El Africa Corps retoma Kidal sin combatir, pero la guerra del Sahel se decide ahora entre JNIM y el Estado Islámico.
Kidal, tomada sin un disparo: el relato vale más que el terreno
El 6 de octubre, una fuerza conjunta del Ejército maliense y de los mercenarios rusos del Africa Corps entró en la histórica plaza fuerte tuareg sin que se disparara un tiro. Cinco meses antes, en junio, las fuerzas gubernamentales y los hombres de Moscú habían sido expulsados de allí por una coalición de separatistas tuareg y yihadistas de Al Qaeda. La toma no sorprendió a nadie que siga el expediente.
La razón política explica el despliegue mejor que cualquier mapa: la junta de Bamako no puede permitirse abandonar Kidal porque es el eje de su relato de unificación nacional. Ya denunció en su día los Acuerdos de Argel que firmó el Gobierno anterior en 2015 con las facciones rebeldes, hoy integradas en el Frente de Liberación de Azawad (FLA), aliado a su vez con Jama’at Nusrat al-Islam wal-Muslimin (JNIM), la filial saheliana de Al Qaeda. Bamako necesitaba una bandera, no un aeródromo.
La operación tampoco fue solo maliense. El Africa Corps mantenía las instalaciones militares de Aguelhok y Anefis, al oeste de Kidal, reforzadas a lo largo del verano por las fuerzas armadas malienses. Fuentes del FLA y de JNIM citadas por The Soufan Center confirman que intentaron asaltarlas sin éxito. En julio, Anefis cayó en buena parte en manos de JNIM, pero el acuartelamiento resistió. Los rusos conservaron sus bases, no la ciudad.
Anatomía de la retirada: agua racionada, cuarenta vehículos y drones turcos

La decisión de abandonar Kidal se tomó y se ejecutó la noche del 5 de octubre. El FLA la justificó con un argumento técnico: era imposible defender el casco urbano y hacer frente al mismo tiempo al poder aéreo ruso y maliense, compuesto sobre todo por drones de fabricación turca y rusa. Una de sus fuentes lo describe sin épica: ‘El 90 por ciento de las infraestructuras estaba destruido: edificios oficiales, escuelas y hasta las torres de agua. El agua había que traerla de fuera. Ninguno de nuestros dirigentes ha pasado una noche en Kidal desde abril, y últimamente no teníamos más de cuarenta vehículos en la ciudad’.
Kidal no se ha perdido en el campo de batalla. Se ha abandonado cuando el coste de defenderla superaba ya el de perderla.
Un mando de JNIM lo remata: ‘No buscamos el control territorial; libramos una guerra de desgaste contra la junta maliense y no nos va a apartar de nuestro objetivo una batalla que no elegimos’. Conviene leer esa frase dos veces, porque contiene la doctrina del adversario.
Porque JNIM no juega a gobernar provincias. Juega a desbordar al Estado: ataques simultáneos en el norte, el centro y el oeste, guerra económica contra los corredores de suministro y operaciones de información que erosionan la legitimidad de la junta. La guerra de desgaste empieza siempre por el relato.
Ahí está el negocio.
El detalle del repliegue vale más que el comunicado oficial. Los testimonios describen una guarnición sin capacidad de sostenimiento: menos de cuarenta vehículos en la ciudad en las últimas semanas, ni un dirigente pernoctando allí desde abril, agua por camión y la infraestructura civil arrasada. Es tradecraft de guerrilla pobre, pero es tradecraft: cuando el adversario corrige el tiro con imágenes de dron, la ciudad se convierte en una ratonera y la retirada deja de ser una derrota para convertirse en una decisión táctica.
Las bases de Aguelhok y Anefis son la otra mitad de la ecuación. Anefis quedó en buena parte en manos de JNIM en julio, pero el acuartelamiento siguió fuera de su alcance. Quien conserva un acuartelamiento conserva la capacidad de volver. Y volvieron el 6 de octubre, con una columna ligera que no encontró resistencia.
Dossier Moncloa: Ojos en la Sombra
Vector de amenaza. Aquí no hay ciberataque ni bandera falsa: el vector dominante es una insurgencia de desgaste con tres capas superpuestas —la yihad global de JNIM, el separatismo tuareg del FLA y el mercenariado de Estado ruso bajo la marca Africa Corps— más una capa de operaciones de información que fabrica el relato de victoria en Bamako y en Moscú. No hay ciberataque: el vector es la insurgencia. Si usted busca la firma técnica, la encontrará en el empleo de drones de reconocimiento para corregir fuego de mortero y cohetes, un patrón que JNIM repite en Sévaré, en Konna y en Dioura.
