Las tropas de paz mundiales cayeron en 2025 a su nivel más bajo en 25 años, según un informe del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) que alerta del colapso del multilateralismo.
El dato, conocido ayer, confirma una tendencia que los propios investigadores describen como una tormenta perfecta de factores financieros, políticos y geopolíticos que está vaciando de contenido la arquitectura de seguridad colectiva diseñada tras la Segunda Guerra Mundial.
Un desplome histórico en las filas de los cascos azules
Al cierre de diciembre de 2025, el número de efectivos militares desplegados en misiones de paz se situó en 78.633 uniformados. La cifra representa un descenso del 17% respecto al año anterior y supone un retroceso del 49% si se compara con los niveles de finales de 2016. Se trata del mínimo registrado en al menos un cuarto de siglo.
“Si las cosas siguen así, podríamos asistir a un desmoronamiento de la gestión multilateral de conflictos y a la casi completa marginación de instituciones como Naciones Unidas”, advierte Jaïr van der Lijn, director del programa de operaciones de paz del SIPRI. “La consecuencia probable es un aumento de los conflictos y que estos tengan impactos aún más graves sobre la población civil, a medida que los Estados abandonan normas largamente asentadas”.
La tormenta perfecta: deuda, desinterés y fractura geopolítica

El detonante directo es la asfixia financiera. En julio de 2025, la ONU arrastraba un déficit de 2.000 millones de dólares en el presupuesto de mantenimiento de la paz, causado por el retraso o el impago de las cuotas de varios grandes donantes. La Asamblea General acabó aprobando para el bienio 2025-2026 un recorte hasta los 5.380 millones de dólares, el presupuesto más bajo en una década.
El desmantelamiento de las misiones de paz no solo refleja la lucha por el dinero; es la crónica de un multilateralismo roto que deja a los civiles a merced de potencias con intereses propios.
El recorte de personal no fue solo una cuestión de caja. La administración Trump en Washington emprendió en 2025 una retirada sistemática y agresiva de las instituciones multilaterales, bloqueando presupuestos y exigiendo el cierre de misiones como la Fuerza Interina de las Naciones Unidas en el Líbano (UNIFIL), a pesar de las reiteradas violaciones del alto el fuego acordado en 2024 entre Israel y Líbano.
En paralelo, la injerencia rusa en los conflictos africanos está erosionando las normas de gobernanza de la seguridad. Pekín y las capitales europeas, por su parte, se muestran incapaces o no tienen voluntad de asumir el relevo. Los investigadores del SIPRI constatan que los principales proveedores de tropas siguen siendo países del Sur Global: Uganda, Nepal, Bangladés e India encabezan la lista, cada uno con más de 4.000 efectivos.
La mayoría de las misiones —el 70% del personal desplegado— se concentra en el África subsahariana, donde la capacidad de respuesta se desvanece justo cuando los grupos yihadistas y las redes de tráfico de personas aprovechan el vacío de seguridad.
Equilibrio de Poder
La reducción de los cascos azules no es un dato sectorial. Es un síntoma de la crisis del orden liberal internacional y un anticipo de un mundo mucho más peligroso.
En el eje Washington-Moscú-Bruselas, la dinámica es clara. Estados Unidos ha pasado de ser el principal financiador a un actor disruptivo que utiliza la ONU como moneda de cambio en sus negociaciones bilaterales. Rusia explota el vacío con mercenarios y acuerdos de seguridad opacos en el Sahel y el Cuerno de África, erosionando la influencia europea. La Unión Europea, atrapada entre el gasto en defensa convencional y la presión migratoria, carece de recursos y de consenso para sustituir el papel de Naciones Unidas.
Para España, la lectura es especialmente preocupante. El flanco sur —el Magreb y el Sahel— es la primera línea de impacto de cualquier conflicto no gestionado. Cuando las misiones de la ONU se retiran de Malí, de la República Centroafricana o de Sudán del Sur, crece la inestabilidad, aumentan los flujos migratorios y se dispara la amenaza del terrorismo yihadista que golpea intereses españoles en África y puede proyectarse hacia Europa. A eso se suma la presión que ejerce Marruecos en la frontera sur, con una capacidad de disuasión que depende en parte de la arquitectura multilateral de seguridad.
El ejemplo histórico más cercano es el auge de las operaciones de paz en la década de 1990, tras el fin de la Guerra Fría, que alcanzó su cenit en 2014-2015. Aquel despliegue masivo, con todos sus errores —Ruanda, Srebrenica—, redujo los conflictos interestatales y apuntaló normas que hoy se desmoronan. La reversión actual no tiene parangón y devuelve al tablero global a una lógica de esferas de influencia y respuestas armadas.
A medio plazo, si la tendencia no se revierte, las agencias humanitarias perderán la capacidad de operar en amplias zonas y las organizaciones regionales, como la Unión Africana, se verán desbordadas. El modelo alternativo de seguridad que ofrecen actores como Rusia —basado en el apoyo a regímenes y el pago en recursos naturales— está muy lejos de garantizar la protección de la población civil.
La próxima cita clave será el debate sobre la prórroga del mandato de UNIFIL, que vence en diciembre de 2026. La decisión sobre su cierre o continuidad medirá el pulso real de lo que queda del multilateralismo de seguridad.

