Draghi advierte: Europa sola ante Trump, urge rearme estratégico

El ex presidente del BCE, al recibir el galardón en Aquisgrán, alerta de que el paraguas estadounidense ha entrado en fase de provisionalidad. Reclama un ‘federalismo pragmático’ que impulse la defensa común y la reindustrialización del continente.

Mario Draghi ha elegido Aquisgrán, la capital carolingia, para lanzar una advertencia que puede redefinir la arquitectura de seguridad del continente. Al recibir el Premio Carlomagno —galardón que distingue la contribución a la unidad europea—, el ex presidente del Banco Central Europeo ha sentenciado que Europa ya no puede contar con Estados Unidos como garante último de su defensa y que, sin un rearme estratégico inmediato, el bloque quedará expuesto a las turbulencias geopolíticas que genera la nueva administración estadounidense.

La intervención, que en esta redacción analizamos en toda su profundidad, no es una más en el ciclo de discursos sobre la autonomía europea. Llega en un momento en que el presidente Trump ha vuelto a poner sobre la mesa exigencias de gasto militar que superan el 5 % del PIB, al tiempo que congela la ayuda a Ucrania y deja entrever que el paraguas nuclear extendido podría renegociarse bajo parámetros puramente transaccionales. Draghi ha verbalizado lo que muchos líderes comunitarios piensan en privado: la relación transatlántica ha entrado en una fase de provisionalidad.

Un discurso con ecos de fundación

Desde el púlpito del Premio Carlomagno, Draghi ha reclamado un federalismo pragmático que aúne las capacidades industriales y de defensa de los Veintisiete. Su diagnóstico es nítido: la fragmentación nacional de los sistemas de armas, la dependencia energética y la ausencia de una doctrina de disuasión compartida convierten a Europa en un actor vulnerable, incapaz de sostener por sí mismo una respuesta creíble ante una crisis en su vecindario.

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El ex primer ministro italiano no ha pedido un ejército europeo —concepto que sigue generando resistencias en capitales como Varsovia o Budapest—, sino una convergencia acelerada de los ciclos de planeamiento, contratación y despliegue. En términos prácticos, eso significa multiplicar los mecanismos de compra conjunta de munición, estandarizar plataformas terrestres y aéreas, y crear un mando europeo de logística que reduzca la dependencia de capacidades estadounidenses como el transporte estratégico o la inteligencia satelital.

La propuesta llega después de que la OTAN, reunida en La Haya el pasado abril, constatara que apenas ocho aliados europeos superan hoy el umbral del 3 % del PIB que se barajó como objetivo intermedio. La distancia entre los compromisos verbales y la realidad presupuestaria es tan amplia que, según estimaciones del IISS, harían falta 1,2 billones de euros adicionales en una década para que la defensa europea pudiera actuar de forma autónoma sin Estados Unidos.

Por qué Trump ha acelerado la fractura

La administración Trump ha dejado claro que su prioridad estratégica es el Indo-Pacífico. Cada portaaviones, cada batería Patriot y cada satélite de alerta temprana que Washington dedica a la OTAN es, a ojos de la Casa Blanca, un recurso que no está disponible para contener a China. Ese cálculo no es nuevo; lo que ha cambiado es la voluntad de monetizarlo políticamente.

Draghi ha puesto cifras a un sentir extendido: Europa ya no puede esperar que el contribuyente estadounidense financie indefinidamente una seguridad que los europeos no están dispuestos a asumir por sí mismos.

En esta redacción hemos consultado fuentes cercanas al Estado Mayor de la Defensa que confirman que la presión estadounidense ya se traduce en retrasos logísticos para el mantenimiento de los destructores AEGIS desplegados en Rota y que el Pentágono ha pedido a Madrid que incremente su contribución anual en 200 millones de euros si quiere mantener el nivel de apoyo técnico actual.

El discurso de Draghi, por tanto, no solo es una reflexión académica; es una señal de alarma operativa. Si el paraguas nuclear y la disuasión convencional de Estados Unidos dejan de ser un hecho, la arquitectura de seguridad europea necesita generar capacidades propias de negación de acceso y de segundo golpe en un plazo máximo de cinco años. Algo que hoy ningún plan industrial contempla de forma realista.

Equilibrio de Poder

Observamos un movimiento tectónico en el equilibrio de poder global. Estados Unidos, bajo el impulso de Trump, está redefiniendo los términos de su alianza transatlántica en clave de seguro de defensa con franquicia variable: Bruselas paga más, Washington garantiza menos. Moscú, atenta a cada grieta, interpreta el repliegue como una ventana de oportunidad para afianzar su control sobre el Donbás y para probar la cohesión aliada con incidentes híbridos en el Báltico. Pekín, por su parte, ve cómo la atención militar estadounidense se desplaza hacia el Pacífico, lo que podría acelerar cualquier cálculo sobre Taiwán.

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Para España, la fractura tiene lecturas múltiples. Por un lado, la base de Rota y Morón siguen siendo activos clave para la proyección de fuerza estadounidense hacia África y Oriente Próximo; por otro, la presión para aumentar el gasto militar al 3 % o más del PIB —unos 45 000 millones de euros anuales, casi el doble del presupuesto actual— choca con los compromisos sociales del Gobierno de coalición y con la recuperación económica pos-COVID. El Ministerio de Defensa busca una vía intermedia que pasa por anticipar los programas del F-35, el escudo antimisiles y la ciberseguridad, pero deberá convencer al Consejo de Ministros de que no hay alternativa creíble sin un esfuerzo fiscal considerable.

La lectura a diez años es preocupante. Si Bruselas no logra articular un mercado único de defensa —con compras conjuntas, estándares técnicos compartidos y un mando operativo autónomo—, la OTAN se convertirá en una alianza de papel, reactiva y dependiente de los ciclos electorales estadounidenses. Ese escenario dejaría a los Estados miembros europeos, España incluida, expuestos a una disuasión bilateral que nadie ha diseñado ni presupuestado. Draghi ha marcado el camino; ahora falta la arquitectura política que lo haga transitable.

El próximo Consejo Europeo de junio será el primer test de si las palabras del ex presidente del BCE se traducen en compromisos concretos o se archivan como otra declaración solemne. En Moncloa.com seguiremos muy de cerca los movimientos presupuestarios y las negociaciones de defensa que definirán la posición española en las próximas semanas.