Estados Unidos mantiene conversaciones internas en la OTAN para ampliar el programa de nuclear sharing, con el despliegue de aviones de doble capacidad (dual-capable aircraft, DCA) en Polonia y los países bálticos como principal hipótesis de trabajo, según reveló este martes el Financial Times. Tres fuentes anónimas conocedoras de los contactos confirman la reapertura de un debate que, hasta ahora, había encontrado resistencias tanto en Washington como en algunos aliados europeos. La noticia introduce una nueva variable en la ecuación de seguridad del flanco este.
El nuclear sharing, un pilar que Trump podría rediseñar
La arquitectura actual del nuclear sharing de la OTAN mantiene bombas B61 de fabricación estadounidense bajo custodia en bases aéreas de seis países: Países Bajos, Bélgica, Alemania, Italia, Turquía y el Reino Unido. Esas armas, almacenadas en búnkeres WS3, pueden ser cargadas en cazas de los países anfitriones —o en aviones estadounidenses— que cumplan los estándares de certificación para actuar como vectores duales convencionales o nucleares. Se trata de un mecanismo que desde 1966 ha sido la columna vertebral de la disuasión extendida, pero que la Administración Trump cuestiona en privado. Dos altos funcionarios europeos admiten que la Casa Blanca está usando estas conversaciones para presionar a los socios del Este a que asuman un mayor coste financiero y operativo antes de aceptar cualquier extensión.
El debate cobró fuerza con la retirada de los misiles INF y la creciente preocupación por los sistemas rusos Iskander desplegados en Kaliningrado. Polonia es, según las fuentes recogidas por el diario británico, el país que más activamente ha cortejado el traslado de bombas nucleares tácticas a su territorio. El expresidente Duda llegó a invitar formalmente ese despliegue, y aunque el actual Gobierno de Varsovia ha moderado el discurso, la conversación sigue abierta y urgente. Lituania, Letonia y Estonia también han manifestado interés, aunque con menor perfil público, conscientes de que cualquier emplazamiento en sus fronteras duplicaría el valor disuasorio frente a Moscú.
París se adelanta: la “disuasión avanzada” francesa como pieza complementaria
En paralelo a las discusiones en los canales aliados, Polonia ya ha firmado un acuerdo bajo el paraguas de la “disuasión avanzada” propuesta por Francia, que contempla el estacionamiento temporal de cazas galos con capacidad nuclear —Rafale portadores del misil ASMPA-R— en suelo polaco. El concepto, impulsado por Macron, busca tejer una red de socios dispuestos a participar en ejercicios conjuntos de disuasión sin cederles la capacidad de decisión final, que seguirá en el Elíseo. Esta iniciativa es compatible con el nuclear sharing estadounidense y, de hecho, algunos analistas la interpretan como un incentivo para que la Alianza no descarte el despliegue de armamento atómico en el Este.
La maniobra francesa también funciona como seguro de desenganche: si Washington decide finalmente no trasladar bombas más allá del actual despliegue, París ya habrá anclado un vínculo disuasorio con Varsovia que mitiga la percepción de abandono. Sin embargo, el peso disuasorio de los Rafale con armas nucleares tácticas no equivale al de las bombas B61-12, con capacidad de penetración y guiado de precisión que las hace útiles incluso contra búnkeres blindados. El mensaje político, no obstante, es inequívoco: Europa empieza a diversificar su paraguas nuclear.

Equilibrio de Poder
Lo que está sobre la mesa no es una mera redistribución de bombas. La posible ampliación del nuclear sharing hacia Polonia y los países bálticos reconfiguraría de manera sustancial el mapa de la disuasión en el continente europeo. Para Moscú, supondría la ruptura de facto del acta fundacional OTAN-Rusia de 1997, donde la Alianza declaró que no tenía “intención, plan ni motivo” para desplegar armas nucleares en el territorio de los nuevos miembros. Aunque el Kremlin ha violado repetidamente otros compromisos —la anexión de Crimea o la invasión de Ucrania—, introducir cabezas nucleares a menos de 200 kilómetros de San Petersburgo provocaría una respuesta retórica y, posiblemente, militar en forma de refuerzo de los sistemas A2/AD en el óblast báltico.
Para Estados Unidos, el movimiento tiene una doble lectura. Por un lado, permite a Trump exhibir una renovada implicación con la seguridad europea que el Congreso y buena parte de la opinión pública le reclaman, al tiempo que transfiere los gastos y el riesgo operativo a los aliados. Por otro, allana el camino para que en el futuro la Administración pueda retirar sus bombas de países como Alemania o Bélgica sin que la disuasión global de la OTAN pierda credibilidad. Los aviones de doble capacidad polacos —F-35A a partir de 2026, ya certificados para misión nuclear— serían los primeros vectores del flanco este, y su despliegue requeriría la construcción de búnkeres de almacenamiento WS3, con un coste estimado de entre 800 y 1.200 millones de dólares.
Desde la perspectiva española, la noticia tiene implicaciones menos inmediatas pero significativas. La base de Rota alberga destructores AEGIS que participan en el paraguas antimisiles de la OTAN, pero España mantiene una postura extremadamente cauta en todo lo relativo a armas nucleares en su territorio, alineada con los tratados de desarme y con una opinión pública dividida. Un aumento de la tensión nuclear en el flanco este podría reactivar la presión para que España asuma un papel más activo en las misiones de disuasión o, al menos, para que contribuya con más recursos a la defensa antimisiles. De momento, el Gobierno guarda silencio.
La historia ofrece un espejo incómodo: la crisis de los misiles de Cuba en 1962 demostró que la disuasión nuclear tiene umbrales de tolerancia muy estrechos. Extender el paraguas atómico hasta las puertas de Kaliningrado es una jugada de alto riesgo que solo funcionará si se acompaña de una comunicación estratégica impecable y de un correlato diplomático que, a día de hoy, no existe. Las fuentes consultadas por el Financial Times subrayan que ningún acuerdo es inminente, pero la mera filtración revela un cambio de doctrina en marcha. La próxima cumbre de la OTAN, prevista para julio de 2026 en La Haya, será el primer test de hasta dónde está dispuesto a llegar el club nuclear.
El debate sobre la disuasión extendida está lejos de ser inocuo, y la administración Trump parece decidida a usarlo como palanca. Lo ha hecho con el gasto en defensa, con la presencia de tropas y ahora con las armas nucleares. El patrón es reconocible: la protección de Estados Unidos se paga, y quien quiera los beneficios de la Alianza tendrá que facturarlos. Por ahora, Polonia parece dispuesta a pagar el precio. Los bálticos, con menos margen fiscal, miran la operación con esperanza y vértigo a partes iguales.
