Juan de la Cosa, el cartógrafo que dibujó el Nuevo Mundo

El marino cántabro Juan de la Cosa trazó en 1500 el primer mapamundi que incluye las costas del Nuevo Mundo. Custodiado en el Museo Naval de Madrid, el pergamino esconde aún los secretos de una vida entre la exploración y el comercio de esclavos.

Faltaban apenas dos horas para que el sol del verano cayera sobre la bahía de Cádiz y el olor a brea caliente se mezclara con la tinta de pulpo que Juan de la Cosa removía en su obrador de Santa María. El cartógrafo, con los dedos manchados de azul, repasaba por última vez la línea de costa que él mismo había avistado. Era el año 1500, y sobre una piel de becerro de casi dos metros de anchura acababa de dibujar el primer mapamundi que mostraba a los europeos la forma verdadera del Nuevo Mundo.

El pergamino, que hoy custodia el Museo Naval de Madrid, llevaba una rúbrica diminuta en el extremo occidental: «Juan de la cosa la fizo en el puerto de Santa María en año de mil e quinientos». Esa firma, escrita en letra gótica con una tinta que aún no ha perdido su bramido vegetal, convierte al marino cántabro en el autor del documento cartográfico más discutido y valioso de la primera globalización.

Capítulo I: El pergamino que guarda el océano

El mapa de Juan de la Cosa es un torrente de información. Mide 1,83 metros de largo por 0,96 de alto y está pintado sobre dos piezas de vitela cosidas con minuciosidad. Al mirarlo, el lector contemporáneo se asoma a un mundo que cruje de incertidumbres: Europa y el Mediterráneo aparecen con un detalle casi enfermizo —cada puerto, cada isla, cada ruta de cabotaje—, mientras que África y Asia se adelgazan en siluetas caprichosas y el Nuevo Mundo, en el borde izquierdo, es aún un borrador de costas imprecisas y perfiles arriesgados.

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En esa orilla americana, el cartógrafo colocó a San Cristóbal, el santo patrón de los viajeros, como un guiño al Almirante Cristóbal Colón, bajo cuyo mando había cruzado el Atlántico en dos ocasiones. La imagen del santo, con el Niño Jesús sobre los hombros, es una marca de autoridad: Juan de la Cosa sabía que aquel mapa era, ante todo, un manifiesto náutico y un argumento de propiedad.

cartografía siglo XV

Capítulo II: De las montañas de Cantabria a la mar océana

Poco se conoce de los años jóvenes de Juan de la Cosa, salvo que nació hacia 1460 en Santoña, una villa de pescadores encajonada entre los montes de Buciero y la ría. Los registros de la época le llaman a veces vizcaíno y otras montañés, pero su origen cántabro es firme. El mar Cantábrico crió a un hombre duro, acostumbrado a leer el viento y a negociar con la sal y el hierro, y esa maestría le llevaría pronto a los puertos del sur, donde Castilla organizaba la gran aventura del Poniente.

En 1492, cuando los Reyes Católicos dieron la orden de zarpar del puerto de Palos, Juan de la Cosa era ya un piloto reputado. Se alistó como maestre y propietario de la nao Santa María, la nave capitana de Colón. La elección no fue azarosa: el cántabro conocía los secretos de la navegación atlántica y su embarcación era la más sólida de la flotilla. La noche del 24 de diciembre de aquel año, la Santa María encalló en un banco de arena frente a las costas de La Española. Ocurrió mientras la tripulación dormía y el timonel, un grumete sin experiencia, mantuvo el rumbo. El casco se quebró y Colón, furioso, acusó a Juan de la Cosa de negligencia. El cántabro defendió su pericia ante la corte y el incidente quedó en un borrón judicial que nunca se cerró del todo.

Capítulo III: A la sombra del Almirante

El naufragio no mermó el prestigio del piloto. Al año siguiente volvió a embarcar en la segunda expedición colombina, esta vez como cartógrafo. Durante aquellos diecisiete meses, entre 1493 y 1496, tomó notas, midió distancias y clavó su vista en las costas del Caribe como quien cose un archipiélago con hilo de tinta. Aquel cuaderno de apuntes, perdido para siempre, fue el embrión del mapa de 1500.

La relación con Colón se fue agriando. En las crónicas aparece un Juan de la Cosa independiente, que firma fianzas y escrituras en la isla sin pedir permiso al Almirante. Hay documentos en el Archivo General de Indias que prueban que ya en 1497 participaba en expediciones por cuenta propia, traficando con barcos, oro y —para deshonra de su leyenda— con seres humanos. Entre 1499 y 1500 se asoció con Alonso de Ojeda y con el embajador florentino Américo Vespucio para recorrer la costa que va desde la actual Venezuela hasta el cabo de la Vela. De esas singladuras nació la silueta americana del mapa.

