La Fuerza Aérea de EEUU busca un fabricante que produzca en masa el misil ERAM para Ucrania: 1.000 unidades en quince meses. La petición de información —una RFI en la jerga contractual del Pentágono— cierra el 19 de noviembre y no es un trámite administrativo: define qué quiere comprar Washington durante la próxima década.
El documento describe el ERAM (Extended Range Attack Munition) como un misil de crucero de nueva generación ‘diseñado para aportar masa asequible al combate’, con guiado de precisión y lanzamiento fuera del alcance de la defensa antiaérea enemiga contra objetivos fijos de alto valor. Leído en frío, el mensaje es otro: el Pentágono ya no quiere otro misil exquisito de dos millones de dólares la unidad. Quiere munición barata, fabricable en serie y colgable bajo el ala de un caza de segunda línea.
Las especificaciones delimitan el producto con la frialdad de un pliego industrial. Arma de clase 500 libras —unos 227 kilos—, alcance superior a las 250 millas náuticas, esto es, más de 460 kilómetros, y velocidad por encima de Mach 0,6. Suficiente para un perfil rasante y difícil de interceptar. Insuficiente para cualquier pretensión hipersónica.
Las especificaciones que separan un misil barato de un misil inútil
El requisito que de verdad tensiona a la industria es la precisión: diez metros de error circular probable contra un objetivo fijo, y eso incluso con el GPS degradado o interferido. La Fuerza Aérea exige además efectos combinados de explosión y fragmentación con una capacidad limitada de penetración en el impacto. Es decir, blancos semiprotegidos: puestos de mando, depósitos de munición, nodos de comunicaciones, talleres de ensamblaje de drones.
La guerra electrónica deja de ser un adjetivo y se convierte en requisito contractual. La lección que se extrae de Ucrania es que la señal satelital no se puede dar por garantizada en ningún tramo del vuelo, y que un arma de bajo coste con guiado mixto —inserción inercial, correlación de escena, navegación por contraste de terreno— vale más que un sistema de lujo que se vuelve ciego cuando el enemigo enciende un inhibidor.
El calendario es la otra prueba. El pliego exige que las primeras unidades de un lote superior al millar se entreguen no más tarde de tres meses después de la adjudicación, y que el pedido completo esté cerrado en quince meses. Es una cadencia propia de la industria de munición de artillería, no de la de misiles de crucero. La duda razonable está en los motores cohete de combustible sólido y en los buscadores: el mismo cuello de botella que ya estrangula la producción estadounidense de interceptores.
Un misil de 500 libras y 250 millas de alcance es la forma más barata de proyectar poder sin enviar un soldado.
El ERAM no nació ayer. La Fuerza Aérea publicó la primera RFI en enero de 2024, casi dos años después del inicio de la invasión a gran escala, y casi dos años antes de que la guerra de Irán vaciara los inventarios estadounidenses de misiles caros. Ese es el dato que explica la prisa: el mismo Pentágono que ha disparado interceptores de varios millones de dólares contra drones de bajo coste ha decidido que el siguiente conflicto no se puede librar con ese modelo de cambio.
De Zone 5 Technologies al AGM-188A Rusty Dagger
En 2024, el programa adjudicó contratos de prototipo a dos empresas pequeñas: Zone 5 Technologies y CoAspire. En enero de 2026, menos de año y medio después, se ejecutó una prueba con cabeza de guerra real en la base de Eglin, en Florida. Ese ritmo —de la maqueta al explosivo en dieciocho meses— es la parte del expediente que más incomoda en Europa, donde un programa equivalente sigue discutiéndose en comités tres años después de su lanzamiento.
Ucrania es algo más que el cliente previsto. En agosto de 2025, la administración Trump anunció una venta de 825 millones de dólares por 3.350 ERAM a Ucrania. En junio de 2026, medios ucranianos apuntaron al uso del AGM-188A Rusty Dagger —la versión del ERAM— contra la planta de semiconductores de Vorónezh, que fabrica componentes para misiles rusos. No hubo confirmación oficial de la Fuerza Aérea, y por eso el dato debe leerse como indicio y no como parte de guerra consolidado.
Queda por saber hasta qué punto la propia Fuerza Aérea integrará el arma en sus escuadrones. La lectura más honesta es que el ERAM nace como producto de exportación con una segunda vida doméstica: si el coste unitario baja, la USAF lo adoptará también para sus cazas de cuarta generación, que seguirán volando dos décadas más.

Equilibrio de Poder
Washington ha hecho de la ‘masa asequible’ su nueva doctrina industrial, y eso tiene una lectura incómoda para Europa. Moscú lleva tres años aplicando exactamente la misma lógica con el Shahed-136 y el Geran-2: producción en serie a un coste unitario de decenas de miles de dólares frente a interceptores de varios millones. Bruselas ha respondido con el programa EDIP y con la promesa de compras conjuntas, pero no tiene en catálogo un misil de crucero barato en fabricación masiva. Storm Shadow, SCALP y Taurus KEPD 350 son armas exquisitas, de cadencia lenta y existencias contadas. Es la misma asimetría que en 2023 dejó a Ucrania esperando el millón de proyectiles de artillería que la UE prometió y no entregó a tiempo. El precedente pesa más que cualquier declaración de cumbre.
Para España el aviso es indirecto pero nítido. El Ejército del Aire no opera F-16, así que el ERAM no entra hoy en ningún inventario nacional: la punta de lanza de largo alcance sigue siendo el Taurus sobre los EF-18, con el Eurofighter y el FCAS como horizonte. Sin embargo, la discusión de fondo —munición barata en cantidad frente a pocas unidades de altísima gama— afecta de lleno al ciclo presupuestario que Moncloa negocia con Bruselas y al compromiso de La Haya de 2025: 5% del PIB en 2035, con un 3,5% de gasto militar puro y un 1,5% de inversión asociada. Sin una línea nacional de munición de precisión, una parte creciente de ese esfuerzo terminará en compras llave en mano en el exterior, tal y como reflejan las series de gasto que publica el SIPRI.
Hay un segundo tablero que conviene mirar sin alarmismo. Marruecos opera una flota de F-16 y ha iniciado su modernización a la versión V, lo que le convierte en candidato natural al catálogo de exportación del ERAM vía venta militar extranjera. No existe solicitud aprobada ni indicio público de negociación, y así hay que decirlo. Pero si el arma se fabrica por millares y a coste bajo, su atractivo comercial cambiará el equilibrio de profundidad de golpeo en el Estrecho, y en el Sáhara, donde la capacidad de alcanzar objetivos a 400 kilómetros es hoy la variable que Rabat y Argel vigilan con más atención.
La lectura a cinco o diez años es esta: quien produzca munición barata en masa fijará el precio de la disuasión convencional, y quien no lo haga dependerá de terceros para lo más básico. El primer hito llega el 19 de noviembre, con el cierre de la RFI. Después vendrá la adjudicación —si llega— y, tres meses más tarde, las primeras entregas comprometidas. En esa ventana se sabrá si el ERAM es un contrato o una doctrina.
