Zelenski anuncia acuerdo drones Ucrania-EE.UU. por 50.000 millones tras pruebas exitosas

Las pruebas de drones aéreos y marítimos ucranianos por parte del Pentágono allanan el camino a un acuerdo de producción conjunta valorado en hasta 50.000 millones de dólares. La licencia para fabricar misiles Patriot, anunciada por Trump en Ankara, completa un vuelco estratégico

Zelenski ha confirmado que el Pentágono prueba drones ucranianos con resultado positivo, desbloqueando el acuerdo de producción de hasta 50.000 millones de dólares.

La confirmación llegó este jueves durante una comparecencia ante los medios, apenas un día después de que el presidente estadounidense, Donald Trump, se comprometiera en la cumbre de la OTAN en Ankara a conceder a Ucrania una licencia para fabricar sus propios interceptores Patriot, un objetivo largamente anhelado por Kiev.

Por qué el acuerdo de drones se desbloquea ahora

Kiev presentó la propuesta de asociación multimillonaria hace más de un año. Desde entonces, las señales desde Washington habían oscilado entre el escepticismo y el silencio. Hace apenas un mes, altos funcionarios estadounidenses mantenían un tono frío en público. La declaración de Zelenski de que las pruebas están en marcha y son bien recibidas marca el primer movimiento real en meses.

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«Hemos visto ya drones aéreos y marítimos en manos del Pentágono», dijo Zelenski al Military Times. «Esas pruebas están en curso y estamos recibiendo una retroalimentación muy positiva. Después pasaremos a la siguiente etapa, al acuerdo de drones». La siguiente etapa, sin embargo, sigue sin firmarse.

El acuerdo completo, valorado por Zelenski entre 35.000 y 50.000 millones de dólares, establecería una empresa conjunta al 50% que recurriría a hasta 200 empresas ucranianas. La iniciativa, bautizada formalmente como ‘Drone Deal Initiative‘ en la cumbre de la OTAN de Ankara del pasado 7 de julio ya ha generado acuerdos bilaterales de drones con varios países aliados.

La urgencia de Kiev no nace sólo de la necesidad de proyectar fuerza. Ucrania fabricó 100.000 drones interceptores baratos en 2025 y duplicó el ritmo en los primeros cuatro meses de 2026, según datos del Estado Mayor. Estos sistemas, de coste muy inferior al de un misil antiaéreo tradicional, están asumiendo cada vez más el derribo de drones Shahed rusos. En mayo, Ucrania interceptó el 92% de los Shahed lanzados, en buena medida gracias a ellos. Pero la producción masiva y la transferencia de tecnología al socio estadounidense prometen un salto de escala.

La clave no es solo lo que Ucrania puede recibir, sino lo que ya está en condiciones de ofrecer: sistemas de combate probados en la guerra más intensa de las últimas décadas.

La licencia Patriot, la otra urgencia

En paralelo, la licencia para producir misiles Patriot representa una segunda línea de desbloqueo. Trump la anunció en Ankara sin vincularla explícitamente al acuerdo de drones, pero ambas confluencias apuntan a una misma dirección: Washington empieza a tratar a su socio como un igual industrial y tecnológico.

La escasez de interceptores Patriot se ha convertido en una emergencia silenciosa. Según un análisis del CSIS, durante la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán esta primavera, las defensas del Golfo dispararon 1.430 misiles Patriot en solo 39 días. Ese consumo fulminante vació los inventarios que Ucrania esperaba recibir. Para finales de abril, tripulaciones ucranianas disparaban un único interceptor contra salvas de misiles balísticos entrantes, cuando el protocolo estándar exige entre dos y cuatro. El portavoz de la Fuerza Aérea ucraniana, Yurii Ihnat, describió la situación como ‘ración de hambre’.

El ataque ruso del 9 de julio, con 68 misiles y 351 drones, fue un recordatorio de lo que cuesta cada interceptor que falta. Una línea de producción ucraniana de Patriot, combinada con la capacidad industrial de Estados Unidos, aliviaría la presión sobre un sistema que es la columna vertebral de la defensa aérea de Europa del Este.

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Zelenski

Equilibrio de Poder

El movimiento tiene consecuencias que van más allá del campo de batalla ucraniano. Al poner a prueba y coproducir drones con Ucrania, Estados Unidos valida una capacidad industrial que hasta ahora había mirado con recelo. Para la OTAN, la apuesta es doble: refuerza a un socio que la inteligencia aliada, con el aval de los 32 miembros, considera indispensable para disuadir a Rusia —una evaluación que advierte de un posible ataque a un Estado miembro en 2029—, al tiempo que abre la puerta a un modelo de asociación que algunos miembros del flanco sur, incluida España, observan con atención.

El precedente histórico más cercano es la colaboración estadounidense con Israel en el desarrollo de la Cúpula de Hierro, un sistema que empezó como una transferencia tecnológica condicionada y acabó convirtiéndose en un producto de defensa global en el que Washington invierte miles de millones. Con Ucrania, el esquema podría repetirse: sistemas no tripulados de bajo coste y alta eficacia, probados en combate, que pasarían a formar parte del arsenal estadounidense y de sus aliados.

Para España, el acuerdo refuerza un principio ya visible en Rota y Morón: la Península es plataforma logística y de mando para operaciones de la OTAN en el flanco este. La aceleración de la producción de misiles Patriot en Ucrania podría liberar inventarios europeos, pero también exigirá compromisos industriales y financieros adicionales, justo cuando Moncloa negocia con Trump la senda del 5% del PIB en defensa. El Ministerio de Defensa español, que cuenta con una batería Patriot desplegada en Turquía bajo mando OTAN, tendrá que evaluar cómo encaja esta nueva capacidad europea en sus planes de modernización.

La lectura a diez años es ambivalente. Si Ucrania se convierte en un polo de producción de defensa integrado en el ecosistema estadounidense, el centro de gravedad industrial de la OTAN se desplazará hacia el este, un proceso que Bruselas intenta contrarrestar con programas como el FCAS hispano-franco-alemán. El riesgo es que la propia autonomía estratégica europea quede fragmentada entre quienes se asocian directamente con Washington y quienes apuestan por una base industrial continental. La realidad, sin embargo, es que los calendarios no esperan: la próxima cumbre de la OTAN, prevista para 2027, deberá medir los frutos de este nuevo entendimiento, o su fracaso.

Mientras, los drones ucranianos siguen volando y los Patriot escasean. La geopolítica, esta vez, se mide en alas giratorias y misiles bajo mínimos.