La retirada de UNIFIL deja el sur del Líbano sin cascos azules y con Israel aún desplegado

El mandato expira el 31 de diciembre y los 7.500 cascos azules de 46 países empezarán a replegarse a lo largo de 2027. España, que lidera el sector este desde Marjayún, afronta la salida sin relevo acordado.

La retirada de UNIFIL ya tiene calendario: 7.500 cascos azules saldrán del sur del Líbano a lo largo de 2027 sin relevo cerrado. Israel sigue desplegado en parte del territorio que esa misión vigilaba.

Casi medio siglo después de su despliegue, la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas en el Líbano entra en su fase terminal. Creada en 1978 tras la invasión israelí para restaurar la paz y devolver la autoridad al Gobierno libanés en el sur, la misión la integran hoy unos 7.500 cascos azules de 46 países. Su mandato caduca el 31 de diciembre de 2026, según la ficha oficial de la misión. A partir de esa fecha el personal empezará a replegarse y sus posiciones se entregarán de forma gradual al ejército libanés.

La decisión no nació en Beirut. Llegó por presión de Washington y de Tel Aviv, que llevan años acusando a UNIFIL de no contener a Hezbolá. La administración Trump ha empujado además un recorte del gasto en operaciones de paz y sostiene que la seguridad del sur corresponde al ejército libanés. Traducido: menos cascos azules y más responsabilidad local, con el presupuesto como telón de fondo.

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Dentro de la propia misión el balance es agridulce. UNIFIL ha documentado violaciones y las ha remitido al Consejo de Seguridad, pero no ha podido impedir los ataques israelíes. El mes pasado, tanques israelíes bloquearon un convoy de suministros y las patrullas se cancelaron por los cortes de carretera. Un residente de la zona, Mahdi Yaghi, lo resumía ante la prensa: la misión, dijo, no ha cumplido su papel de proteger a los vecinos del sur.

Del 31 de diciembre a 2027: el traspaso que nadie ha firmado

Sobre el papel el relevo es el ejército libanés. En la práctica esa transferencia tropieza con un problema de geometría: Israel mantiene presencia militar en zonas donde la unidad libanesa debería desplegarse. Entregar posiciones a un ejército que no controla el terreno donde se asientan esas posiciones es un ejercicio de malabarismo. Y nadie lo ha resuelto.

Una misión de paz no se retira el día que se va: se retira el día que alguien acepta ocupar su puesto. Ese día aún no tiene fecha.

En paralelo se mueven dos iniciativas que no cubren el hueco. Francia e Italia han discutido la formación de una nueva coalición internacional, sin acuerdo cerrado hasta hoy. La Unión Europea mantiene una misión propia de entrenamiento de las fuerzas de seguridad libanesas, pero Bruselas insiste en que no está pensada para sustituir a los cascos azules. Ningún país ha ofrecido tropas para una operación de paz sucesora.

El coste humano del último ciclo lo pone el Ministerio de Salud libanés: más de 4.300 muertos y 12.000 heridos en ataques israelíes sobre el país desde principios de marzo. El detonante inmediato fue una oleada de ataques de Hezbolá en represalia por la muerte del líder supremo iraní, Ali Jameneí, en una operación atribuida a Estados Unidos e Israel. Es un extremo que esta redacción no ha podido verificar por vías independientes y que conviene manejar con la cautela que exige cualquier cadena de causalidad en una guerra abierta.

El contingente español, sin paraguas en el sector este

España es uno de los países que más ha invertido en esta misión. La Brigada Libre Hidalgo, con base en la posición Miguel de Cervantes, en Marjayún, ha mandado durante años el sector este y mantiene desplegados en torno a 650 militares, según los datos públicos del Ministerio de Defensa. Sus patrullas dependen de la red logística de Naciones Unidas y de la coordinación con el ejército libanés. Ambas cosas empiezan a fallar antes del cierre oficial.

Hay un precedente que en Madrid nadie ha olvidado. En junio de 2007, un ataque contra una posición española en Jiam mató a seis militares de la brigada. La lección que se extrajo entonces fue que la protección de UNIFIL descansa en la disuasión política, no en la capacidad de combate. Cuando la misión anuncia su salida, esa disuasión se evapora meses antes de que el último vehículo cruce la frontera.

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El repliegue tampoco es neutro en clave interna. El contingente en Líbano es, junto a las misiones en el flanco este, la principal aportación militar exterior de España y una de las pocas con consenso en el Congreso. Deshacerla sin una operación sucesora deja al Ejército de Tierra con menos despliegue real y a Moncloa con un argumento incómodo: en plena carrera presupuestaria hacia el 5% del PIB comprometido en La Haya, la salida del Líbano no refuerza precisamente el relato de potencia media con responsabilidad global.

Equilibrio de Poder

La lectura de Washington es transaccional y coherente con su historial: una operación de paz que lleva casi cinco décadas sin resolver el problema que se le encomendó es, en su contabilidad, un activo tóxico. La Casa Blanca prefiere delegar en el ejército libanés y reservar recursos para el Indo-Pacífico. Moscú, en cambio, gana con el vacío. Un sur del Líbano sin cascos azules debilita la arquitectura multilateral que Rusia lleva años erosionando en el Consejo de Seguridad y deja a Irán y a Hezbolá un terreno con menos testigos internacionales. Bruselas, entre ambos, exhibe su contradicción favorita: proclama autonomía estratégica y no logra reunir una fuerza que sustituya a la que se va.

Para España el asunto toca tres cuerdas. La primera es la defensa: se cierra una misión con casi cinco décadas de experiencia acumulada y se abre el expediente de qué hacemos con las capacidades que allí se entrenan. La segunda es el Mediterráneo: la inestabilidad libanesa empuja rutas migratorias y desestabiliza el flanco oriental justo cuando Rabat y Argel rearman y el Sahel se descompone por falta de actores estatales solventes. La tercera es la política interna, con un Congreso que exige explicaciones cada vez que se mueve un batallón. Ninguna de las tres se resuelve con el silencio que acompaña a esta retirada.

La lectura a cinco o diez años es la de una ONU que pierde uno de sus últimos grandes despliegues terrestres. Eso tiene efecto de arrastre: los países que aportan tropas —España, Italia, Indonesia, Ghana, recalcularán su compromiso con el mantenimiento de la paz si el modelo se juzga fallido. Y el sustituto natural de los cascos azules en un Líbano sin Estado fuerte no es una institución multilateral, sino el ejército israelí y el aparato de Hezbolá. Ese es el dato que ninguna cancillería europea quiere poner por escrito.

La ventana crítica tiene fecha. El mandato vence el 31 de diciembre de 2026 y el Consejo de Seguridad deberá pronunciarse sobre el calendario de salida y las condiciones del traspaso. El próximo informe del secretario general sobre la aplicación de la resolución 1701 dirá si el ejército libanés está en condiciones de asumir el sur. Quien espere una operación de paz sucesora antes de esa fecha se va a llevar una decepción.