La noche del 20 de julio de 1754, en el Palacio del Buen Retiro, un lacayo desliza bajo la puerta de don Cenón de Somodevilla y Bengoechea —marqués de la Ensenada— un pliego con el sello real. El ministro universal de Fernando VI comprende que acaban de sentenciarle. La carta, redactada por orden de la reina Bárbara de Braganza y presionada por el embajador británico sir Benjamin Keene, le destituye de todos sus cargos y le confina a Granada. No hay juicio, ni careo, ni defensa posible. La firma del rey es temblorosa pero irrevocable.
Capítulo I: El hombre que midió España
Ensenada había osado, tres años antes, presentar al monarca un plan secreto para movilizar 50.000 soldados y desembarcarlos en Inglaterra —un disparate geopolítico que, de haberse filtrado, habría desatado la guerra. Pero el marqués no era un iluminado: era el arquitecto del más ambicioso proyecto de modernización que España había emprendido desde los Reyes Católicos. Y todo empezó con el Catastro.
En 1749, convenció a Fernando VI para realizar un censo económico detallado de todos los súbditos de la Corona. El objetivo era revolucionar la Hacienda: sustituir los innumerables impuestos locales —alcabalas, millones, cientos— por una contribución única y equitativa basada en la riqueza real de cada contribuyente. La nobleza y el clero, hasta entonces exentos de tributar, dejaron de ser intocables. Los trabajos se realizaron entre 1750 y 1754, movilizando a decenas de intendentes y escribanos que recorrieron las 22 provincias de la Corona de Castilla. Los resultados se plasmaron en más de 80.000 libros manuscritos, el registro sociológico más minucioso de la Europa del siglo XVIII. El Catastro revelaba no solo tierras y ganados, sino también las ganancias de los oficios más humildes.

Capítulo II: Un hijo de hidalgo en la Corte
El marqués no había nacido en cuna de oro. Vino al mundo en Hacinas, una aldea de Burgos, en 1702, hijo de un hidalgo venido a menos. Su inteligencia matemática y su destreza administrativa le abrieron las puertas primero del almirantazgo y luego de la secretaría de Estado. Con tres años como intendente de Marina en Nápoles, regresó a España como hombre de confianza del infante Carlos. Cuando este marchó a Nápoles para reinar, Ensenada se quedó en Madrid y pasó a servir a Felipe V. La reina Isabel de Farnesio, siempre sagaz, le promocionó a la secretaría de Guerra, Hacienda y Marina en 1743. Era el hombre orquesta, el «ministro universal».
Con la llegada al trono de Fernando VI en 1746, Ensenada acumuló aún más poder. La nueva pareja real, Bárbara de Braganza y el rey de carácter débil, depositó en él la gestión diaria del reino. El marqués aprovechó para impulsar un programa de reformas que algunos historiadores han llamado «despotismo ilustrado de laboratorio». Construyó caminos, impulsó la Real Compañía de Comercio de La Habana, modernizó la armada con los navíos «Santa Ana» y «San Carlos» y ordenó la cartografía de todas las costas de la península. Todo con un rigor presupuestario que contrastaba con el despilfarro de la corte.
Capítulo III: La batalla fiscal que encendió los odios
Pero el Catastro fue su obra maldita. El marqués sabía que tocar el bolsillo de los grandes era una temeridad. Aun así, puso cifras sobre la mesa: según sus propias estimaciones, la nobleza poseía alrededor del 30% de la tierra en Castilla y apenas tributaba en proporción, mientras que el estado llano soportaba una carga fiscal seis o siete veces mayor. El plan de la única contribución no solo era justo en abstracto; era la única vía para sanear unas arcas ahogadas por las deudas de las guerras dinásticas. Los datos del Catastro demostraban que la riqueza total de Castilla ascendía a unos 2.000 millones de reales, una cifra que ahora se podía convertir en una base imponible razonable.
Los grandes de España reaccionaron con una mezcla de indignación y terror. El duque de Alba, el de Medinaceli y otros próceres movilizaron a sus agentes en la corte. El clero también se opuso: las rentas eclesiásticas no debían ser esquilmadas por un segundón advenedizo. Pero el golpe mortal vino de fuera. La reina Bárbara, de origen portugués y muy ligada a la alianza con Gran Bretaña, empezó a ver en Ensenada un peligro: sus reformas navales y su plan de desembarco en Inglaterra ponían en riesgo el equilibrio europeo que Londres necesitaba. El embajador Keene, un diplomático tan astuto como despiadado, se convirtió en su verdugo.

Capítulo IV: El complot del «partido inglés»
Sir Benjamin Keene conocía cada movimiento del marqués porque la correspondencia de la secretaría de Estado era interceptada y descifrada por los espías británicos, que operaban desde Gibraltar. En 1753, Ensenada cometió el error de escribir una carta a su homólogo en Francia, el marqués de Mirepoix, sugiriendo que España debía romper con Inglaterra y acercarse a Austria y Francia. La carta nunca llegó a su destino; una copia fue a parar a manos de Keene, quien la presentó a la reina con la afirmación de que Ensenada pretendía arrastrar a España a una guerra desastrosa. Bárbara, aterrada por la salud mental de su marido y por el temor a perder la paz que tanto necesitaba el reino, convenció a Fernando VI para firmar el decreto de cese inmediato.
El 20 de julio de 1754, en cuestión de horas, Ensenada fue despojado de todos sus cargos y enviado al destierro. La destitución se comunicó al Consejo de Castilla con la única acusación de haber «faltado al secreto y fidelidad debida al real servicio». Era una sentencia vaga, sin pruebas ni proceso, típica de una monarquía absoluta. El marqués no opuso resistencia; montó en su carruaje y partió hacia Granada, donde vivió bajo arresto domiciliario durante años.
Capítulo V: El legado que sobrevivió al olvido
Pero el Catastro no murió con él. Aunque el proyecto de la contribución única fue archivado en 1779 por la oposición insalvable de los privilegiados, los libros del Catastro siguieron siendo consultados durante más de un siglo. Hacienda recurría a ellos para cualquier pleito sobre propiedades. Y en el siglo XIX, los historiadores económicos —como Gonzalo Anes— los redescubrieron como una mina de información única. Hoy los 80.000 legajos se custodian en el Archivo Histórico Provincial de cada provincia, y una copia digitalizada está disponible en el Portal de Archivos Españoles (PARES).
Ensenada murió en 1781, a los 79 años, rehabilitado parcialmente por Carlos III, quien le nombró presidente de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando. Nunca volvió a pisar la corte. Su epitafio no está grabado en piedra sino en papel: en los márgenes de los legajos del Catastro aún se leen las anotaciones de los intendentes que, bajo sus órdenes, midieron España metro a metro y revelaron las vergüenzas fiscales de una sociedad congelada en privilegios. Quizá el mayor desafío no fue a los poderosos de su tiempo, sino al olvido. Y esa batalla, cinco siglos después, la sigue ganando.


