El frío de Nueva York se queda en el vestíbulo. Antes de que suba el telón, el rumor de las butacas llena la sala del Metropolitan Opera House, en Broadway, entre las calles 39 y 40. Es la noche del 28 de enero de 1916. El público se acomoda con los programas recién impresos y la expectación propia de una velada que ha llegado a las páginas de los diarios. Entre bastidores, Enrique Granados escucha la afinación de la orquesta.
La obra que se estrena se titula Goyescas. El compositor, un hombre de cuarenta y ocho años con bigote recortado y la espalda recta de quien ha pasado media vida ante el teclado, ha viajado desde Barcelona con su esposa, Amparo Gal. No es un desconocido. Ha compuesto danzas, canciones y piezas para piano que ya suenan en los salones de Europa. Pero una ópera en el Metropolitan es otra cosa: la consagración de un músico español en la ciudad del dinero.
Capítulo I: El estreno que no se olvidó
La crítica neoyorquina saludó Goyescas como un triunfo personal de Granados. La ópera, con libreto de Fernando Periquet Zuaznábar, llevaba al escenario un Madrid goyesco de majas, toreros y galanteos recogidos de los cartones de Francisco de Goya. La partitura sonaba a piano español, a copla culta y a modernismo barcelonés. Granados salió a saludar una y otra vez, y los periódicos de la mañana repitieron su nombre con respeto.
Aquella noche, el músico que había nacido en Lleida en 1867 pisó la cima de la música internacional. La sala entera se puso en pie. Los cronistas, acostumbrados a Verdi y a Puccini, admitieron que aquel compositor llegado de Barcelona había traído un color distinto. Lo que nadie podía sospechar era que el regreso a casa acabaría en el agua.
Capítulo II: De Lleida a las teclas de Pujol
Pantaleón Enrique Joaquín Granados Campiña nació en Lleida el 27 de julio de 1867. Su padre, Calixto Granados, era militar de carrera; su madre, Enriqueta Campiña, administraba la casa. La familia se mudó a Barcelona, y allí el niño encontró un piano. Su primer maestro serio fue Joan Baptista Pujol, pianista y pedagogo catalán, discípulo de Pere Tintorer.
Barcelona era entonces una ciudad industrial, con un conservatorio incipiente y una burguesía dispuesta a pagar por la música. En los teatros se aplaudía a los virtuosos que llegaban de Francia y de Alemania. El joven Granados no tardó en destacar por la dulzura de su sonido y por una facilidad natural para inventar melodías.
No fue un niño prodigio de los que llenan giras, sino un estudiante aplicado que prefería leer partituras a jugar en la calle. En las veladas familiares, se sentaba al piano y dejaba que las improvisaciones se parecieran un poco a Chopin y un poco a las canciones que oía en la calle. Barcelona, con su puerto, sus fábricas y sus teatros, le proporcionó el primer diccionario de sonidos.

Capítulo III: París, Bériot y la amistad con Albéniz
En 1887, con veinte años, Granados cruzó los Pirineos para estudiar en París. No entró en el Conservatorio; se convirtió en alumno privado de Charles-Wilfrid de Bériot, un pianista y pedagogo de prestigio. En la capital francesa compartió pensiones y veladas con otros músicos españoles. De aquellos años data su amistad con Isaac Albéniz, otro pianista catalán que buscaba en la música francesa y en el folclore español una salida propia.
París era una fiesta de la escena musical europea. Allí se hablaba de Claude Debussy, de Camille Saint-Saëns, de los impresionistas y de la orquesta como un laboratorio de color. Granados escuchó mucho, compuso poco y volvió a Barcelona con la lección aprendida: no había que imitar a Wagner ni a Franck; había que hallar un idioma propio.
La estancia duró dos años, según las biografías al uso. El joven Granados no regresó con un cargo ni con un premio rutilante, pero trajo consigo una técnica depurada y una idea fija: la música española podía sonar elegante sin renunciar a sus raíces populares. Con el tiempo, esa fórmula se convertiría en su firma.
Capítulo IV: Danzas españolas y la Barcelona modernista
De vuelta en Barcelona, Granados se convirtió en un nombre del modernismo musical. Entre 1892 y 1900 compuso las Doce danzas españolas para piano, una colección de piezas breves inspiradas en ritmos populares de la Península. La número 5, la Andaluza, se convirtió en una de las melodías más célebres de la música española. La formación recibida de Juan Bautista Pujol y el roce parisino le dieron una técnica limpia y un fraseo cantable.
En 1901 fundó en Barcelona la Academia Granados. La escuela formó a pianistas y difundió un modo de entender el piano que combinaba el rigor técnico con la sensibilidad poética. El propio compositor era su mejor reclamo: un intérprete elegante, poco amigo de los excesos y obsesionado con que cada nota sonara con intención.
La Barcelona modernista, la de Gaudí y Domènech i Montaner, encontró en Granados a uno de sus músicos más reconocibles. Sus recitales se agotaban, sus danzas se tocaban en los salones y su academia se llenó de alumnos. El compositor no miraba solo hacia el piano; también escribía canciones, música de cámara y fragmentos de ópera, siempre con la palabra España en el fondo.

