defensa antiaérea en prioridades existenciales para la OTAN. Si los atascos no se resuelven, el riesgo es que la Alianza pague primas por material de importación mientras sus propios actores consolidan posiciones. El precedente histórico más parecido es la industrialización acelerada de la Defensa en la Segunda Guerra Mundial, con una diferencia: hoy no hay tiempo para construir fábricas desde cero.
Lo que observamos es un mercado de defensa global en el que la demanda ya no es la restricción. Como advierte Scott Thompson, analista de PricewaterhouseCoopers, ‘en un mercado donde la demanda no es la limitación, la ejecución es el diferenciador’. La próxima cumbre de la OTAN y la concreción del Golden Dome dirán si Occidente ha aprendido a convertir dinero en capacidad. De momento, el récord de gasto solo confirma lo que los cuellos de botella ya han revelado: sin industria, el rearme es contabilidad, no estrategia.

