El vaho de los caballos se confundía con la niebla baja de aquel octubre en Valladolid. Fernando de Aragón, con apenas diecisiete años, se había descolgado del séquito real con la excusa de una partida de caza. Llevaba cuatro jornadas de viaje desde Zaragoza, y en el último tramo, desde Dueñas, la discreción le obligó a trocar la pompa por un anonimato de mercader. Necesitaba llegar al palacio de los Vivero sin que nadie, salvo el círculo más íntimo de Isabel de Castilla, supiera que el heredero de la Corona de Aragón iba a casarse aquella noche en secreto.
Capítulo I: El secreto de Valladolid
Era el 19 de octubre de 1469. La boda se celebró con una prisa que tenía el sabor a conjura de alcoba: el arzobispo de Toledo, Alonso Carrillo, ofició la ceremonia; Isabel, de dieciocho años, vestía un sencillo traje de paño oscuro, y Fernando, que apartaba mechones de pelo húmedo de la frente, firmaba los documentos nupciales con una caligrafía enérgica. Sin el permiso del rey Enrique IV de Castilla (hermano de Isabel), los contrayentes se jugaban la excomunión, la guerra civil y, sobre todo, la corona.
Pero aquella firma, estampada sobre una mesa de roble iluminada por candelabros de hierro forjado, era mucho más que un matrimonio político. Sellaba una alianza que, con el tiempo, uniría las dos grandes coronas peninsulares bajo una misma empresa: la construcción de una monarquía que no existía en los mapas de 1469.
Capítulo II: El león de Aragón, la paloma de Castilla
Fernando nació el 10 de marzo de 1452 en la villa de Sos (hoy Sos del Rey Católico), un bastión aragonés que olía a cordero al horno y a lana mojada en invierno. Era hijo de Juan II de Aragón, un monarca que había pasado media vida combatiendo a la nobleza catalana, y de Juana Enríquez, que lo alumbró en un parto que casi se le lleva por delante. A los diez años, Fernando ya blandía una espada de madera con la determinación de quien sabía que el trono se defendía antes con acero que con pergaminos.
Mientras, en Castilla, Isabel era un peón en el tablero sucesorio de su hermanastro Enrique IV. La nobleza castellana se desangraba en facciones, y la mano de Isabel era un trofeo que se disputaban los pretendientes. Fernando, en cambio, había sido educado en la guerra y en la diplomacia como la misma cosa. La boda de Valladolid no nació del amor, sino de un cálculo minucioso: aunar los recursos de Aragón y Castilla para pacificar reinos y lanzar una ofensiva definitiva contra el último reducto musulmán en la península, el reino nazarí de Granada.

Capítulo III: Tanto monta…
Cuando Enrique IV murió en diciembre de 1474, Isabel se proclamó reina de Castilla en Segovia, y Fernando no tardó en hacer valer su condición de rey consorte. La fórmula que encontraron —«Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando»— era en realidad una negociación portante de poder que se reflejaba en cada decreto: ambos firmaban las provisiones reales, ambos administraban justicia, y ambos comandaban los ejércitos. Pero el equilibrio fue tenso desde el principio. La nobleza castellana miraba con recelo a aquel aragonés de acento áspero y maneras de soldado.
En enero de 1479, al morir Juan II de Aragón, Fernando heredó plenamente la corona aragonesa, con sus reinos de Aragón, Valencia, Mallorca y el principado de Cataluña. Por primera vez, la mayor parte de la península ibérica compartía monarcas. Ese mismo año, la Santa Hermandad —una milicia creada para combatir el bandidaje— empezó a tejer la paz interior, y un fraile dominico llamado Tomás de Torquemada convencía a los reyes de la necesidad de una Inquisición única para la corona.
Las crónicas coetáneas retratan a Fernando como un hombre de mediana estatura, tez morena, mirada viva y un apetito insaciable por el juego de ajedrez y la cetrería. Se movía con la soltura de quien ha pasado más horas a caballo que en trono. Le gustaba despachar de madrugada, con un vaso de vino aguado y las cartas de sus embajadores desparramadas sobre la mesa. La confianza con Isabel era absoluta, pero el rumor cortesano siempre buscó grietas en aquella unión.
Capítulo IV: Granada, la obsesión compartida
La guerra de Granada no fue una sola campaña, sino diez años de asedios, escaramuzas y pactos rotos. Las crónicas hablan de reyes que se apostaban en los reales como oficiales de primera línea, con tiendas que olían a pólvora y a incienso de campaña. La conquista de Ronda en 1485, la toma de Málaga en 1487, y el asedio final a la ciudad de la Alhambra en 1491 pusieron a prueba los nervios y las arcas de ambos reinos.
