Suecia y Finlandia alertan de la escalada rusa en el Báltico: incidentes con cables submarinos

El jefe del Ejército danés admite en Washington que la respuesta 'difícil' es desescalar sin normalizar la agresión. La OTAN estudia cómo responder al acoso a la flota en la sombra sin mover el listón de lo normal.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Suecia y Finlandia reconocen que no tienen una fórmula para contener las operaciones híbridas rusas en el Báltico sin elevar la tensión, después de una cadena de daños en cables y gasoductos submarinos, interferencias de GPS, violaciones de espacio aéreo e incursiones de drones sobre bases y aeropuertos.
  • ¿Quién está detrás? Moscú, según la OTAN y los servicios de inteligencia nórdicos, que vinculan estos episodios con la guerra de Ucrania. El Kremlin lo niega de forma sistemática y sin aportar prueba alguna.
  • ¿Qué impacto tiene? La Alianza calibra una respuesta que no legitime un nuevo umbral de agresión. Para España afecta a su despliegue aéreo en el Báltico, al precio de la energía y a la protección de los cables que amarran la península.

La escalada del Báltico ya no admite improvisaciones: Suecia y Finlandia reconocen que no pueden contener a Rusia sin elevar la tensión. Lo formuló en voz alta el jefe del Ejército danés, el general de división Peter Boysen, en la conferencia anual de la Association of the U.S. Army celebrada en Washington a mediados de octubre: ‘Es una pregunta muy difícil, porque no quieres escalar’.

De ‘lago de la OTAN’ a un mar con demasiados incidentes

Cuando Estocolmo y Helsinki presentaron su solicitud de adhesión en mayo de 2022, buena parte de la Alianza celebró la conversión del Báltico en un lago de la OTAN. Cuatro años después, el lago tiene minas, drones y anclas que cortan cables. La imagen que mejor resume el cambio es la de la fragata de la Flota del Norte Almirante Kasatonov, un buque lanzamisiles guiados fotografiado en el Báltico el pasado 17 de agosto.

El inventario de incidentes es largo y crece por temporadas. El sabotaje de los gasoductos Nord Stream en septiembre de 2022 sigue sin una autoría judicial cerrada. El gasoducto Balticconnector entre Finlandia y Estonia quedó roto en octubre de 2023 por el ancla de un mercante. A eso se suman los daños en cables de datos y de energía del Báltico oriental en 2024, las interferencias sostenidas de GPS sobre la navegación aérea, las violaciones de espacio aéreo por aviones rusos, y vuelos de drones sobre bases militares y aeropuertos.

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El episodio que los militares nórdicos citan como más grave es el del 14 de septiembre de 2026: una fragata rusa disparó bengalas contra un helicóptero militar danés frente a la costa de Dinamarca. ‘¿Cómo debería ser tu respuesta a eso? Para nosotros sería desescalar’, explicó Boysen. ‘Lo que no queremos es trasladar lo normal a un nuevo nivel de intensidad. Lo normal tiene que bajar, y esa es una pregunta muy, muy difícil’.

El problema no es detectar al adversario, es responder sin subir el listón

cable submarino

El servicio de inteligencia de Defensa danés publicó en septiembre una evaluación sin ambages. Rusia ha intensificado su uso del sabotaje y de los ciberataques destructivos, y ataca objetivos en Europa con drones’, sostiene el informe. Su conclusión cabe en cuatro palabras: ‘La guerra híbrida está escalando’. Con ese término se designa el sabotaje y la presión por debajo del umbral del conflicto abierto, esa franja en la que atribuir una autoría resulta casi tan difícil como responder.

La flota en la sombra añade un segundo frente. Moscú escolta con buques de guerra a los petroleros que esquivan las sanciones, y esos convoyes se cruzan con unidades de la OTAN en aguas estrechas y con poco margen de reacción. Cada escolta es una ocasión para el roce y para el malentendido: dos cascos a menos de una milla, niebla, un radar que pita.

El Báltico no se calienta por lo que Rusia hace, sino por lo que la OTAN no sabe responder sin conceder al adversario el umbral que busca.

El teniente general Kari Nisula, número dos de operaciones del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa finlandesas, apuntó a un factor que suele quedar fuera del análisis político. Cuando la Armada rusa opera en el Báltico se protege con medidas antiaéreas y de fuerza, y teme que un misil alcance sus buques. Esa lógica defensiva reduce los tiempos de decisión y multiplica las probabilidades de un error. ‘Es un entorno muy difícil desde la perspectiva de escalada-desescalada’, resumió.

