Pentágono firma contratos con SpaceX, OpenAI y Google para IA

Los acuerdos integran modelos de lenguaje, GPU avanzadas y la constelación Starshield en sistemas clasificados del DoD. El movimiento consolida la dependencia estructural del Pentágono respecto a cuatro empresas privadas y abre la cumbre OTAN de junio.

El Pentágono firma contratos de inteligencia artificial con SpaceX, OpenAI, Google y NVIDIA por un valor agregado que las fuentes consultadas sitúan en torno a los 200 millones de dólares por contrato marco, según el anuncio del Departamento de Defensa de Estados Unidos. La noticia, adelantada por canales oficiales del DoD y recogida también por medios rusos, confirma un viraje de doctrina que llevábamos meses anticipando: la guerra algorítmica deja de ser laboratorio y entra en la cadena clasificada del Pentágono.

El alcance es mayor del que aparenta. No hablamos de pilotos experimentales ni de pruebas de concepto. Los acuerdos integran capacidades de IA generativa, modelos de lenguaje militarizados y aceleración por GPU directamente en sistemas con clasificación de seguridad nacional. Es decir, en flujos de inteligencia, mando y control donde hasta ahora la decisión final pasaba por cadenas humanas auditadas.

Qué cubren los contratos y qué armamento tocan

Los contratos firmados por la Chief Digital and Artificial Intelligence Office (CDAO) del DoD reparten capacidades por especialidad. OpenAI aporta modelos de lenguaje adaptados al entorno clasificado, una versión endurecida de su tecnología que se ejecuta en infraestructuras aisladas. Google entra con capacidad de análisis multimodal y procesamiento de imágenes satelitales. NVIDIA suministra el músculo computacional —GPU H100 y la nueva generación Blackwell— que permite entrenar e inferir modelos a velocidad operativa. SpaceX, vía su división Starshield, aporta la conectividad: una constelación dedicada al Pentágono que mueve datos clasificados entre nodos sin pasar por redes comerciales.

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El paquete se cruza con programas ya en marcha. El proyecto Maven, operativo desde 2017 para análisis automatizado de imágenes ISR, recibirá el primer salto cualitativo. También el Joint All-Domain Command and Control (JADC2), la doctrina que pretende fusionar datos de las cinco ramas de las Fuerzas Armadas en una única capa de decisión. Aquí es donde la IA generativa cambia la ecuación: lo que antes requería días de análisis humano podrá comprimirse en minutos.

El detalle relevante: ninguno de los contratos contempla, sobre el papel, la autonomous lethal decision. La directiva 3000.09 del DoD, revisada en 2023, sigue exigiendo control humano significativo sobre el uso de fuerza letal. Sobre el papel.

Por qué Trump necesita este movimiento ahora

La administración Trump lleva meses presionando para acelerar la integración civil-militar de la IA en defensa. El argumento oficial es la carrera con China. Los análisis del CSIS llevan dos años advirtiendo de que el Ejército Popular de Liberación ha integrado IA en sus sistemas de mando con menos restricciones éticas y más velocidad burocrática que el Pentágono. La brecha, según fuentes del propio DoD, no es tecnológica sino organizativa.

SpaceX defensa

Hay un segundo motivo, menos confesable. Estos contratos consolidan la dependencia estructural del Pentágono respecto a cuatro empresas privadas, tres de ellas con capitalización superior al PIB de España. SpaceX, en particular, pasa a ser proveedor crítico de comunicaciones clasificadas justo cuando Elon Musk mantiene una relación pública volátil con la Casa Blanca. Es la primera vez en la historia reciente que el músculo de comunicaciones militares estadounidense depende, en parte sustancial, de un actor privado con agenda propia y capacidad de cortar el grifo.

Cabe recordar el precedente: en 2022, Musk restringió temporalmente el uso de Starlink por las Fuerzas Armadas ucranianas en operaciones contra la flota rusa en Crimea. Aquello fue un aviso. Estos contratos, que en teoría blindan al DoD con cláusulas de servicio garantizado, no eliminan el problema de fondo.

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El Pentágono ha externalizado a cuatro empresas privadas el cerebro de su próxima doctrina militar, y ya no hay vuelta atrás sin coste estratégico.

Equilibrio de Poder

La lectura desde el eje Washington-Moscú-Bruselas es asimétrica. Estados Unidos consolida una ventaja tecnológica que ningún otro actor puede replicar a corto plazo. Rusia, con su industria de IA militar concentrada en el conglomerado Kalashnikov y en startups vinculadas al GRU, está al menos cinco años por detrás según el Military Balance del IISS. China, sin embargo, sí compite: Baidu, Alibaba y SenseTime han desarrollado modelos comparables y el PLA los integra sin las fricciones legislativas que afronta el Pentágono.

Bruselas mira con preocupación. La Unión Europea no tiene equivalente a OpenAI ni a NVIDIA, y su AI Act impone restricciones que sus competidores estratégicos no asumen. La Comisión Europea ha lanzado el programa AI Factories y la Agencia Europea de Defensa intenta acelerar capacidades duales, pero la realidad industrial es tozuda: el 87% de la capacidad mundial de cómputo avanzado para IA está en manos estadounidenses o controlada por empresas que dependen de licencias de exportación de Washington.

Para España el impacto es triple. Primero, las bases de Rota y Morón pasan a ser nodos potenciales de esta nueva arquitectura algorítmica: cualquier dato ISR procesado allí puede entrar en la cadena de decisión asistida por IA del Pentágono. Segundo, el compromiso del 2% del PIB en defensa —y la presión por el 5% que Trump volverá a poner sobre la mesa en la próxima cumbre OTAN— ya no se mide solo en plataformas físicas. Se mide en capacidad de cómputo, en acceso a modelos y en interoperabilidad algorítmica. Aquí España parte muy por detrás de Francia y Alemania, que cuentan con Mistral AI y Aleph Alpha como campeones nacionales. Tercero, en el flanco sur. Marruecos ha firmado en los últimos dieciocho meses acuerdos con proveedores estadounidenses e israelíes de IA aplicada a vigilancia fronteriza y al control del Sáhara Occidental. La asimetría tecnológica con Rabat se ensancha.

La lectura a 5-10 años es clara y compleja a la vez. La doctrina militar occidental se está reescribiendo en torno a la velocidad de decisión asistida por IA, y los Estados que no entren en esa cadena quedarán relegados a fuerzas convencionales sin capacidad de respuesta en el espectro de competencia algorítmica. España necesita una estrategia industrial de IA de defensa, y la necesita antes de la próxima cumbre OTAN de junio. No la tenemos. Lo que observamos en Moncloa es debate presupuestario, no debate doctrinal.

Hay un riesgo que conviene nombrar: la verificación de qué hacen exactamente estos modelos dentro de sistemas clasificados es, por definición, opaca. Ni los aliados ni los reguladores nacionales tendrán acceso al detalle técnico. La confianza se sustituye por la dependencia. Y la dependencia, en geopolítica, siempre se cobra.

El próximo hito a vigilar es la cumbre OTAN de junio, donde Washington presentará formalmente su nueva doctrina de algorithmic warfare y exigirá a los aliados europeos compromisos concretos de interoperabilidad. Hasta entonces, observación cercana.