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Capítulo IV: El mapa: tinta de pulpo y traición al silencio

El mapamundi de 1500 es, en esencia, una traición. En la época, los pilotos guardaban sus cartas como secretos de Estado. Cada descubrimiento se ocultaba con recelo: un mapa era un pasaporte a la riqueza y una herramienta de guerra. Juan de la Cosa, al pintar aquella piel con una minuciosidad asombrosa, rompió una regla no escrita. Incluyó las líneas del Ecuador y del Trópico de Cáncer, los grados de latitud y una escala en leguas que permitía a cualquier navegante instruido calcular distancias sin haber pisado una sola playa americana.

Los estudiosos del documento —desde el geógrafo Ángel de Altolaguirre hasta el historiador de la cartografía Ricardo Cerezo Martínez— han desmenuzado cada milésima de milímetro de la vitela. La tinta negra, extraída de la secreción de la sepia, se mezcló con agallas de roble y goma arábiga, mientras que los colores (rojo carmín para las ciudades, azul cobalto para los ríos, dorado para los reinos) procedían de pigmentos minerales que solo un taller náutico bien financiado podía costear. En la esquina superior izquierda, una Miniatura de la Virgen con el Niño bendice la obra; en la derecha, la leyenda «Este mundo es» parece advertir al navegante que lo que ve es, por fin, la cartografía real del orbe.

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Capítulo V: Un negocio de esclavos y gobernaciones

No conviene endulzar la biografía de Juan de la Cosa. Su pericia como cartógrafo convive con una hoja de servicios como mercader de esclavos y participante en cabalgadas contra las poblaciones indígenas. En 1503 obtuvo de la corona una capitulación para capturar indios en el golfo de Urabá, un negocio que le reportó beneficios cuantiosos. La reina Isabel había prohibido la esclavitud de los nativos con una cédula de 1500, pero el cántabro, como otros muchos, sorteó la prohibición amparándose en el concepto de «indios de rescate» o prisioneros de guerra. Los documentos fiscales del Archivo de Simancas recogen partidas de oro y esclavos que pasaban por sus manos con la naturalidad de quien comercia con fardos de especias.

En 1508 fue nombrado alguacil mayor de Urabá, una gobernación que le asignaba tierras y poder en la franja caribeña de la actual Colombia. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, que lo conoció en aquellos años, dejó escrito que el cántabro era «hombre de buena estatura y de manos muy anchas, con unos ojos que parecían haber tragado toda la sal del Cantábrico». Esa descripción, aunque literaria, nos da la medida de un hombre que regresaba a España cargado de oro y se marchaba de nuevo al otro lado sin tiempo para sentar cabeza.

Capítulo VI: Flechas en la selva de Urabá

El final le llegó sin solemnidad, como solía llegar a los que vivían del mar y la selva. En 1509, Juan de la Cosa zarpó de Santo Domingo al mando de una pequeña flota con trescientos hombres. El objetivo: someter el territorio de Urabá y fundar una colonia estable. Las crónicas narran que el 28 de febrero de 1510, durante un enfrentamiento con los indígenas caribes, la expedición cayó en una emboscada en el lugar conocido como Turbaco. Los cronistas cuentan que el cántabro, herido por media docena de flechas envenenadas, intentó replegar a los suyos hasta que un nuevo impacto le atravesó el pecho. Juan de la Cosa murió en el combate, a los cincuenta años mal contados, en una tierra que él mismo había dibujado una década antes.

Algunos testimonios aseguran que su cadáver fue descuartizado y devorado por los vencedores, aunque esa imagen, recogida por el dominico Bartolomé de las Casas, tiene más de alegato moral que de crónica fidedigna. Lo cierto es que nadie recuperó su cuerpo y que su rastro se perdió entre la selva y la espuma de dos océanos.

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Capítulo VII: El legado que el mar no devolvió

El mapa sobrevivió. Estuvo en Florencia, quizá en manos de los Médici, y más tarde recaló en la Biblioteca Imperial de Viena hasta que el Estado español lo adquirió en 1853 por unos pocos miles de reales. Hoy, en la sala de cartografía del Museo Naval, el pergamino descansa dentro de una vitrina con control de humedad, rodeado de sensores y mirado por estudiantes que no saben que aquel cuero pintado es la fotografía más antigua del continente americano.

Juan de la Cosa no fue un héroe sin tacha ni un villano sin matices. Fue un hombre del siglo XV: un piloto que vendía su pericia al mejor postor, un cartógrafo que violaba las reglas del secreto náutico para mostrar la verdad del mundo, un esclavista que hablaba con los reyes y un descubridor que terminó devorado por la selva que él mismo cartografió. Quizá por eso su mapa, con todas sus imprecisiones geográficas y toda su carga política, sigue siendo el pedazo de piel más sincero de la historia de la cartografía.

Los archivos guardan silencios elocuentes. Del cuaderno de apuntes que precedió a la obra, de las cartas de navegación que trazó sin pedir permiso, no queda una sola hoja. El mapa de 1500 es todo lo que tenemos; y tal vez sea suficiente.