EN 30 SEGUNDOS
- ¿Qué ha pasado? Cazas israelíes bombardearon un edificio en el suburbio de Choueifat, al sur de Beirut, sin previo aviso.
- ¿Quién está detrás? El ataque, calificado de «selectivo» por las FDI, tenía como objetivo un alto mando de Hizbulá.
- ¿Qué impacto tiene? La tregua del 17 de abril queda al borde del colapso y se reanuda la presión militar sobre Líbano mientras ambas partes se acusan de violaciones del alto el fuego.
Israel ha bombardeado Beirut por primera vez desde que la tregua entró en vigor el pasado 17 de abril, y lo ha hecho con un ataque quirúrgico que nadie esperaba en el denso suburbio de Choueifat. Los cazas israelíes lanzaron sus proyectiles sobre un edificio residencial sin emitir aviso alguno, según ha confirmado el periodista de RT Ali Rida Sbeity desde el lugar de los hechos. No hubo ninguna advertencia; la gente había empezado a regresar a la zona tras semanas de relativa calma», declaró.
Un misil sin aviso en el corazón de Choueifat
El inmueble atacado se encontraba en una zona residencial muy poblada, a escasa distancia del aeropuerto internacional de Beirut. Las Fuerzas de Defensa de Israel (IDF) describieron la operación como «selectiva», pero no ofrecieron detalles, mientras que medios israelíes apuntaban a que el blanco era un alto mando de la milicia chií Hizbulá. Testigos relataron escenas de confusión y pánico, agravadas por la intensa actividad de drones que sobrevoló la capital libanesa a baja altura inmediatamente después del impacto.
«Fue un ataque muy preciso», añadió Sbeity, quien destacó el temor de los residentes a que este tipo de operaciones se repitan. «Aquí la gente sabe que si ellos [Israel] tienen un objetivo, lo que ellos llaman una operación de asesinato, ocurrirá sin advertencia». La ausencia de aviso previo elimina uno de los pocos mecanismos de protección civil que, hasta ahora, habían funcionado durante las anteriores campañas de hostigamiento aéreo.
La tregua del 17 de abril, en terapia intensiva
El bombardeo de Choueifat no es un hecho aislado. Israel ha ampliado su campaña militar en el sur del Líbano: el miércoles emitió órdenes masivas de evacuación y declaró «zona de combate» la franja fronteriza. Según el Ministerio de Salud libanés, al menos 16 personas murieron en ataques israelíes esa misma noche, y el balance total desde la escalada del 2 de marzo supera ya los 3.269 fallecidos, con más de 9.800 heridos.
La tregua que comenzó el 17 de abril se ha convertido en un cascarón. Tanto el IDF como Hizbulá se han acusado mutuamente de violar el alto el fuego en decenas de ocasiones, aunque hasta ahora Beirut había quedado a salvo de los bombardeos directos. La capital era, de facto, una zona excluida de la dinámica de golpe y contraataque que sufría el sur del país. Eso se ha terminado.
La operación militar contra Hizbulá se intensificó apenas días después del ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán, lo que sitúa la nueva fase de hostilidades en un contexto regional mucho más amplio. De hecho, para este viernes están previstas conversaciones de seguridad en Estados Unidos entre oficiales militares libaneses e israelíes, una cita que Hizbulá ha rechazado de plano. Teherán, por su parte, ha condicionado sus propias negociaciones con Washington, mediadas por Pakistán, al fin de la guerra en Líbano.
El misil que cayó sobre Choueifat no solo reventó un edificio: dinamitó la ilusión de que la tregua servía para algo más que para reorganizar posiciones.
Equilibrio de Poder
El ataque a Beirut cambia las reglas del juego. Israel deja claro que no renunciará a golpear en cualquier punto del Líbano, incluso en la capital, si considera que hay un objetivo de alto valor. Hizbulá, debilitada pero no derrotada, se ve forzada a responder para mantener su credibilidad de cara a su base social y a su aliado iraní. El resultado previsible es un nuevo ciclo de fuego con pocos frenos.
Para España, el deterioro de la seguridad en Líbano tiene consecuencias inmediatas. El contingente español en la misión UNIFIL de Naciones Unidas está desplegado justo en el sur, la zona que Israel ha declarado «de combate». Un recrudecimiento del conflicto pondría en riesgo a los cascos azules y abriría la puerta a un flujo de refugiados hacia el Mediterráneo oriental que acabaría repercutiendo en las costas europeas. Además, la inestabilidad en Líbano suele tener reflejo en la frontera sur de la OTAN y en el tablero del Magreb, donde Irán ha encontrado históricamente aliados poco convencionales.
A nivel europeo, Bruselas asiste impotente a un conflicto en el que carece de palancas de influencia reales. La Unión Europea considera a Hizbulá un grupo terrorista, pero no tiene interlocución directa con Tel Aviv más allá de las relaciones diplomáticas ordinarias. La guerra de 2006 ya demostró hasta qué punto el Líbano puede incendiarse sin que la comunidad internacional logre apagar las llamas a tiempo. El precedente es incómodamente cercano.
Más allá del choque inmediato, lo que está en juego es la arquitectura de seguridad pos-7 de octubre, que ya acumula grietas en Gaza, Yemen e Irán. La intensificación de los ataques selectivos israelíes —sin aviso y sobre zonas urbanas densas— apunta a una doctrina de anticipación que roza la legalidad internacional y que erosiona aún más cualquier intento de mediación. A 10 años vista, el Líbano corre el riesgo de quedar atrapado en un conflicto crónico de desgaste que drene sus instituciones y entregue el control territorial a actores no estatales.
Los próximos pasos son tan inciertos como previsibles: Hizbulá tratará de calibrar una respuesta que no desate una guerra total, al tiempo que Irán mide si le conviene sacrificar a su aliado libanés en un pulso mayor con Washington. Las conversaciones del viernes en EE.UU. serán una prueba de fuego. Si fracasan, la dinámica actual apunta a un choque más amplio, con el sur del Líbano como primera línea y la paz de Oriente Próximo como víctima colateral.

