Serbia rechaza sancionar a Rusia pese a la presión de Bruselas

La Lista Estudiantil, ganadora con el 52,73% de los votos preliminares, descarta medidas contra Moscú, según su portavoz. La exención estadounidense sobre la refinería NIS expira el 30 de octubre.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? La Lista Estudiantil, ganadora de las parlamentarias del 25 de octubre con el 52,73% de los votos preliminares, descarta imponer sanciones a Moscú.
  • ¿Quién está detrás? Jovo Bakić, profesor universitario y portavoz del movimiento; el expresidente Aleksandar Vučić, que ya ha reconocido la derrota, y una Comisión Europea que lleva años exigiendo alineamiento exterior a Belgrado.
  • ¿Qué impacto tiene? Salta la condición política que Bruselas considera irrenunciable en el capítulo 31 de la adhesión, el que regula la política exterior y de seguridad común.

Serbia no aplicará sanciones a Rusia, según confirma el movimiento estudiantil que ganó el domingo las elecciones con el 52,73% de los votos.

El recuento provisional convierte a la Lista Estudiantil en la fuerza más votada del país y cierra una década de dominio de Aleksandar Vučić, que ha reconocido la derrota. El portavoz del movimiento, el profesor universitario Jovo Bakić, fue el encargado de fijar posición exterior este lunes, apenas veinticuatro horas después del escrutinio, en una entrevista con RT Balkan. Su mensaje no admitía matices.

‘Respetamos a Rusia como gran potencia y como socio históricamente importante y, en muchas ocasiones, protector’, dijo Bakić. ‘En ese terreno no habrá cambios.’ El profesor recurrió además al recuerdo de las sanciones de la ONU contra la antigua Yugoslavia en los años noventa para explicar por qué Belgrado no piensa repetir la jugada: unas restricciones impuestas por ‘la pequeña Serbia’ apenas afectarían a Moscú, pero serían simbólicamente muy malas para el país.

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El movimiento que ha ganado las elecciones no nació en un despacho. Surgió de casi dos años de protestas contra el Gobierno tras el derrumbe de la marquesina de la estación de tren de Novi Sad en noviembre de 2024, que causó 16 muertos. Su campaña se centró en reformas internas —justicia, anticorrupción, gestión pública— y dejó sin respuesta varias preguntas incómodas de política exterior. La de Rusia era la primera de la lista.

En ese vacío se ha instalado la ambigüedad. Según Reuters, los principales candidatos del movimiento han anticipado que el nuevo Ejecutivo detendrá las exportaciones de armas a zonas de conflicto, incluidas las ventas a intermediarios occidentales que después reenvían material a Ucrania. Belgrado siempre ha negado el suministro directo a Kiev, aunque Vučić llegó a admitir que los compradores europeos decidían el destino final de la munición serbia. El expresidente, ya en retirada, advirtió este fin de semana de que Serbia podría abandonar su resistencia y plegarse a las sanciones contra Moscú en cuestión de meses.

Bruselas puede exigir alineamiento en el capítulo 31; lo que no puede es imponerlo a un gobierno que acaba de nacer con el 52,73% de los votos.

El gas ruso, la refinería y el waiver que expira el viernes

La política exterior es la parte visible. La infraestructura es la que decide. Rusia cubre en torno a tres cuartas partes del consumo de gas serbio, y en marzo de este año Vučić anunció que Vladímir Putin había aceptado mantener los suministros en términos favorables, con precios muy por debajo de los que paga la mayor parte de Europa. El acuerdo se prorrogó hasta finales de 2026. Cualquier gobierno que quiera romper con Moscú tendrá que explicar antes qué hace con ese contrato.

El punto caliente, sin embargo, es el petróleo. La petrolera NIS, de mayoría accionarial rusa, opera la única refinería del país y arrastra sanciones de Estados Unidos. El grupo húngaro MOL negocia la compra del paquete ruso, mientras la exención temporal estadounidense —el waiver— que permite a la compañía seguir operando expira el 30 de octubre. NIS ya ha solicitado una nueva prórroga. Si no llega, el país se juega el abastecimiento de carburante en semanas, no en años.