Agencias implicadas. Ataca, en primera línea, JNIM con apoyo de redes del FLA. Defiende la junta maliense con el Africa Corps, heredero del aparato Wagner y hoy bajo tutela del Ministerio de Defensa ruso. Y miran: Argelia, que envió un escuadrón de cuatro Su-30 a Niamey un día después del intento de golpe del 28 de agosto; Marruecos, cuyo DGED lleva años tejiendo red en el Sahel; la DGSE francesa, fuera del tablero pero no del expediente; y Estados Unidos, que sigue la pista de los rehenes. En España, el CNI observa desde fuera y el CCN-CERT no tiene aquí un vector propio, aunque la guerra de información toca de lleno a nuestras comunidades en la región.
Nivel de clasificación estimado. El material de base es abierto —un IntelBrief firmado por Wassim Nasr, investigador sénior de The Soufan Center—, pero descansa sobre HUMINT en contacto directo con mandos del FLA y de JNIM. El mapa de acuartelamientos sería material Confidencial en cualquier servicio aliado. El precedente del oficio es conocido: en 2012, la caída del norte de Malí sorprendió a media Europa con una montaña de informes que nadie leyó juntos.
Mi lectura es que Moscú ha comprado un relato, no una posición. Kidal no vale estratégicamente casi nada —la amenaza yihadista se concentra en el centro del país y en el entorno de la capital—, pero sirve para vender en África que Rusia recupera ciudades que Occidente perdió. El punto débil es la atribución: las cifras de bajas y de control territorial proceden de fuentes partisanas, JNIM y FLA, y no hay verificación independiente sobre el terreno. Tomar sus datos como hechos sería un error de oficio.
Mutaraka: la tregua que las juntas no firman pero aplican
Mientras Kidal se vaciaba, la guerra de verdad seguía en el centro. El 10 de septiembre, el asalto al acuartelamiento de Dioura dejó al menos 150 soldados muertos y, según los propios yihadistas, 95 secuestrados. Se llevaron 19 cohetes de 122 milímetros, fusiles de asalto, ametralladoras pesadas lanzacohetes, morteros, vehículos y munición. El arsenal del enemigo es la logística propia: en el Sahel, lo capturado vuelve al frente en semanas.
Después llegaron Djenné, Konna y los ataques nocturnos con mortero y cohetes guiados por imágenes de dron contra el aeródromo de Sévaré, donde JNIM asegura haber dañado cuatro Bayraktar TB2 y varios helicópteros. En Niamey, la detención de una célula de cinco yihadistas que preparaba un asalto al palacio presidencial, con taxis como vehículo de aproximación al aeropuerto, revela un nivel de planificación que no se improvisa.
Y en paralelo, la otra guerra: JNIM contra el Estado Islámico del Sahel (ISSP). Desde primeros de septiembre se han enfrentado en la frontera entre Malí y Burkina Faso. N’daki, el 2 de septiembre, dejó cientos de muertos que cada bando infla a su gusto; el 8 de octubre, una batalla mayor cerca de Tessit, con el ISSP reclamando 400 muertos de Al Qaeda. El resultado sigue sin determinarse.
Ahí se entiende la mutaraka, esa tregua no declarada que las juntas aplican de facto con el ISSP. El espacio vital de expansión del Estado Islámico está en territorio de JNIM, no en el gubernamental. A las tres juntas, JNIM les supone una amenaza política de primer orden; el ISSP plantea un desafío de seguridad real pero sin horizonte político que les interese. Dejar que se desangren resulta tentador. También es temerario. El ritmo lo marcan los yihadistas, no las juntas.
La foto es Kidal. La guerra es otra.
Lo que esto significa para España y para la frontera sur
Le pongo en contexto: España lleva años fuera del terreno maliense, pero no del expediente. La salida del contingente español de la misión europea de formación en Malí cerró una etapa, no el interés. El Sahel es hoy uno de los corredores que alimenta las rutas migratorias hacia Canarias, la zona donde operan las redes de secuestro que negocian con rehenes europeos y el espacio donde Rabat y Argel se disputan influencia con servicios propios sobre el terreno.
Para el CNI, el seguimiento de JNIM y del ISSP es contrainteligencia pura: fuentes humanas, contactos tribales y lectura fina de la competición argelino-marroquí. Me consta que en la comunidad no hay prisa alguna por volver a desplegar; verá usted que la prioridad es anticipar a quién van a golpear y quién va a ocupar el hueco. Sostuve hace años en El quinto elemento que el próximo 11S empezaría con un clic. En el Sahel, ese clic lleva forma de vídeo de propaganda antes que de explosivo.
He seguido durante años la estela del yihadismo saheliano y reconozco un patrón: cada vez que una junta necesita una victoria, la encuentra en el desierto y la pierde en el centro. El Sahel decide quién negocia con Europa. Con el final de la temporada de lluvias, la presión sobre el centro de Malí y sobre el eje de Sévaré se va a intensificar, y ahí se medirá de verdad si Bamako gana tiempo o pierde el relato. Lo veo así: Kidal es la foto que Moscú necesitaba. La película se rueda en otra parte.

