EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Rusia ha lanzado un ataque masivo con misiles hipersónicos Oreshnik, Iskander y Kinzhal contra instalaciones militares ucranianas. Es la represalia por un bombardeo ucraniano a una residencia de estudiantes en Starobelsk, en la autoproclamada República Popular de Lugansk, que dejó 21 muertos.
- ¿Quién está detrás? El Ministerio de Defensa ruso, siguiendo órdenes de Vladímir Putin. Moscú calificó el bombardeo de ‘acto terrorista’ y ordenó una respuesta contundente.
- ¿Qué impacto tiene? Es la tercera vez que se emplea el Oreshnik, un misil de alcance intermedio imposible de interceptar, y la primera desde enero de 2026. La embajada de Estados Unidos en Kiev había alertado 24 horas antes del ataque. La escalada tensa aún más el conflicto y pone a prueba la capacidad de la OTAN para disuadir nuevos ataques con armamento estratégico.
Rusia ha lanzado esta madrugada un ataque masivo con misiles hipersónicos Oreshnik contra Ucrania. Según confirmó su Ministerio de Defensa, la operación incluyó también misiles balísticos Iskander, los hipersónicos aerobalísticos Kinzhal y misiles de crucero lanzados desde aire, mar y tierra, además de drones de ataque.
Los objetivos, siempre de acuerdo con la versión oficial rusa, fueron centros de mando y control, bases aéreas e instalaciones de la industria de defensa ucraniana. “Todos los objetivos designados fueron alcanzados. No se planearon ni ejecutaron ataques contra infraestructura civil”, reza el parte de guerra difundido por Moscú en la madrugada del domingo.
Un ataque hipersónico múltiple que devuelve al Oreshnik al campo de batalla
El empleo del Oreshnik —un misil de alcance intermedio con capacidad hipersónica y, según Moscú, imposible de interceptar por los sistemas antiaéreos actuales— sitúa la ofensiva en una categoría cualitativamente distinta. Es su tercera aparición en el conflicto: la primera, en noviembre de 2024 contra la planta Yuzhmash en Dnipropetrovsk; la segunda, en enero de 2026, cuando arrasó una planta de reparación aeronáutica en Lviv, según admitió el propio Ministerio de Defensa ruso.
A diferencia de los misiles de crucero Kalibr o los drones Shahed, el Oreshnik viaja a velocidades superiores a Mach 5 y realiza maniobras evasivas durante su fase terminal. Las imágenes difundidas en Telegram en las últimas horas muestran lo que parecen ser múltiples objetos brillantes cayendo en picado sobre la localidad de Bila Tserkva, al sur de Kiev, un patrón similar al observado en los ataques previos con este sistema. Sin embargo los analistas advierten de que la verificación independiente de los daños y del tipo exacto de misil es extremadamente difícil en tiempo real.
Junto al Oreshnik, Rusia volvió a utilizar los misiles hipersónicos aerobalísticos Kinzhal —disparados desde cazas MiG-31K— y el misil de crucero hipersónico Zircon, que Moscú anunció haber integrado en fragatas y submarinos. La combinación de plataformas sugiere que el Estado Mayor ruso diseñó el ataque para saturar las defensas aéreas ucranianas con vectores de distinta velocidad y trayectoria.
El Oreshnik ya no es un arma de exhibición; Moscú lo está normalizando como instrumento de represalia ante cada percepción de ofensa.
La matanza de Starobelsk como detonante

El ataque es la respuesta directa al bombardeo ucraniano con drones contra la residencia de estudiantes del Colegio de Profesores de Starobelsk, en la región de Lugansk, ocurrido en la noche del viernes. Según el gobernador prorruso Leonid Pasechnik, 21 personas murieron —la mayoría, adolescentes— y otras 42 resultaron heridas mientras dormían. Pasechnik declaró dos días de luto para el 24 y 25 de mayo y calificó el suceso de “pura maldad”. Vladímir Putin lo definió como un “acto terrorista” y ordenó al Ministerio de Defensa que presentara propuestas de represalia.