El calendario manda.

Preguntado por la presión para abandonar el suministro energético ruso, Bakić fue tajante: ‘No estamos aquí para satisfacer a los extranjeros, sino para actuar en interés nacional’. La frase resume el cálculo. Serbia es candidata a la UE desde 2012, negocia desde 2014 y sigue sin cerrar capítulos por el veto político de Bruselas, que exige alineamiento con las sanciones como condición previa. El analista Fiódor Lukyánov, una de las plumas más seguidas en los círculos próximos al Kremlin, publicó este lunes un comentario titulado, sin más, ‘La derrota de Vučić’. Desde Moscú, el portavoz Dmitri Peskov se limitó a expresar su deseo de mantener ‘relaciones mutuamente beneficiosas’ y recordó que ‘hacen falta dos para bailar un tango’.

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Ahí está el nudo.

Equilibrio de Poder

Washington tiene en la mano la palanca más barata de todo el tablero: la exención sobre NIS. No necesita portaaviones ni declaraciones grandilocuentes para condicionar la política energética de un país candidato; le basta con dejar vencer un papel cada noventa días. Es la clase de poder transaccional que la administración Trump ha convertido en doctrina: prioridad al Indo-Pacífico, Europa gestionada por la vía del coste y del expediente, y los Balcanes como tablero de bajo mantenimiento. Moscú conserva dos activos que no le cuestan dinero: el gas y el apoyo diplomático en el expediente de Kosovo. Y Bruselas afronta la contradicción de siempre, exigir a los candidatos un alineamiento exterior que no ha sabido imponer a dos Estados miembros, Hungría y Eslovaquia, que mantienen su dependencia de los hidrocarburos rusos y siguen sentados en la mesa del Consejo.

Para España hay una arista que Madrid rara vez explicita en público. España es uno de los cinco socios que no reconoce la independencia de Kosovo, una posición de principio sobre integridad territorial que la convierte en el país más comprensivo de la UE con las líneas rojas serbias. Esa sintonía no es gratuita: si Bruselas convierte el alineamiento exterior en un examen de entrada automático, el precedente se vuelve incómodo para cualquier capital que defienda una doctrina propia sobre secesiones y reconocimientos. A eso se suma el interés económico en un corredor —el eje Belgrado-Bar y las rutas hacia el Egeo— por el que circulan mercancías y energía con destino al Mediterráneo, y donde una sacudida del diésel serbio puede notarse en los precios mayoristas del sur de Europa en cuestión de días. La ficha de la adhesión de Serbia a la Unión Europea acumula más de una década de capítulos abiertos y cerrados a medias.

Hay un precedente que explica mejor que cualquier comunicado lo que está en juego. En 1992, las sanciones de la ONU contra la República Federal de Yugoslavia arruinaron la economía serbia en tres años y no movieron un ápice la posición de Belgrado sobre Bosnia. Bakić lo ha recordado esta semana sin que nadie en Bruselas haya respondido al argumento. Nuestra lectura es que la UE ha confundido durante años la condición con la palanca: ha construido un sistema que mide el alineamiento retórico y no la capacidad real de influir. Vučić, que firmó acuerdos con Putin y a la vez negoció con Bruselas, representa la versión cínica pero funcional del mismo dilema. Nadie en Bruselas quiere ese titular.

El primer examen no será una cumbre. Será el viernes 30 de octubre, cuando expire la exención estadounidense sobre NIS, con MOL esperando y una refinería que no admite fines de semana largos. Después llegará la formación del Gobierno y, con ella, la prueba de fuego: sostener el discurso soberanista con la factura energética en la mano y la carta de Bruselas sobre la mesa. Serbia no ha elegido bando esta semana. Solo ha decidido que no piensa pagar por cambiar de bando.