La subasta de joyas reales de Sotheby’s en Ginebra ya tiene fecha: el 11 de noviembre. Bajo el epígrafe Royal and Noble Jewels, la sala pone en el mercado piezas que pertenecieron a tres reinas europeas —Ingrid y Alexandrine de Dinamarca y María Amelia de Portugal— y un conjunto de zafiros que la princesa Sibila de Suecia recibió como regalo de boda en 1932.
No es una subasta de joyería al uso. Cada lote arrastra una cadena de transmisiones familiares que arranca en una corte europea y termina en una caja fuerte suiza. Ahí está el valor. La piedra importa, sí, pero el relato pesa más.
Qué se subasta: del brazalete de Alexandrine a los zafiros de Sibila
El lote estrella es un brazalete art déco de esmeraldas y diamantes que fue de la reina Alexandrine de Dinamarca. Mide 180 milímetros y se compone de cientos de diamantes engastados con esmeraldas en cabujón hasta formar un brazalete de puño cuando se cierra sobre la muñeca. Sotheby’s le ha puesto un precio de salida de 35.000 francos suizos. La pieza pasó de Alexandrine a su hijo, el príncipe Knud; la lució después su esposa, la princesa Caroline-Mathilde; más tarde fue a parar a la princesa Elisabeth de Dinamarca y volvió a subasta en Copenhague en 2022.
Un segundo conjunto, este con más carga histórica, es una demi-parure de collar y pendientes de zafiros y diamantes, con un precio de salida de 220.000 francos suizos. Sibila de Suecia los recibió en 1932 de manos de Fernando, el zar depuesto de Bulgaria. La tradición familiar sostiene que esos zafiros habían pertenecido antes a la zarina María Fiódorovna, nacida princesa Dagmar de Dinamarca. La cadena —Copenhague, Sofía, San Petersburgo, Estocolmo— explica mejor que cualquier catálogo cómo ha funcionado siempre el mercado joyero entre las casas reales: regalos de boda que, tres generaciones después, aparecen en un lote con número.
Las piezas suecas salen al mercado tras el fallecimiento de la princesa Birgitta, hermana mayor del rey Carlos XVI Gustavo, que las heredó de su madre. Un broche con un zafiro padparadscha de 23 quilates, montura de milgranos, y diamantes, que lucieron madre e hija, parte con una estimación mínima de 40.000 francos. Dos anillos de Sibila —uno con zafiro y esmeralda en aspa, otro solo de zafiros y diamantes— arrancan en 2.800. Un anillo con una esmeralda de casi ocho quilates aspira a 18.000.
A todo ello se suma un collar de perlas de semilla y diamantes que fue de Margarita de Connaught, princesa heredera de Suecia y abuela de Birgitta, con pujas desde 1.400 francos. De Portugal llega un brazalete de esmeraldas y diamantes de la reina María Amelia, la última reina consorte del país, que podría alcanzar los 100.000 francos, y un broche a juego. De Dinamarca, un estuche de plata y esmalte para cigarrillos y polvos que fue de Ingrid, abuela del actual Federico X, por 5.000.
Una joya de corte no vale tanto por sus quilates como por la mano que la lució: ese es el sobreprecio que paga el comprador.
La lectura de fondo: la memoria dinástica como activo de mercado

El resto del catálogo completa el mapa. Hay un brazalete con el llamado Zafiro Románov, gema que formó parte de las joyas de la Corona rusa; un zafiro sin montar de más de 13 quilates, procedente de una familia real europea que la sala no identifica, con estimación de hasta 30.000 francos; y un par de broches de rubíes y diamantes de otra casa real sin nombre por 3.500. Sotheby’s identifica al propietario cuando puede. Cada apellido confirmado en la ficha se traduce en un porcentaje sobre el precio de salida.
Ese punto es el que convierte la cita de Ginebra en algo más que una curiosidad de coleccionistas. Las casas reales europeas han defendido durante dos siglos que sus joyas son patrimonio dinástico y no fortuna privada. La realidad es más porosa: las piezas circulan por herencias, particiones y ventas discretas, y cada generación decide qué conserva y qué deja marchar. Lo que se verá el 11 de noviembre no es una excepción, sino la norma que rara vez se publicita. Quien quiera seguir la pista dinástica tiene las webs oficiales de la Casa Real danesa y de la Casa Real sueca, que documentan estas líneas sucesorias con detalle.
Análisis: el patrimonio real, entre la vitrina y la dispersión
He seguido subastas de este tipo durante años y el patrón se repite. Cuando la sala puede escribir un nombre propio en la ficha, el precio de salida se convierte en suelo y no en techo. Cuando no puede, la pieza se vende por lo que pesa. Esa asimetría explica por qué el brazalete danés de Alexandrine parte de 35.000 y el conjunto sueco de Sibila arranca en 220.000: no hay tanta diferencia de material como de genealogía acreditada.
Hay, además, un matiz institucional que conviene no perder de vista. Las coronas europeas que mejor han protegido su relato —la británica, la neerlandesa, la danesa— han hecho de la vitrina su principal herramienta de legitimación: exponen, documentan y explican. Las que optaron por el silencio vieron cómo el mercado llenaba ese vacío con precios. El riesgo para la Corona sueca no es la venta en sí, sino que la memoria de Sibila y de Birgitta acabe construida por un catálogo de subastas y no por la propia casa real. Es un riesgo menor, desde luego, pero acumulativo.
El 11 de noviembre, el martillo dirá cuánto vale la memoria. La respuesta estará en francos suizos.
Claves del Protocolo y Estado
- Contexto del acto: Sotheby’s Ginebra celebra el 11 de noviembre la subasta Royal and Noble Jewels, con piezas de tres reinas europeas y de la princesa Sibila de Suecia.
- El detalle de protocolo: las joyas proceden de herencias particulares y no de colecciones oficiales de la Corona, lo que permite su salida al mercado sin intervención de las casas reales.
- Próximos pasos: el martillo pondrá precio a cada lote el 11 de noviembre en Ginebra; el catálogo completo y las condiciones de puja figuran en la web de la sala.