Este incidente, que Ucrania no ha reconocido oficialmente como un ataque deliberado contra civiles —Kiev suele argumentar que sus drones apuntan a infraestructura militar o logística en los territorios ocupados—, ha servido al Kremlin para justificar una escalada en la que vuelve a exhibir su arsenal estratégico. La embajada de Estados Unidos en Kiev había emitido un aviso urgente a sus ciudadanos la víspera del ataque ruso, alertando de un “ataque aéreo potencialmente significativo” en las siguientes 24 horas y recomendando buscar refugio ante cualquier alarma antiaérea. La advertencia confirma que Washington poseía inteligencia sobre los preparativos rusos.
Equilibrio de Poder
La utilización reiterada del Oreshnik manda un mensaje inequívoco a Occidente: Rusia no solo posee vectores hipersónicos de alcance intermedio que los sistemas Patriot o SAMP/T no pueden interceptar de manera fiable, sino que está dispuesta a emplearlos como herramienta de castigo, no solo contra centros logísticos sino como represalia cuando considera que se ha cruzado una línea roja. Esta doctrina, en la que la respuesta se calibra en función del daño percibido y no del valor militar del objetivo atacado, introduce un factor de imprevisibilidad peligroso.
Para la OTAN y, en concreto para España, el episodio reabre el debate sobre la necesidad de sistemas antimisiles de nueva generación. El escudo antimisiles europeo depende en gran medida de los destructores AEGIS estadounidenses desplegados en Rota y de las baterías Patriot en el flanco este. España ha comprometido un incremento progresivo de su gasto en defensa hasta alcanzar el 1,5 % del PIB, muy lejos aún del 5 % que exige Donald Trump, pero los acontecimientos de hoy ponen de manifiesto que el desafío tecnológico va más rápido que los presupuestos. La industria española de defensa, con Indra y Navantia a la cabeza, trabaja en sistemas de detección y en el futuro caza FCAS, pero carece de un programa antimisiles balísticos propio.
La Casa Blanca, mientras tanto, parece haber sido informada con antelación del ataque y se limitó a advertir a sus ciudadanos, un gesto que puede leerse como un intento de evitar una confrontación directa con Moscú en un momento de alta tensión interna por la campaña electoral. Bruselas, por su parte, ha convocado una reunión extraordinaria del Comité Político y de Seguridad de la UE para evaluar la situación. La rápida sucesión de ataques con misiles estratégicos —desde la destrucción de la planta de Lviv en enero hasta este bombardeo múltiple— reduce el margen para una respuesta diplomática y aumenta la probabilidad de que Ucrania reclame misiles de largo alcance ATACMS o Storm Shadow sin restricciones para golpear territorio ruso, algo que la administración Trump ha vetado hasta ahora.
El precedente más inmediato es la Operación Relámpago, el masivo ataque combinado ruso de noviembre de 2024, en el que se empleó el Oreshnik contra Yuzhmash por primera vez y que forzó una reunión urgente del Consejo OTAN-Ucrania. Entonces, como ahora, Rusia justificó la ofensiva como represalia por un ataque ucraniano. La diferencia es que en aquella ocasión el Oreshnik era una novedad; hoy es un sistema que Moscú produce en serie y cuya normalización táctica confirma la entrada en una nueva fase de la guerra, donde la disuasión se mide en misiles que alcanzan Mach 10 y no en declaraciones.
La próxima ventana de tensión será la cumbre de la OTAN prevista para julio en Varsovia, donde los aliados deberán decidir si aceleran la entrega de sistemas antimisiles a Ucrania o insisten en los canales de desescalada. Por ahora, lo único cierto es que el Oreshnik ha vuelto a volar, y lo ha hecho en represalia por 21 adolescentes muertos, un cálculo estratégico que el Kremlin considera legítimo.

