Rusia bombardea el Puente Norte de Kiev y golpea la red eléctrica en una oleada nocturna

Moscú afirma haber usado armas de precisión contra el puente, la planta que fabrica los misiles Flamingo y subestaciones de 750 y 330 kV. Ucrania reconoce haber derribado solo cuatro de los 36 misiles balísticos lanzados.

EN 30 SEGUNDOS

  • ¿Qué ha pasado? Rusia asegura haber alcanzado con armas de precisión el Puente Norte de Kiev, la planta Meridian, la central térmica de Tripilia, subestaciones de 750 y 330 kV y un buque al sureste de Odesa.
  • ¿Quién está detrás? Fuerzas de misiles y drones rusas, según el Ministerio de Defensa en Moscú. Kiev habla de 36 misiles balísticos y 172 drones, y admite solo cuatro misiles derribados.
  • ¿Qué impacto tiene? Agua y calefacción comprometidas en la capital con la primera nieve de la temporada, y presión al alza sobre el diésel y el cereal que importan España y el Magreb.

Rusia ha golpeado el Puente Norte de Kiev y la red eléctrica ucraniana en una oleada nocturna con drones y misiles balísticos. El Ministerio de Defensa ruso, en un comunicado difundido por medios estatales este sábado, afirma que la operación combinó armas de precisión lanzadas desde tierra y drones de ataque contra infraestructura industrial, energética y de transporte. Ninguna de esas afirmaciones cuenta con verificación independiente.

Un puente de 800 metros, una planta de misiles y cuatro nudos eléctricos

El puente es una estructura atirantada de 800 metros sobre el Dniéper, en el norte de la capital. En el parte ruso aparece como vía de movimiento de ‘armas, material militar y equipo especial’ de las fuerzas ucranianas. El alcalde de Kiev, Vitali Klitschko, confirmó el impacto y difundió imágenes del lugar: calzada dañada, cables de trolebús y una línea eléctrica afectados, tráfico cerrado en ambos sentidos. No precisó cuándo se reabrirá. Ya fue alcanzado a comienzos de octubre, con daños en la calzada y una alteración seria de la circulación.

El segundo objetivo dentro de la ciudad, siempre según Moscú, es la planta Meridian, donde se fabricarían componentes de los misiles de crucero de largo alcance Flamingo. Es el vector con el que Kiev intenta llegar a refinerías y depósitos en profundidad rusa, y por eso aparece en casi todos los partes: la cadena de montaje antes que el frente.

Publicidad

Fuera de la capital, el comunicado enumera cuatro nudos: la central térmica de Tripilia, de 1,8 GW y principal generador de la región de Kiev; la subestación de 750 kV de Kievskaya; una planta en Brovary dedicada a munición, explosivos, pólvora y componentes de combustible para misiles; y una subestación de 330 kV en Zhitómir. A eso se suma un buque de carga alcanzado al sureste de Odesa que, según esa versión, transportaba equipo militar y bienes de doble uso.

La lógica es vieja y no engaña: quien no puede mover el frente mueve la retaguardia que lo alimenta. Puente, subestación, planta de munición. Cada pieza es un eslabón logístico y cada eslabón tiene un tiempo de reparación distinto. El de un transformador de 750 kV se cuenta en meses. El de un tablero de trolebús, en días.

Lo que no es tan habitual es el buque. Si el impacto en Odesa se confirma, Moscú estaría ampliando el objetivo del puerto a la carga civil con destino militar, una categoría que Kiev y Bruselas discuten desde 2023 sin ponerse de acuerdo. Y Odesa no es solo un muelle: es la válvula de salida del grano ucraniano.

Moscú elige cada invierno el mismo punto de apoyo: el frío. Y cada invierno Kiev comprueba que la defensa antiaérea no calienta hogares.

El balance que no cuadra: 36 misiles balísticos y cuatro derribos

Puente Norte Kiev

Ucrania da otra cifra. El presidente Volodímir Zelenski habló de 172 drones y 36 misiles balísticos. La Fuerza Aérea ucraniana reconoció haber derribado cuatro misiles y afirmó haber neutralizado 149 drones. La resta es el dato incómodo: más de treinta misiles balísticos sin contabilizar como interceptados, y cada uno de ellos carga entre varios cientos de kilos y algo más de una tonelada de explosivo.

