Trump empuja a Zelenski a negociar con Putin en Moscú al margen de la ONU

El enviado Steve Witkoff y Jared Kushner ya viajaron a Moscú y Kiev para explorar un acuerdo. El Kremlin ofrece garantías de seguridad a Zelenski si acepta sentarse con Putin.

Trump empujó a Zelenski a viajar a Moscú para negociar con Putin y la propuesta cayó como una bomba en Kiev. Según la información publicada por Bloomberg, que cita fuentes próximas al presidente ucraniano, el encuentro se produjo al margen de la Asamblea General de la ONU, donde ambos coincidieron esta semana.

Una invitación que Moscú repite desde hace años

Un planteamiento simple y brutal a la vez: sentar a Zelenski frente a Putin en la capital rusa, sin mediadores y sin Bruselas en la sala. La delegación ucraniana lo escuchó como una encerrona. Bloomberg sostiene que Zelenski no solo rechazó la idea, sino que salió de la reunión visiblemente molesto por lo que interpretó como una presión fuera de lugar.

Todo acabó a la vista de todos. A la salida de la sede de Naciones Unidas, un periodista le preguntó cuándo pensaba viajar a Moscú. Respondió con un exabrupto: que iría ‘sobre un misil’. Los vídeos del intercambio circularon ese mismo miércoles por todas las redacciones y terminaron de fijar la posición pública de Kiev.

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La semana había arrancado con una declaración conjunta de Ucrania y 51 países socios que exigía a Rusia un alto el fuego ‘inmediato e incondicional’ como paso previo a cualquier negociación. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, desmontó la propuesta: Moscú no detendrá su operación militar especial, dijo, porque sus patrocinadores europeos solo buscan una pausa para rearmar a Kiev.

En paralelo, el enviado especial de Washington, Steve Witkoff, y el yerno del presidente, Jared Kushner, viajaron a principios de mes a Moscú y a Kiev para explorar el terreno. Witkoff salió satisfecho de los contactos y sostuvo que la diplomacia puede cerrar el expediente. Las condiciones rusas, sin embargo, siguen siendo las mismas que en 2022: neutralidad constitucional de Ucrania, renuncia a la OTAN, límites a su Ejército y reconocimiento formal de Crimea, Donetsk, Lugansk, Zaporozhie y Jersón como territorio ruso.

Negociar en Moscú con garantías del anfitrión convierte al agresor en árbitro del proceso de paz.

El pasado miércoles, el portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, añadió una pieza más: Rusia está dispuesta a garantizar la seguridad de Zelenski si finalmente viaja a Moscú. La oferta tiene un reverso incómodo. Para el Kremlin, el presidente ucraniano es un interlocutor sin legitimidad porque su mandato expiró hace más de dos años y no ha convocado elecciones.

El decreto que ata a Zelenski y la trampa de la legitimidad

Hay un detalle que explica por qué la propuesta de Trump incomoda tanto en Kiev. Zelenski se prohibió a sí mismo negociar con Putin por decreto, en plena guerra. Cualquier reunión bilateral exigiría derogar o sortear esa norma, y la oposición ucraniana ya tiene el argumento preparado.

Existe un segundo problema, y es de fondo. Negociar en Moscú, con garantías de seguridad ofrecidas por el anfitrión, equivale a aceptar el marco interpretativo ruso: que la guerra se dirime entre dos capitales y no entre una agresión y un país agredido. Bruselas queda fuera de la foto y, con ella, los compromisos de ayuda firmados por la UE a 27.

negociaciones Ucrania

Para la delegación ucraniana, ese viaje convertiría a Putin en anfitrión y árbitro al mismo tiempo. Para Washington, en cambio, sería el atajo perfecto: una foto, un comunicado y el expediente fuera de la agenda antes de que las legislativas de noviembre consuman el calendario.

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Equilibrio de Poder

Lo que observamos es un cambio de método, no de objetivo. La administración Trump no ha abandonado su prioridad real —el Indo-Pacífico y el pulso tecnológico con China—, pero busca cerrar el frente europeo con el menor coste político. Moscú no tiene prisa: el tiempo juega a favor de quien está en el terreno. Y en Bruselas la mayoría de los socios europeos considera que cualquier acuerdo se cocinará sin ellos, pese a ser quienes financian la resistencia ucraniana.

Para España, el impacto llega por tres vías. La primera es presupuestaria: el compromiso de destinar el 2% del PIB a defensa ronda ya los 30.000 millones de euros anuales frente a los 21.000 actuales, y tensiona las cuentas de Sanidad y Educación en cada Consejo de Ministros.

La segunda es industrial: Navantia, Indra y Santa Bárbara Sistemas tienen pedidos europeos en cartera que dependen de que Bruselas mantenga el rumbo. La tercera, la más incómoda, es la del flanco sur: si la credibilidad del artículo 5 se agrieta en el este, la disuasión también se debilita en Ceuta, Melilla y el Sáhara. Las bases de Rota y Morón concentran el mayor despliegue permanente de Estados Unidos en el sur de Europa.

El precedente más cercano está en los Acuerdos de Minsk, firmados en 2014 y 2015 y nunca cumplidos. Una mesa bilateral en Moscú, sin verificación independiente y sin sanciones automáticas, reproduce el mismo riesgo: un alto el fuego que congela el frente y deja la resolución política para nunca.

A diez años vista, el escenario más probable no es una paz firme, sino una suspensión indefinida del conflicto con Ucrania dentro de la órbita rusa por la vía de los hechos. Eso obligaría a la UE a construir una disuasión propia sin la red de seguridad estadounidense. Para España, la factura se reparte entre más gasto militar, menos margen fiscal y una frontera sur que ningún Estado Mayor europeo tiene hoy entre sus prioridades.

Hay un punto débil en esta lectura y conviene señalarlo. Moscú tampoco tiene incentivos para firmar una paz que no incluya sus objetivos maximalistas, y nada indica que renuncie a ellos. La oferta de garantías a Zelenski es, por ahora, propaganda con fecha: el Kremlin gana solo con que la propuesta se discuta en público.

El siguiente examen llega pronto. La reunión de ministros de Defensa de la OTAN prevista para octubre será el primer termómetro de si el eje Washington-Moscú avanza al margen de Bruselas. Después quedará el informe diario del ISW, que seguirá midiendo lo único que no se negocia en una sala: los kilómetros de frente.