Bruselas y la Alianza han desplegado herramientas en los últimos dos años. En octubre de 2024, Alemania puso en pie el Commander Task Force Baltic, un mando multinacional para coordinar la actividad naval y compartir conciencia marítima. En paralelo, el Mando Aliado de Transformación creó el Task Force X-Baltic, centrado en sistemas no tripulados e inteligencia artificial para vigilar infraestructuras submarinas. En enero de 2025 arrancó la operación Baltic Sentry, sin fecha de cierre, para sostener presencia y capacidad de reacción.

La cooperación nórdica va por delante de la letra de la OTAN. Este verano, tras una oleada de drones en Finlandia y en otros países aliados, Estocolmo autorizó a sus fuerzas armadas a apoyar a Helsinki en ‘vigilancia territorial e integridad territorial’, según el comandante del Ejército sueco, el general de división Johan Pekkari. En la práctica, medios aéreos suecos quedan bajo el mando aéreo finlandés, que dirige las salidas y la caza de drones. Suecia estudia además ceder sistemas antidrón.

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Dentro de la Alianza sigue abierto el debate sobre cuánto conviene contar. Unos sostienen que amplificar la amenaza alimenta el objetivo del Kremlin: sembrar miedo y erosionar el apoyo público a Ucrania. Otros defienden que la transparencia es la única forma de mantener a las opiniones públicas implicadas. La embajadora de Finlandia en Washington, Leena-Kaisa Mikkola, no alberga dudas: ‘Puede que tengamos que esperar aún más ataques híbridos en un futuro próximo’. Su ministro de Defensa, dijo, describe la situación en el Báltico como ‘bastante animada’.

Equilibrio de Poder

Washington observa el Báltico como un teatro europeo que consume recursos sin devolver ventaja estratégica inmediata. La lectura de la actual administración es transaccional: la prioridad está en el Indo-Pacífico, y el flanco este se gestiona con presencia rotatoria, inteligencia y venta de material. Esa lógica deja a los nórdicos con más responsabilidad y menos respaldo automático del que suponían cuando firmaron el ingreso. La disuasión funciona mientras el socio americano no tenga que elegir entre dos crisis simultáneas.

Moscú, entretanto, ha encontrado en la zona gris su instrumento más rentable. Un ancla arrastrada cuesta menos que un batallón y produce un efecto político mayor. El Kremlin lo niega todo y gana en cada negación: si no hay autoría, no hay artículo 5. La trampa es que Rusia tampoco controla del todo su propia escalada. La guerra en Ucrania ha militarizado su rutina naval y sus mandos operan con el nervio de quien teme un ataque de largo alcance.

Bruselas responde con el instrumental de siempre, ahora acelerado: sanciones a la flota en la sombra, planes de protección de infraestructuras críticas submarinas y un marco de respuesta híbrida que la Agencia Europea de Defensa trata de convertir en capacidades reales. El problema es de calendario. Las capacidades llegan en 2029 o 2030; los incidentes ocurren cada trimestre.

España tiene intereses concretos en este tablero. Los cazas españoles han rotado durante años por la base lituana de Šiauliai en la misión de policía aérea báltica, y las fragatas de la Armada se han integrado en las agrupaciones navales permanentes de la OTAN. Ese esfuerzo compite ahora con la vigilancia del Estrecho y del flanco sur. A eso se añade la vulnerabilidad propia: los cables submarinos que amarran en Bilbao, Barcelona y Cádiz sostienen el tráfico digital y financiero del país, y su protección depende de una doctrina que aún se escribe. En energía, cualquier sabotaje en el norte europeo tensiona el TTF y, por arrastre, la factura industrial española.

El precedente que conviene tener a mano es 2007. Los ciberataques masivos contra Estonia no derribaron un Gobierno, pero dejaron claro que un Estado pequeño podía ser golpeado sin que se disparara un solo tiro. Diecinueve años después, la doctrina sigue sin respuesta cerrada. La ventana crítica es este invierno: temporada de tendido de cables, de maniobras navales y de noches largas. La próxima evaluación del servicio de inteligencia danés y la revisión del despliegue de Baltic Sentry dirán si la OTAN ha decidido nombrar el umbral o seguir fingiendo que no existe.