Resulta fascinante observar cómo el destino, con su fina ironía habitual, desdibuja los discursos políticos redactados a golpe de tuit por uno de los ministros más polémicos del sanchismo. Durante meses hemos escuchado al ministro de Transportes, Óscar Puente, defender el ferrocarril español con el entusiasmo de un comercial convencido de que vende productos indestructibles.
Para el ministro, el tren español era el más seguro del mundo y cualquier crítica de la oposición respondía únicamente a un complot mediático impulsado por las ganas de sacarle de su sillón. Sin embargo, la terca realidad ha vuelto a irrumpir en las vías a la altura de Toledo. Otro accidente que eleva a más de 100 los muertos en España por diversos sucesos ferroviarios, unos números que desde la oposición se tildan de tercermundistas.
En su comparecencia, tras el trágico accidente de Urda, Óscar Puente tuvo que enfrentarse a los micrófonos tras la colisión por alcance sufrida en la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla y no fue tan cómodo como su reciente aparición con Marc Giró. Con gesto serio, el ministro no ha dudado en calificar el suceso de «inverosímil», un adjetivo sumamente oportuno cuando lo imposible ocurre justo bajo tu gestión.
Al parecer, y según indicaciones del político vallisoletano, el infalible sistema automatizado de seguridad decidió tomarse un descanso, obligando a cambiar al control manual y desencadenando un fallo en cadena. Y así, lo que en el papel era una probabilidad prácticamente nula, terminó convirtiéndose en un impacto sobre raíles que deja al descubierto las costuras del relato oficial y nuevamente un elevado número de fallecidos.

Del sketch en televisión al choque con la realidad
La hemeroteca, ese monstruo implacable que no perdona a los políticos amantes del foco, guarda recuerdos muy incómodos de los últimos días. No hace mucho veíamos al propio Óscar Puente participando entre risas en un programa de televisión del citado Marc Giro, bromeando sobre los problemas cotidianos de la infraestructura con frases como «vaya por Dios, como si no tuviéramos bastante con la Renfe ya».
Las bromas y la socarronería sobre el servicio ferroviario resultaban muy ágiles para el espectáculo nocturno, pero adquieren un matiz infinitamente más amargo cuando la red nacional pasa de las averías puntuales a los siniestros de gravedad en las vías. Unas bromas que han indignado mucho a algunos familiares de las víctimas del accidente de Adamuz de ha ce unos meses. Puente ha ignorado esto último para seguir siendo ese ariete impertinente del sanchismo.
El arte de abrocharse al sillón
Durante la comparecencia de ayer el ministro fue preguntado de manera inevitable sobre si pensaba asumir responsabilidades políticas y dimitir tras el desastre, el titular de Transportes ha dejado una de esas frases para el recuerdo de la oratoria institucional: «Ahora no estoy pensando en mí».
Una respuesta cargada de una generosidad casi épica, porque cuando el fuego aprieta, nada demuestra más sacrificio que quedarse al frente del ministerio. Pero en realidad el juego electoral está en marcha y sabe que su salida por un tema de este calibre puede costarle las escasas posibilidades a los socialistas de mantener el poder en las próximas elecciones generales del 29 de noviembre.
Quienes pedían su dimisión antes del accidente se encontraban, según sus propias palabras anteriores, con un ministro que presumía de que le atacaban precisamente porque hacía muy bien su trabajo. Hoy, con la versión oficial mutando entre errores humanos e incendios técnicos, el ministro prefiere aplazar cualquier reflexión sobre su puesto, demostrando que si algo funciona a la perfección en la red ferroviaria, es el sistema de anclaje de su propio asiento.

La culpa siempre viaja en el vagón de al lado
En el universo narrativo del ministerio, el problema nunca parece reside en la gestión propia ni en el estado real del mantenimiento de la red. Si los convoyes sufren retrasos crónicos, la responsabilidad se adjudica de inmediato al fabricante del material rodante; si los trenes se quedan varados en los túneles a oscuras, el fallo se atribuye a contingencias meteorológicas imprevisibles.
Sin embargo, cuando la cadena de errores termina en un choque de trenes en una línea de alta velocidad, el argumentario del «no hay un problema de inversión« empieza a chirriar con la misma fuerza que un frenado de emergencia. Cuando el realmente en la época con más carga fiscal de la historia para los españoles, los servicios se ha visto bastante deficitarios, algo que invita a pensar al contribuyente que el dinero va para otro lado,
Al final, la comunicación política resiste casi cualquier envite, pero los raíles no entienden de tuits ingeniosos ni de salidas de tono parlamentarias. Los usuarios que día a día abarrotan los andenes no necesitan grandes discursos para comprobar que las averías recurrentes han dejado de ser anécdotas aisladas para convertirse en rutina. Mientras el ministro continúa con su particular maratón de explicaciones y balones fuera, el pasaje contempla con resignación cómo la distancia entre la idílica red de alta velocidad que se vende en los despachos y la que discurre sobre el balasto es cada vez más ancha. Resignados los españoles se preguntan donde será la siguiente tragedia.
