EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? El Kremlin ha calificado de ‘imposible’ el plan que The Wall Street Journal atribuye a Washington para reabrir el tránsito de gas ruso por Ucrania como parte de un alto el fuego energético.
- ¿Quién está detrás? Dmitri Peskov, portavoz de la Presidencia rusa, responde a un esquema diseñado por los enviados estadounidenses Jared Kushner y Steve Witkoff, que se apoyaría en un intermediario de EE.UU. para esquivar las sanciones europeas.
- ¿Qué impacto tiene? Llega con el gas europeo en máximos de casi cuatro años y Bruselas manteniendo el apagón total al gas ruso para finales de 2027. Para España, la clave está en la formación de precio en el hub y en la competencia con el gas argelino.
El Kremlin tacha de ‘imposible’ la vuelta del gas ruso a Europa por Ucrania. Dmitri Peskov, portavoz de la Presidencia rusa, enfrió este lunes el plan que Washington presenta como pieza de un alto el fuego energético, y lo hizo con la fórmula que en Moscú se emplea para no cerrar ninguna puerta: ‘La situación sobre el terreno habla por sí sola’.
Por qué Washington rescata ahora el corredor que ayudó a enterrar
La noticia no nace en Moscú, sino en The Wall Street Journal. El diario estadounidense publicó este lunes que la Casa Blanca presiona para una reanudación rápida de las exportaciones de gas ruso a través de Ucrania, citando a funcionarios estadounidenses, europeos y ucranianos. El esquema se apoyaría en un intermediario norteamericano que colocaría el gas ruso en el mercado europeo y permitiría, de facto, esquivar el régimen de sanciones comunitario. Los enviados Jared Kushner y Steve Witkoff ya lo pusieron sobre la mesa en sus visitas a Moscú y Kiev en septiembre.
El envoltorio diplomático es un alto el fuego energético: cesar los ataques mutuos contra infraestructura crítica antes de las conversaciones trilaterales entre Rusia, Ucrania y Estados Unidos previstas en Abu Dabi este mes de noviembre. Bajo ese paraguas, Kiev cobraría cánones de tránsito y los inversores estadounidenses se quedarían con el margen de la comercialización. Dos negocios a la vez, y ninguno de ellos ruso.
Peskov no cerró la puerta del todo. ‘Veremos qué pasa en el futuro. Todo dependerá de la disposición de los compradores, de la disposición de los vendedores y de las capacidades de los vendedores’, dijo a los periodistas. Es la gramática habitual del Kremlin: negar el corto plazo para no hipotecar el medio. En octubre ya había reiterado que Moscú persigue una paz duradera y no un armisticio parcial, lo que choca de frente con la lógica de Washington, que busca una pausa verificable antes de sentarse a negociar en serio.
El corredor está cortado desde el 1 de enero de 2025, cuando Kiev se negó a renovar el acuerdo quinquenal de tránsito que mantenía con Moscú. Fue el cierre de una de las últimas grandes venas de suministro ruso hacia Europa. Bruselas mantiene el calendario de eliminación total de las importaciones de gas ruso para finales de 2027 y la Comisión Europea ya ha rechazado la idea de recuperar compras a gran escala. El plan de Kushner y Witkoff no necesita el permiso de Bruselas para existir; sí lo necesita para funcionar.
Ningún gobierno europeo quiere comprar gas ruso. El problema es que tampoco quiere pagar el precio de no tenerlo.
El invierno, el precio y el negocio que se reparte Washington
El contexto material es incómodo. El gas europeo cotiza en máximos de casi cuatro años y las reservas afrontan el invierno más vacías de lo habitual. El consejero delegado de Gazprom, Alexéi Miller, advirtió la semana pasada de que el precio podría más que duplicarse hasta los 2.500 dólares por cada mil metros cúbicos si el invierno viene frío. Es la previsión de un vendedor interesado y como tal debe leerse. Pero explica por qué varios gobiernos europeos, según el rotativo neoyorquino, miran con atención cualquier fórmula que rebaje la factura.
En ese mismo paquete aparece la resurrección de Nord Stream, el doble gasoducto del Báltico saboteado en septiembre de 2022. Putin sostiene que el ramal superviviente, Nord Stream 2, puede reanudar el bombeo ‘con pulsar un botón’. Un alto funcionario estadounidense citado por el diario llega a afirmar que Angela Merkel se equivocó al impulsar el proyecto sin una arquitectura de seguridad previa aceptable para Rusia. La frase, viniendo de Washington, tiene miga: es la justificación retroactiva de un giro que hace tres años era impensable en boca norteamericana.
Equilibrio de Poder
La lectura estratégica es otra cosa. En el eje Washington-Moscú-Bruselas, la administración Trump actúa como intermediario comercial de un recurso que su propio país vende a Europa como alternativa. Estados Unidos es hoy el primer proveedor de gas natural licuado del continente, y cualquier acuerdo que devuelva moléculas rusas al sistema europeo comprime ese mismo mercado. No es una contradicción accidental: es el precio de un enfoque transaccional en el que la paz en Ucrania se negocia con balances energéticos sobre la mesa.
Para España el impacto es indirecto en volumen y directo en precio. El mix español apenas contiene moléculas rusas desde 2022, pero la factura se forma en el hub europeo, y con seis plantas regasificadoras —en torno a un tercio de la capacidad comunitaria de regasificación están en España— el país absorbe cualquier tensión del sistema. A eso se suma el flanco sur: si el gas ruso vuelve a Europa con descuento, el argelino pierde cuota y Argel ve comprometidos unos ingresos que sostienen su presupuesto y su estabilidad interna. Medgaz no transporta solo gas; transporta influencia en el Magreb y, por extensión, en el Sahel.
Hay precedente. En enero de 2009, una disputa de precios entre Moscú y Kiev dejó a media Europa sin gas durante dos semanas en pleno invierno. Entonces se aprendió que los corredores de tránsito son instrumentos políticos antes que infraestructura comercial. La crisis actual añade una capa nueva: ya no se discute quién paga el gas, sino quién se queda con el margen de intermediarlo.
La lectura a cinco años es incómoda para las tres capitales. Si el plan avanza, Europa recupera competitividad industrial y pierde palanca sancionadora. Si se bloquea, mantiene el principio político y asume inviernos caros hasta que el despliegue renovable y el GNL alternativo cierren la brecha. Moscú, mientras, gana en ambos escenarios: o cobra, o contempla cómo Bruselas se divide.
El próximo hito es la cita trilateral de Abu Dabi de este mes. De lo que salga de allí depende que el ‘imposible’ de Peskov sea una posición negociadora o un epitafio. Después queda el calendario europeo: la eliminación total del gas ruso, fijada para finales de 2027, tendrá que sobrevivir a dos inviernos y a un aliado en la Casa Blanca que ya no la considera intocable.

