En 1862, el barón Davillier y Gustavo Doré recorrieron la València del siglo XIX y la describieron como una ciudad mora.
No era una provocación. Gustavo Doré había emprendido el viaje para documentarse con vistas a ilustrar una nueva edición de Don Quijote, y el barón Jean Charles Davillier —erudito, coleccionista e historiador del arte— resultó el compañero perfecto: él puso las palabras, Doré puso los grabados. La revista francesa Le Tour du Monde publicó las impresiones por entregas entre 1862 y 1873.
Llegaron a València agotados, tras un trayecto en diligencia desde Barcelona. Y lo primero que vieron les descolocó.
La primera impresión: murallas almenadas, calles tortuosas y casas encaladas
Davillier escribe que la ciudad, con las murallas almenadas que la rodean y sus torres con matacanes, “tiene todo el aspecto de una ciudad mora”. Las calles, estrechas y tortuosas; las casas, encaladas según la costumbre árabe; los balcones, cubiertos por cortinas de tela rayada tras las que asomaban, medio ocultas, las mujeres morenas que tanto llamaron su atención.
La indumentaria les ocupó páginas. Los pañuelos de colores enrollados a la cabeza, los zaragüelles de lienzo —que al barón le recordaban las fustanelas albanesas—, las alpargatas y, sobre todo, las mantas de lana a rayas vivas que los hombres llevaban al hombro. “Un valenciano no sale jamás sin su manta”, sentencia el viajero. Fabricadas aquí y distribuidas por toda España, aquellas mantas no eran solo abrigo: servían para transportar la compra, improvisar una silla de montar o dormir al raso.
La Lonja de la Seda, la horchata y el Tribunal de las Aguas
Entre las visitas obligadas, Davillier se detuvo en la Lonja de la Seda, que describió como uno de los edificios más elegantes que había visto nunca. Las columnas helicoidales le parecieron enormes cables de piedra; la sala de contratación, una monumentalidad difícil de narrar. Le sorprendió un detalle que hoy sigue siendo cierto: aunque el edificio se levantó a finales del siglo XV, el comercio de la seda seguía pesando en la economía de la ciudad.
Lo que Davillier describió en 1862 sigue en pie: la Lonja es Patrimonio Mundial y el Tribunal de las Aguas continúa reuniéndose cada semana.
En el mercado coincidió cada mañana con los agricultores de la huerta, que llegaban con naranjas aún unidas a sus hojas, racimos de dátiles y uvas de gran tamaño. Las vendedoras, con moños negros y agujas de plata, fueron retratadas por Doré junto a decenas de escenas populares. Y en algún punto entre el mercado y la catedral descubrió la horchata de chufa: le pareció deliciosa y no hubo manera de averiguar de qué planta salía aquello.
El Tribunal de las Aguas mereció un capítulo aparte. Asistió a una de sus sesiones y la describió como una institución de justicia de una sencillez extraordinaria: los regantes de la huerta resolviendo sus pleitos de palabra, allí mismo, sin abogados ni expedientes. El sistema de regadío heredado de los árabes le pareció igualmente admirable.
La lengua también tuvo su hueco. El barón observó que el valenciano era “un poco menos áspero que el catalán y el mallorquín”, con los que lo emparentaba, y que presentaba pocas analogías con el castellano. Lo relacionó con las hablas del sur de Francia, le atribuyó un origen común en la llamada lengua lemosina medieval y señaló que muchas palabras —entre ellas las de contar— eran idénticas en valenciano y francés.
En la biblioteca le mostraron el ejemplar de las Obres o trobes en llaors de la Verge Maria, impreso en València en 1474 y considerado el primer libro literario impreso en lengua románica de la península. Davillier lo identificó como el primer libro publicado en España. Vio también un Tirant lo Blanch de 1490. Desde lo alto del Micalet contemplaron los tejados blancos, las cúpulas, la huerta inmensa, la Albufera y el mar.
El Escenario Valenciano
Hay algo que conviene retener: las instituciones que asombraron a aquellos dos franceses no eran reliquias de museo, sino mecanismos vivos. El Tribunal de las Aguas sigue celebrando sus sesiones públicas y en 2009 fue reconocido por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La Lonja obtuvo la declaración de Patrimonio Mundial en 1996. Dos reconocimientos que llegaron por la vía institucional, con expediente técnico encima de la mesa.
Esa continuidad tiene hoy su propia trinchera política. El valenciano que Davillier describió como lengua propia sigue siendo objeto de debate en las Corts Valencianes (el parlamento autonómico, con 99 escaños), donde el Consell de Juanfran Pérez Llorca y sus socios de Vox sostienen un modelo lingüístico distinto al que aplicaron los gobiernos de PSPV y Compromís. La Acadèmia Valenciana de la Llengua, creada en 1998, mantiene su criterio normativo mientras la disputa se traslada a la escuela y a la radiotelevisión pública.
La proyección es sencilla: la València que se vende al visitante se parece bastante a la que dibujó Doré. Murallas que ya no están, una huerta que se reduce y un Turia que el barón describió seco “tres cuartas partes del año” y capaz de desbordarse en invierno hasta causar, textualmente, “terribles estragos”. Después llegaron las riadas históricas, la de 1957 y el desvío del cauce. La ciudad aprendió a leer sus propios avisos.
Queda la escena más pequeña. Una tormenta sorprendió a los viajeros en la huerta y se refugiaron en la barraca de un agricultor. El hombre les ofreció fruta y vino; cuando Doré quiso pagar, dijo que no. Davillier tuvo que recurrir a su valenciano para convencerlo de que aceptara una moneda destinada a comprar juguetes para los niños. El detalle desmonta la fama de crueldad que se atribuía a los valencianos.
A dos leguas estaba Manises, adonde fueron en tartana atraídos por la fama de su cerámica. El barón dejó escrito que “bastan dos horas en ella para ser molido”. La València que retrataron era, en fin, una ciudad, que conservaba su herencia árabe, su huerta fértil, sus tradiciones comerciales y una cultura propia.
Ficha del Caso
- El caso: En 1862 el barón Jean Charles Davillier y el dibujante Gustavo Doré recorrieron España para documentar una edición del Quijote. Su paso por València dejó el retrato literario y gráfico más detallado de la ciudad del siglo XIX.
- Datos importantes: El relato se publicó por entregas en Le Tour du Monde entre 1862 y 1873. La Lonja de la Seda es Patrimonio Mundial desde 1996 y el Tribunal de las Aguas, Patrimonio Inmaterial desde 2009. Las Obres o trobes se imprimieron en València en 1474.
- Resumen: Dos siglos después, la València descrita por Davillier y dibujada por Doré sigue funcionando como espejo: sus instituciones históricas continúan activas y su lengua propia sigue siendo materia de disputa política.

