EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Reino Unido, Francia, España, Italia y Canadá bloquean la propuesta del secretario general de la OTAN, Mark Rutte, de comprometer el 0,25% del PIB de cada aliado en ayuda militar a Ucrania.
- ¿Quién está detrás? Los cinco países argumentan reservas presupuestarias; solo siete miembros —entre ellos Países Bajos, Polonia y los bálticos— apoyaban la medida, que requería unanimidad.
- ¿Qué impacto tiene? La falta de consenso deja a Kiev sin un flujo predecible de fondos europeos justo antes de la cumbre de Ankara (7-8 de julio). La decisión evidencia la división interna de la Alianza y obliga a España a explicar su veto ante Washington.
La OTAN se encamina a su cita anual en Turquía con una fractura visible. El plan de Mark Rutte para garantizar a Ucrania un mínimo de asistencia militar anual fijo ha chocado con el rechazo de cinco países, entre ellos España. La resistencia de Londres, París, Madrid, Roma y Ottawa frena una iniciativa que pretendía blindar el apoyo europeo frente al enfriamiento de Washington. Así lo adelantó The Telegraph, que atribuye a una fuente aliada la falta de entusiasmo por la medida.
Rutte concibió la propuesta como un salvavidas financiero para Ucrania después de que la Administración Trump redujera drásticamente la ayuda militar directa. La cifra, un 0,25% del PIB de cada Estado miembro, suponía un esfuerzo desigual: para Alemania equivaldría a unos 10.000 millones de euros anuales; para España, alrededor de 3.500 millones adicionales al presupuesto de defensa corriente. El secretario general neerlandés esperaba aprobarla en la cumbre de Ankara, los próximos 7 y 8 de julio.
Sin embargo, la ambición chocó con la realidad de las cuentas públicas. Según el Instituto Kiel, solo los Países Bajos, Polonia y las repúblicas bálticas y nórdicas alcanzan ya el 0,25% del PIB en ayuda a Kiev. El resto —incluidos los grandes contribuyentes— se resiste a una obligación colectiva sin margen fiscal. La fuente de The Telegraph lo resume con crudeza: «No están muy entusiasmados con la idea».
España se alinea con Londres y París: el cálculo de Moncloa
La posición española no es casual. Fuentes de Moncloa consultadas por esta redacción admiten que el Gobierno de Sánchez teme que el compromiso del 0,25% se convierta en un nuevo piso de gasto, sumándose al ya polémico 2% del PIB en defensa que la OTAN exige para 2029. Con un déficit público aún por encima del 3% y las presiones sobre Sanidad y Educación, la cifra adicional de 3.500 millones de euros —equivalente al presupuesto anual de la Comunidad Valenciana en esas partidas— resultaba difícil de defender en el Congreso.
A ello se suma la lectura estratégica. Madrid quiere mantener un perfil bajo en el conflicto mientras negocia paralelamente con Marruecos la renovación del acuerdo de pesca y gestiona la presión migratoria en el Sahel. Un incremento unilateral de la ayuda militar a Ucrania, sin cobertura parlamentaria, podría tensionar aún más las relaciones con Rabat, que sigue sin condenar explícitamente la invasión rusa.
Madrid apuesta por preservar su margen fiscal y su influencia en el flanco sur antes que asumir un nuevo compromiso numérico en el este.
Londres y París marcan el paso: la «entente» del gasto defensivo
El eje británico-francés ha sido determinante. Tanto el Reino Unido como Francia ya dedican más del 2% del PIB a defensa y han sido los principales suministradores de misiles Storm Shadow y SCALP. Sin embargo, ambos consideran que la financiación debe ser voluntaria y coordinada con la UE, no una imposición de la estructura militar aliada. «El Reino Unido sigue dialogando con los aliados sobre todas las propuestas para garantizar un mejor apoyo a Ucrania», se limitó a declarar un portavoz del Foreign Office, sin comprometerse.
La coincidencia de intereses ha creado un bloque informal que complica el liderazgo de Rutte. Italia y Canadá completan el quinteto disidente, con argumentos similares: presupuestos ajustados y preferencia por instrumentos bilaterales o europeos.
Equilibrio de Poder
El fracaso de la iniciativa del 0,25% del PIB trasciende a Ucrania y toca la línea de flotación de la cohesión atlántica. Observamos un triángulo crítico: Washington, en pleno giro transaccional de Trump, ve con buenos ojos que los europeos paguen la factura; Bruselas carece del consenso para un macrofondo de defensa; y Moscú interpreta la división como una ventana de oportunidad. El canciller Lavrov ya ha advertido que la OTAN emplea a Ucrania como «trampolín para amenazas en nuestras fronteras» y que la Alianza no ha renunciado a «descolonizar» Rusia. Sin verificación independiente, la narrativa rusa encuentra eco en países del Sur Global que ven la pugna como un conflicto entre potencias.
Para España, el bloqueo tiene un coste reputacional. El Pentágono esperaba que Madrid, como anfitrión de la base de Rota —el mayor despliegue antimisiles permanente de Estados Unidos en Europa—, respaldara un mecanismo estable de ayuda. Al no hacerlo, Moncloa se expone a que Washington endurezca las condiciones de la futura renovación del acuerdo de cooperación para la defensa, clave para el empleo en la Bahía de Cádiz. En paralelo, la amenaza yihadista en el Sahel sigue activa y exige recursos de inteligencia que compiten con los refuerzos en el flanco este.
La lectura a medio plazo es incómoda. Si la OTAN no logra un mecanismo de financiación sólido para Ucrania antes de la cumbre de Ankara, el flanco europeo perderá capacidad de influencia sobre Kiev y, peor aún, sobre el desenlace de unas hipotéticas negociaciones de paz. La alternativa es un mosaico de ayudas bilaterales, sujetas a los ciclos electorales, que resultará insuficiente para sostener una guerra de desgaste como la actual. La historia reciente de la Alianza muestra que los mandatos voluntarios —como el del 2%— tardan una década en cumplirse. Ucrania no tiene ese tiempo.
La próxima cumbre de Ankara será un termómetro. Si los cinco díscolos no ceden, Rutte podría verse forzado a retirar la propuesta. El presidente turco, Erdogan, anfitrión de la cita, mantiene un delicado equilibrio con Moscú y no desea que la reunión se convierta en un escaparate de divisiones. La pelota, por tanto, está en el tejado de Sánchez, Starmer y Macron.

