EE.UU. suspende las sanciones al diésel ruso hasta abril de 2027 en plena escalada del gasóleo

El Tesoro autoriza la venta, entrega e importación de gasóleo ruso hasta al menos el 7 de abril de 2027, tras la llamada entre Trump y Putin. Moscú levantará de inmediato sus restricciones a la exportación.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? El Tesoro de Estados Unidos ha suspendido temporalmente las sanciones al diésel ruso y autoriza su venta, entrega, descarga e importación hasta al menos el 7 de abril de 2027.
  • ¿Quién está detrás? La Casa Blanca de Trump y el Kremlin, tras una llamada entre los presidentes y un acuerdo de suministro que Moscú presenta como balón de oxígeno para su refino.
  • ¿Qué impacto tiene? Alivio inmediato para el precio del gasóleo, pero normalización de facto del comercio energético con Moscú que incomoda a Bruselas y a Kiev.

El Tesoro de Estados Unidos ha suspendido temporalmente las sanciones al diésel ruso. La licencia autoriza la venta, entrega, descarga e importación de gasóleo ruso, incluida su entrada en el mercado estadounidense, hasta al menos el 7 de abril de 2027.

No es un gesto simbólico. Es la primera grieta formal en el régimen sancionador que Washington y Bruselas levantaron contra Moscú tras febrero de 2022, y llega en el peor momento posible para el precio del gasóleo. El anuncio se produjo después de una llamada telefónica del viernes entre Donald Trump y Vladímir Putin, y de un acuerdo que la Casa Blanca ha presentado como una victoria de mercado.

Lo que la licencia del Tesoro permite, cifra a cifra

El propio Trump cifró el volumen en su cuenta de Truth Social: Rusia entregaría 300.000 toneladas de diésel de forma inmediata al mercado estadounidense y global, otras 500.000 a lo largo del mes de noviembre y un millón más inmediatamente después. El presidente estadounidense añadió que Moscú podría poner a disposición hasta tres millones de toneladas adicionales en un corto periodo de tiempo, en función del estado de sus refinerías.

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Y ahí está el problema de fondo. Las refinerías rusas llevan meses bajo amenaza constante de los ataques de largo alcance ucranianos, lo que convierte esa última condición en una incógnita más que en una garantía. La promesa de suministro depende de una infraestructura que Kiev intenta degradar cada semana.

En paralelo, el viceprimer ministro ruso, Aleksandr Novak, confirmó que Moscú levantará de forma anticipada sus restricciones a la exportación de diésel. El proceso arrancará de inmediato, según declaró a la agencia TASS. Rusia había extendido su veto a la exportación de diésel, combustible naval y gasóleos hasta el 31 de octubre para proteger su mercado interior en plena campaña de recolección.

Washington no levanta las sanciones por convicción, sino porque el mercado del gasóleo se ha quedado sin margen de maniobra.

El Kremlin acompañó el anuncio con una declaración en la que se declara dispuesto a suministrar petróleo y derivados, y se muestra seguro de que la medida tendrá un efecto positivo sobre toda la economía global. La frase, traducida del comunicado oficial ruso, es puro interés comercial: cada tonelada que sale de los puertos rusos es una divisa que entra en las arcas de un Estado en guerra.

Novak fue más explícito. Rusia, dijo, celebra los pasos de Estados Unidos dirigidos a estabilizar el mercado energético global y a restaurar gradualmente el comercio normal, y se declara lista para coordinar acciones futuras que creen un mercado más predecible y saludable. Traducido: Moscú gana tiempo, ingresos y legitimidad a partes iguales.

Por qué Washington necesita este diésel precisamente ahora

El contexto explica la urgencia. Los mercados globales aún digieren las disrupciones de suministro derivadas de la guerra de Estados Unidos e Israel con Irán, un conflicto que ha alterado las rutas y los volúmenes de crudo en el Golfo. Russell Hardy, consejero delegado de Vitol, una de las mayores comercializadoras de petróleo del mundo, avisó esta misma semana de que el mercado ha quemado buena parte del colchón que amortiguaba los shocks. Ya no queda inventario que drenar en Occidente, dijo el miércoles.

La semana pasada, los países del G7 acordaron liberar 100 millones de barriles de crudo y productos refinados de sus reservas de emergencia empezando por el diésel. Es una cifra considerable, equivalente a más de un día de consumo mundial de gasóleo, pero insuficiente si el desabastecimiento se prolonga. Y la administración Trump, mientras tanto, ha exigido a Europa que asuma más carga para resolver el problema.

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Hay una contradicción que conviene subrayar. Washington presiona a Bruselas para que mantenga el pulso sancionador contra Moscú y, al mismo tiempo, abre su propio grifo al diésel ruso. La coherencia del bloque occidental en materia energética queda, cuanto menos, cuestionada.

Equilibrio de Poder

La lectura estratégica es clara: estamos ante el primer acto de una normalización de facto del comercio energético entre Washington y Moscú, tutelada directamente por la Casa Blanca. Para Trump, el cálculo es transaccional y de corto plazo, bajar el precio del gasóleo antes de que el malestar llegue al surtidor, pero sus efectos se extienden mucho más allá del mercado. Al validar la compra de diésel ruso, Washington legitima ante sus socios europeos lo que hasta hace unas semanas era línea roja: que el dinero de Occidente financie el esfuerzo de guerra del Kremlin. Kiev lo leerá como una señal pésima.

Para España, el movimiento tiene un doble filo. Por un lado, alivia la presión sobre el precio del gasóleo, un combustible del que dependen el transporte, la agricultura y buena parte del tejido industrial, con una factura que se ha disparado desde el verano. España es un importador neto de gasóleo y ha sufrido en primera línea la volatilidad del mercado. Por otro, la entrada masiva de producto ruso puede tensionar los márgenes de refino nacionales y reabrir el debate sobre de dónde procede la energía que mueve el país. En la frontera sur, Marruecos, Argelia y el Sahel notan el efecto de forma indirecta pero real: un gasóleo más barato alivia a economías que compiten directamente con la española en costes de transporte.

El precedente más próximo es la propia arquitectura del precio máximo que el G7 impuso al crudo ruso. Aquel mecanismo pretendía dejar fluir el petróleo ruso sin financiar a Moscú; este movimiento hace justo lo contrario, liberaliza el flujo y difumina el control. La pregunta que Bruselas debe responder en las próximas semanas es incómoda: si Washington puede importar diésel ruso, por qué no iba a poder hacerlo Europa. La próxima reunión del G7 y el Consejo Europeo de diciembre serán el termómetro real de cuánto aguanta la unidad occidental.