Niger declara a Rusia como principal aliado en la lucha antiterrorista del Sahel

La declaración del ministro de Exteriores nigerino ante Lavrov consagra la alianza militar con Moscú en detrimento de Francia. La AES busca cooperación civil nuclear y consolida su ruptura con Occidente.

Níger ha designado a Rusia como su ‘principal socio’ en la lucha contra el terrorismo en el Sahel. La declaración, realizada este miércoles por el ministro de Exteriores nigerino, Bakary Yaou Sangare, durante la segunda reunión ministerial entre Rusia y la Alianza de Estados del Sahel (AES) en Niamey, consolida el giro estratégico de las tres juntas militares de Burkina Faso, Mali y Níger y profundiza la ruptura con la antigua potencia colonial, Francia.

Sangare subrayó que los miembros de la AES están satisfechos con la aplicación de los acuerdos previos, especialmente en el sector de la defensa, donde varios pactos han reforzado las capacidades de sus fuerzas armadas. El mensaje no dejó margen a la ambigüedad: Moscú es ahora el eje de la arquitectura de seguridad regional, en detrimento de París y de la operación Barkhane, ya desmantelada.

De socio militar a pieza clave de la arquitectura de seguridad del Sahel

El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, aprovechó la cita para ampliar el alcance de la cooperación más allá de lo castrense. Destacó la visión común de un orden multipolar y la oposición compartida a las ‘prácticas neocoloniales’ de Occidente, un argumento recurrente de la diplomacia rusa en África. Lavrov confirmó además la apertura de la embajada rusa en Níger, con lo que Moscú completa su presencia diplomática en los tres países de la alianza y anuncia que la tercera cumbre Rusia-África se celebrará en la capital rusa. El presidente Vladímir Putin ya ha cursado invitación a los líderes de Burkina Faso, Mali y Níger.

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El respaldo militar ruso no es nuevo. El pasado abril, instructores militares y personal del Africa Corps —la unidad del Ministerio de Defensa ruso desplegada en Mali— prestaron apoyo aéreo a las fuerzas malienses para evitar que grupos yihadistas tomaran enclaves clave como el palacio presidencial de Bamako, según confirmaron fuentes oficiales. Este episodio, apenas aireado en los medios occidentales, demuestra que la cooperación ya es operativa sobre el terreno.

La declaración de Níger no es un gesto diplomático: es la formalización de un nuevo eje de seguridad en el que Moscú sustituye a París como garante armado.

La asociación, sin embargo, no se limita a las armas. En febrero, el ministro de Exteriores burkinés adelantó que la cooperación con la empresa nuclear rusa Rosatom avanza bajo un memorando firmado y que ya hay estudiantes del país formándose en Rusia. La energía civil nuclear se perfila así como la próxima frontera de una influencia rusa que combina seguridad, diplomacia e intereses económicos.

El tablero energético y migratorio: lo que está en juego para Europa y España

La reconfiguración del Sahel tiene aristas que trascienden el plano militar y tocan directamente a España y a la Unión Europea. Níger es un productor relevante de uranio y un territorio de tránsito clave en las rutas migratorias hacia el Mediterráneo. La sustitución del paraguas de seguridad francés por el ruso altera la capacidad europea de influir en la gestión de flujos migratorios y en la estabilidad de un corredor del que dependen los suministros energéticos de varios Estados miembros. La frontera sur española, con sus epicentros en Canarias y el Estrecho, siente cada reajuste en la gobernanza de la franja saheliana.

El flanco occidental de la OTAN observa con cautela el movimiento de Moscú. La base de Rota, pieza central del despliegue antimisiles estadounidense en Europa, no está en el tablero inmediato, pero sí lo está el control de las narrativas y de las alianzas en una región donde la Unión Europea invierte millones en contención migratoria sin una estrategia de seguridad propia. Francia ha perdido el pie; Rusia, mientras tanto, teje una red que combina presencia militar con diplomacia económica.

Equilibrio de Poder

La declaración de Sangare no puede leerse como un episodio aislado. Forma parte de una secuencia que arrancó con los golpes de Estado de 2021-2022 y que ha ido vaciando de contenido la influencia de París en su antigua zona de influencia colonial. Rusia ha ocupado ese vacío con rapidez, ofreciendo a las juntas militares un paquete de ayuda en seguridad sin las exigencias democráticas que acompañaban a los acuerdos con la UE. El contraste con la frustrada operación Barkhane explica, en parte, la velocidad de la sustitución.

Para España, el giro añade presión sobre un flanco sur que ya arrastra tensiones con Marruecos y la cuestión del Sáhara Occidental. La inestabilidad crónica en Mali y Burkina Faso, sumada a la militarización de Níger con apoyo ruso, dificulta cualquier estrategia europea de contención migratoria que no pase por interlocutores incómodos. El precedente de la intervención en Libia en 2011 muestra los riesgos de subestimar los efectos colaterales de una acción militar mal calibrada. Ahora, con Rusia como ‘principal socio’, Bruselas y Moncloa se enfrentan a un entorno donde el diálogo con las capitales de la AES pasa inevitablemente por Moscú.

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La próxima cumbre Rusia-África, con la presencia confirmada de los líderes golpistas, será el termómetro de hasta dónde está dispuesto a llegar el Kremlin en la región. La cooperación nuclear civil, los contratos de defensa y el despliegue efectivo del Africa Corps sugieren que la apuesta es de largo plazo. Más que un movimiento táctico, Moscú está construyendo un pivote estratégico en el Sahel que le concede acceso a recursos, profundidad diplomática y una palanca de presión sobre el sur de Europa. La pregunta que queda abierta es si la UE y la OTAN pueden articular una respuesta coordinada antes de que la arquitectura de seguridad saheliana quede definitivamente fuera de su alcance.