Putin reúne en Moscú a casi 50 países africanos en la cumbre Rusia-África del 28-O

El Kremlin confirma la asistencia de jefes de Estado y de Gobierno de casi medio centenar de países al foro del 28 y 29 de octubre. Sobre la mesa, un plan trienal de cooperación 2027-2029 y una declaración sobre el uso civil de la inteligencia artificial.

La cumbre Rusia-África arranca el miércoles 28 de octubre en Moscú con casi 50 delegaciones africanas confirmadas y Vladímir Putin como anfitrión.

El Kremlin ha confirmado la asistencia de representantes de casi 50 países del continente, entre jefes de Estado y de Gobierno y responsables de sus principales asociaciones de integración. La cita se celebra los días 28 y 29 bajo la presidencia conjunta de Putin y del presidente de Burundi, Évariste Ndayishimiye, que ocupa este año la presidencia de turno de la Unión Africana. Es la tercera edición del foro: Sochi acogió la primera en octubre de 2019 y San Petersburgo la segunda en julio de 2023, con 49 delegaciones y 17 jefes de Estado según el recuento oficial ruso.

Esta vez Moscú no se conforma con la foto de familia. El programa incluye la Declaración final, el Plan de Acción del Foro de Asociación Rusia-África para 2027-2029 y una Declaración de cooperación en aplicaciones civiles de inteligencia artificial. A ellos se suma un paquete de acuerdos intergubernamentales e interdepartamentales que el comunicado del Kremlin describe como ‘una amplia gama de ámbitos’. El día 28 ambos mandatarios abrirán el Foro Económico y Humanitario; Putin sostendrá además un encuentro con los líderes de las organizaciones regionales africanas y una ronda de conversaciones bilaterales.

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Lo que Moscú quiere firmar en dos días

Leído en frío, el programa tiene tres capas. La primera es de continuidad: un plan trienal firmado en plena guerra de Ucrania ata la relación a un calendario que sobrevive a la coyuntura, algo que ninguna cumbre europea con África ha conseguido sostener desde 2022. La segunda es tecnológica. Colocar la inteligencia artificial civil en la declaración final responde a una carencia evidente: Rusia no puede competir en inversión con Washington o Pekín, pero sí puede vender marcos regulatorios, formación y soberanía de datos a Estados que quieren desengancharse de los proveedores occidentales. La tercera capa es comercial, y ahí manda el trigo.

Rusia es el mayor exportador mundial de trigo, y Moscú ha convertido el cereal en instrumento diplomático desde que en julio de 2023 suspendiera el acuerdo del Mar Negro. Ningún socio europeo puede ofrecer esos volúmenes a corto plazo. Egipto, Argelia, Nigeria, o Sudáfrica compran por precio y por logística, no por afinidad ideológica.

Una cumbre con casi 50 delegaciones no mide amistad: mide quién sigue dispuesto a sentarse a la mesa cuando el anfitrión está sancionado.

El gesto no es nuevo. Otra cosa es el resultado.

El grano, el Sahel y el hueco que dejaron Francia y la UE

Tres de los países que más peso tienen en el Sahel —Malí, Burkina Faso y Níger— comparten una trayectoria que explica por qué Moscú llega a esta cumbre con viento de cola. Los tres formaron la Alianza de Estados del Sahel, rompieron con la CEDEAO y consumaron su salida en enero de 2025. Antes, Francia había replegado la operación Barkhane y las últimas tropas galas abandonaron Níger a finales de 2023; Estados Unidos tuvo que desmontar su base de Agadez en agosto de 2024. El hueco lo ocupó el África Corps, la estructura que el Ministerio de Defensa ruso articuló sobre los restos de Wagner.

La dimensión de seguridad es la más tangible del foro. Los acuerdos que se firman en Moscú rara vez incluyen condicionalidad política o cláusulas de derechos humanos, y ese es exactamente el atractivo para gobiernos que han roto con París o con Washington. Nadie regala nada: la contrapartida llega en forma de acceso a recursos, contratos de minería y votos en foros multilaterales. Una parte de los Estados africanos ha respaldado resoluciones de la Asamblea General de la ONU que critican a Moscú; otra se abstiene con disciplina. La cumbre no va a cambiar ese mapa, pero lo consolida.

Para Argelia y Marruecos, los dos vecinos del sur que más importan a España, la cita tiene lecturas distintas. Argel mantiene desde hace años una relación militar estrecha con Rusia —desde cazas Su-30MKA hasta sistemas antiaéreos S-300— y llega a Moscú con interés en el grano y en la tecnología. Rabat observa con recelo cualquier refuerzo ruso en el Sahel, porque su propia seguridad fronteriza y su posición en el Sáhara dependen de que el arco saheliano no se convierta en santuario de grupos armados.

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Equilibrio de Poder

El eje Washington-Moscú-Bruselas se lee aquí con una asimetría incómoda para Europa. Estados Unidos ha reordenado sus prioridades hacia el Indo-Pacífico y trata África como teatro subsidiario; su huella militar en el Sahel se ha reducido a la mínima expresión tras las expulsiones de Níger y Chad. Bruselas tiene dinero y discurso —el Global Gateway, la cumbre UE-Unión Africana de 2022— pero le falta músculo sobre el terreno desde que Francia se retiró. Moscú, con una economía sancionada y un volumen comercial con África que sigue siendo una fracción del europeo, gana presencia relativa porque simplemente sigue allí. Europa pierde por desatención, no por derrota.

Para España el impacto es indirecto y a la vez muy concreto. La frontera sur se juega en tres frentes: las rutas migratorias atlánticas que desembocan en Canarias y que se activan cuando el Sahel se desestabiliza; la seguridad de Ceuta y Melilla, pendiente del humor de Rabat; y el suministro energético, con Argelia entre los principales proveedores de gas. A eso se suma el compromiso de gasto en defensa adquirido con la OTAN, que absorbe recursos que en otro escenario habrían ido a cooperación al desarrollo en la región.

La lectura a cinco años es la de una competencia de baja intensidad en la que Europa lleva las de perder si no corrige el rumbo. La Conferencia de Berlín de 1884-1885 repartió el continente sin un solo africano en la sala; la cumbre de Moscú hace lo contrario en la forma y no siempre en el fondo. Putin no necesita que casi 50 delegaciones compartan su visión del mundo. Le basta con que se sienten, firmen un plan trienal y posen para la foto. Queda el papel: la declaración final del 29 de octubre y el arranque del plan 2027-2029 dirán cuánto de ese capital diplomático se convierte en contratos. Lo seguiremos mirando.