Las autoridades ucranianas cifraron al menos cinco heridos en la ciudad y varios edificios dañados. Klitschko admitió daños en instalaciones energéticas de Kiev y Zhitómir y una situación eléctrica ‘extremadamente difícil’ en la capital, con afectación al suministro de agua y calefacción. No es un parte de daños completo. Rara vez lo es.

El golpe llega con la primera nieve de la temporada en varias regiones y con el sistema eléctrico ya al límite. Zelenski había dicho esta semana que los ataques rusos han afectado ‘de una u otra forma’ a todas las centrales del país, y en varias zonas se aplican cortes programados de hasta 16 horas diarias. El frío no espera a los técnicos de reparación.

Publicidad

Los apagones han llegado también al edificio de la Rada. El diputado Daniil Getmantsev confirmó el viernes que no hay agua ni calefacción y que la electricidad es intermitente. El jefe de una administración de distrito, Maksim Bajmátov, lo resumió con una frase que circula en Kiev: ‘parece que toda la ciudad va a acabar cavando letrinas exteriores’. La contingencia se discute en voz alta, que es la forma más honesta de discutirla.

Moscú enmarca la oleada como represalia por los ataques ucranianos contra refinerías dentro de Rusia y sostiene que no ataca a civiles. La línea es discutible en los hechos y en el derecho, pero tiene una derivada que llega al mercado: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha culpado a esos ataques de agravar la escasez mundial de diésel. Kiev ha seguido golpeando refinerías con esa presión encima.

Equilibrio de Poder

La campaña invernal contra la red eléctrica ucraniana arrancó en octubre de 2022 y se ha repetido cada año con más precisión y con menos interceptores del otro lado. El precedente útil no es el de las ciudades, sino el de los transformadores: Tripilia ya fue destruida en la primavera de 2024 y reconstruida en parte, y su nuevo impacto —si se confirma— demuestra lo difícil que resulta proteger una infraestructura fija y enorme con defensa antiaérea escasa.

Washington mira este tablero con un interés distinto al europeo. La administración Trump ha convertido el precio de los carburantes en termómetro político interno y ha pedido a Kiev moderación sobre las refinerías rusas, mientras Moscú bombardea la red ucraniana sin que esa petición afecte a su calendario. Es la contradicción que el Kremlin explota con comodidad: exige moderación al golpeado y no al que golpea.

Bruselas, en paralelo, sigue sin resolver el problema de los interceptores. Los Patriot y SAMP/T europeos son pocos, caros y se fabrican despacio, y la discusión sobre financiar defensa antiaérea con fondos comunes vuelve cada Consejo Europeo sin cerrarse. Lo que llega a Ucrania llega por países: Alemania, Países Bajos, España, con sus baterías Patriot y los misiles HAWK cedidos en 2023 y 2024.

Para España el impacto es indirecto y doble. Primero, el gasóleo: la tensión mundial empuja el precio del carburante profesional y golpea al transporte, la agricultura y la pesca, con el añadido de que las refinerías españolas compiten por crudo y márgenes en un mercado estrecho. Segundo, el grano: Ucrania sigue exportando por el Danubio y por Odesa, y cualquier presión sobre los puertos encarece el trigo que compran España, Marruecos y Egipto. En el Magreb, un precio alto del cereal es una variable de estabilidad política, no una curiosidad estadística. Moncloa, mientras, ha comprometido más gasto en defensa sin explicar cuánto de ese esfuerzo acaba en capacidad antiaérea real y cuánto en compromisos contables.

El riesgo inmediato no es una escalada nuclear ni un cambio de frente. Es una ventana de seis a ocho semanas en la que Kiev tendrá que elegir entre calentar ciudades y sostener la defensa antiaérea en la línea de contacto. Otra vez el invierno. La próxima cita con datos será la reunión de ministros de Defensa de la OTAN de diciembre, donde se revisará el reparto de interceptores; antes, la evaluación diaria del Institute for the Study of War dará la única lectura independiente de daños disponible. Moscú, entretanto, seguirá probando el mismo punto débil, porque lleva cuatro años comprobando que funciona.