EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Estados Unidos reabrirá la base de Narsarsuaq, cerrada desde los años cincuenta, y abrirá otra en Mestersvig, en la costa este de Groenlandia.
- ¿Quién está detrás? La Casa Blanca, Copenhague y el Gobierno autonómico groenlandés firman el acuerdo este martes en la Asamblea General de la ONU.
- ¿Qué impacto tiene? Consolida la presencia militar estadounidense en el Ártico y formaliza un pulso que Trump abrió en enero con amenazas de fuerza.
Estados Unidos reabrirá la base de Narsarsuaq y abrirá otra en Mestersvig, en la costa este de Groenlandia. El acuerdo con Dinamarca se firma este martes en la Asamblea General de la ONU, en Nueva York, a las 10:30 hora local (14:30 GMT), según tres personas conocedoras de la negociación. Es el primer movimiento tangible de Washington para asegurar un control permanente del Ártico tras meses de presión.
Narsarsuaq, en el sur de la isla, albergó la base Bluie West One durante la Guerra Fría. Estados Unidos la cerró en los años cincuenta y su población se ha reducido a unas pocas decenas de vecinos. Mestersvig, en la costa este, es hoy un puesto militar que opera la Patrulla Sirius, la unidad de fuerzas especiales danesa que vigila el parque nacional con trineos de perros.
De las 17 bases a una: la reconstrucción del anillo ártico
Durante la Guerra Fría, Washington mantuvo 17 instalaciones y más de 10.000 efectivos en Groenlandia. Hoy solo sobrevive la base espacial de Pituffik, heredera de la antigua Thule, con unos 150 militares estadounidenses. La diferencia de escala explica por qué el regreso a Narsarsuaq y Mestersvig no es una rotación cualquiera: es reeditar una arquitectura desmontada hace más de setenta años.
Narsarsuaq tiene una pista apta para aviones de gran porte y dio servicio a vuelos transatlánticos antes de que existieran los reactores de largo alcance. Su valor hoy es logístico y de vigilancia: cubre el flanco sur de la isla y el corredor marítimo que se abre con el deshielo. Mestersvig, más al norte, mira hacia el estrecho de Fram y el océano Ártico.
El interés por la isla no es solo militar. Groenlandia concentra reservas codiciadas de tierras raras, uranio y grafito, materias primas críticas para la transición energética y para la propia industria de defensa. Trump habló por primera vez de comprar la isla en 2019. Nadie se lo tomó en serio entonces.
Setenta años después, vuelta a empezar.
Groenlandia no se compra ni se conquista: se pacta. Lo que se firma este martes es el precio de haberlo entendido con retraso.
Qué gana la OTAN y qué cede Dinamarca

Copenhague ha puesto el acento en un punto concreto: el acuerdo sitúa la seguridad del Ártico bajo la supervisión de la OTAN, no bajo un entendimiento bilateral entre Washington y Copenhague. Es una fórmula de compromiso. Dinamarca evita aparecer como socio subordinado de una potencia que amenazó con tomar la isla por la fuerza económica o militar, y Washington obtiene el acceso que buscaba sin romper el marco atlántico.
La presión de Trump no fue retórica. Alcanzó su punto máximo en enero, cuando la Casa Blanca dejó de descartar el uso de la fuerza para hacerse con Groenlandia. Aquello desató una crisis diplomática dentro de la propia Alianza. Las encuestas mostraron entonces que una mayoría abrumadora de groenlandeses rechaza la idea. La negociación que culmina este martes nació para desactivar ese choque.
El acuerdo llega, además, cuando el deshielo ha convertido el Ártico en un tablero de primera fila. Las rutas marítimas del norte acortan las distancias entre Asia y Europa y abren un corredor que hasta hace dos décadas permanecía cerrado buena parte del año. El mapa se mueve. Quien controle los puertos, las pistas y los radares del extremo norte controla la logística de esa nueva geografía.
Equilibrio de Poder
En el eje Washington-Moscú-Bruselas, el movimiento estadounidense es una jugada de doble filo. Rusia mantiene la mayor flota ártica del mundo, con la Flota del Norte, y una cadena de bases rehabilitadas desde 2014, desde Nagurskoye hasta Severomorsk. Moscú leerá la reapertura de Narsarsuaq como una extensión de la vigilancia antisubmarina en el corredor GIUK, el paso entre Groenlandia, Islandia y Reino Unido por el que los submarinos rusos salen al Atlántico.
Para España, la noticia parece lejana y no lo es. La OTAN redefine su perímetro norte mientras el flanco sur, del Sahel al Magreb y al estrecho de Gibraltar, se degrada con menos recursos y menos atención. Cada euro de capacidad orientado al Ártico es un euro que no se dedica al Mediterráneo. Nada es gratis. Las bases de Rota y Morón siguen siendo el eje de la proyección aliada hacia África, pero compiten por presupuesto con un norte que ahora pesa más.
La lectura a cinco o diez años es la de un Ártico militarizado por defecto. Los patrulleros polares, los radares de vigilancia y la guerra antisubmarina concentrarán presupuesto que la Alianza ya no sabe de dónde sacar. Trump empuja el gasto y el viejo objetivo del 2% del PIB se ha convertido en una tabla móvil al alza. La ecuación, eso sí, tiene una debilidad: sin infraestructura civil ni población, las bases árticas son caras de sostener y fáciles de aislar.
Seguimos de cerca el texto que se firme en Nueva York. No se ha hecho público y no se cerrará del todo hasta la rúbrica. Ahí estarán las letras pequeñas: el régimen de acceso, la duración, el mando operativo y hasta dónde llega de verdad la supervisión de la OTAN. El desarrollo del acuerdo en los próximos meses dirá si estamos ante un cambio estructural o ante una foto de cumbre.