Fernando se encargó personalmente de la intendencia y de la logística: movilizó los tercios de infantería aragonesa, negoció con los banqueros genoveses los préstamos que financiaban los costes, y no dudó en aceptar la rendición de Baza negociando condiciones que, para muchos nobles castellanos, resultaban demasiado generosas con los moros. El 2 de enero de 1492, la lluvia y el frío del invierno granadino no impidieron que las banderas de Castilla y Aragón ondeasen en la Torre de la Vela. Boabdil, el último rey nazarí, entregó las llaves de la ciudad. La crónica del cronista Bernáldez, años después, recogería el llanto del destronado en el paso de Padul.

Aquella victoria transformó a los reyes en monarcas universales. Ese mismo año, la reina Isabel autorizaba el viaje de Cristóbal Colón, una empresa que Fernando había observado con frialdad mercantil pero que, terminada la guerra, abrazó como una extensión natural de la pugna contra el islam: ganar especias y almas al este, abrir una ruta que les diera ventaja sobre Portugal. El Tratado de Tordesillas, firmado en 1494 con la mediación del papa Alejandro VI (valenciano y favorable a los intereses de la monarquía hispánica), partió el mundo en dos mitades con una raya trazada a ciegas.
Capítulo V: La sombra de la reina muerta
La muerte de Isabel en noviembre de 1504 partió la vida de Fernando en dos. El testamento de la reina le otorgaba la regencia de Castilla en nombre de su hija Juana, pero el esposo de ésta, Felipe el Hermoso, no tardó en reclamar el poder. El anciano rey de Aragón, que ya peinaba canas y arrastraba una salud quebrantada por las largas campañas, se vio desplazado por un yerno que lo despreciaba. Las cortes se llenaron de siseos, y el fantasma de la guerra civil entre aragoneses y flamencos planeó sobre el reino.
Fernando cedió. Se retiró a sus estados patrimoniales mientras la muerte repentina de Felipe, en septiembre de 1506, le devolvió la regencia. Pero la partida isabelina pesaba sobre él como un manto de plomo. Casado en segundas nupcias con Germana de Foix, sobrina del rey de Francia, buscó un heredero varón para Aragón que frustró el destino: el niño que nació de aquella unión, Juan, murió a las pocas horas de ver la luz. Con él se desvaneció la posibilidad de que las coronas de Castilla y Aragón se separaran definitivamente.
Capítulo VI: La muerte en Madrigalejo
El 23 de enero de 1516, Fernando de Aragón murió en la Casa de Santa María de Madrigalejo, un pequeño pueblo de la actual provincia de Cáceres, en pleno viaje hacia el Monasterio de Guadalupe. Tenía sesenta y tres años. El último tramo de su vida lo había pasado legislando, moviendo ejércitos contra los franceses en Italia y anexionando Navarra a la corona en 1512. Fue un rey que no dejó de guerrear ni de gobernar incluso cuando el gota le impedía montar a caballo.
Su testamento dejaba los reinos a su hija Juana y, en su nombre, al nieto Carlos de Gante, que años más tarde sería el primer monarca de una España que ya se intuía pero aún no existía. Aquel adolescente que había cruzado Castilla disfrazado de mercader en 1469 terminaba sus días como Fernando el Católico, un rey que había cosido con paciencia de halconero las riendas de una monarquía inhóspita y dividida.
Los embalsamadores tardaron horas en vaciar el cuerpo. Los cronistas contemporáneos escriben que el olor a incienso, aquella mañana, recordaba a los funerales de los antiguos reyes de Aragón, en la Seo de Zaragoza. Pero la tumba del rey no estaría junto a la de Isabel en Granada, sino en un panteón provisional hasta que el emperador Carlos V, veinte años después, ordenó la construcción de la Capilla Real.
Muchas de las páginas de la historia se han escrito después, a golpe de tinta ideológica, para engrandecer o denostar a los Reyes Católicos. Pero las cartas del Archivo de la Corona de Aragón conservan, en caligrafía minúscula y renglones torcidos, los informes que Fernando recibía de sus virreyes, los pliegos de instrucciones para los almirantes de la flota, y las misivas en las que se quejaba de los achaques de la edad. En esos legajos amarillentos, que todavía huelen a polvo de sacristía, respira el hombre que, sin pretenderlo, había empezado a construir un país.