Capítulo V: Goyescas, de la suite a la ópera
El proyecto de Goyescas arrancó en la primera década del siglo XX. Granados imaginó una suite para piano a partir de los cartones de Goya, esos tapices de tonos suaves y escenas de majas y galanteos. La suite se estrenó en el Palau de la Música Catalana de Barcelona en 1911. El éxito lo animó a convertirla en una ópera, con libreto de Fernando Periquet Zuaznábar.
La versión operística no traicionaba la esencia pianística: las voces flotaban sobre una orquesta que conservaba el color de las teclas. Era una apuesta arriesgada, porque la ópera española no gozaba de gran predicamento en las grandes casas internacionales. El Metropolitan Opera House, sin embargo, la aceptó para su temporada de 1916. Granados viajó a Nueva York con su esposa, Amparo Gal, y se entregó a los ensayos como si le fuera la vida en ello.
Goyescas era, en el fondo, una declaración de amor a Goya y a Madrid. Los requiebros de los majos, los espacios sonoros de la guitarra y las melancolías de la noche de mayo resuenan en la orquesta. La obra no buscaba el gran espectáculo de la ópera italiana; prefería el matiz, la penumbra y el detalle.
Capítulo VI: El Sussex y el canal oscuro
El 24 de marzo de 1916, el matrimonio Granados embarcó en el vapor Sussex en Folkestone para cruzar el canal de la Mancha hacia Dieppe. El buque era un correo de la Compañía Paris-Lyon-Méditerranée, no un transatlántico de lujo. La Primera Guerra Mundial estaba en plena efervescencia, y los submarinos alemanes patrullaban la ruta. Esa noche, el submarino alemán SM UB-29 torpedeó al Sussex.
Las crónicas coinciden en que Granados pereció en el mar junto a su esposa. Algunos testimonios sostienen que el compositor intentó salvar a Amparo Gal antes de desaparecer en el agua. El Sussex, semihundido, pudo ser remolcado a Boulogne. Medio centenar de personas perdieron la vida. Granados tenía cuarenta y ocho años.
El naufragio del Sussex no fue un episodio aislado. La guerra submarina alemana en el Atlántico y en el canal de la Mancha conmocionó a la opinión pública de los países neutrales y aceleró tensiones diplomáticas entre los Estados Unidos y Alemania. Para la música española, sin embargo, aquel torpedo fue una herida íntima: se llevó por delante a uno de los compositores más singulares del momento.

Capítulo VII: La partitura que sobrevivió al naufragio
La noticia llegó a Barcelona entre la incredulidad y el duelo. Granados dejaba una obra en plena madurez y un nombre que acababa de cruzar el Atlántico. Sus Doce danzas españolas, sus Tonadillas y la suite y ópera Goyescas siguieron interpretándose. Las generaciones posteriores de pianistas las adoptaron como repertorio propio, y la Andaluza se convirtió en una pieza de concurso, de bises y de salas de concierto.
Hay algo de cruel en la coincidencia: el músico que había pintado con sonidos los cielos y las majas de Goya encontró la muerte lejos de la tierra. El mar no devolvió sus partituras, pero tampoco logró apagarlas. El piano de Granados siguió sonando en las academias de Barcelona, en los conservatorios de Europa y en los escenarios de Nueva York.
La historia se ha contado muchas veces, y casi siempre se resumen en dos palabras: Goyescas y naufragio. Sin embargo, entre una y otra hay una vida entera de estudio, de conciertos y de amor por el sonido. Enrique Granados no fue solo la víctima de un torpedo; fue un compositor español del siglo XIX que entendió el piano como un instrumento capaz de evocar la luz de Goya.

